Liliana – Antecedentes III

Leer Parte 2

XIII

Los sábados por la mañana en casa de su mamá siempre tenían el mismo ritmo… y el mismo desorden.

La casa era un revoltijo de cosas acumuladas con los años. Cajones que no cerraban bien, trastes fuera de lugar, ropa doblada a medias sobre sillones donde ya nadie se sentaba. Sus hermanos ya se habían ido. Casados, con vidas hechas. Solo quedaban ella y su madre, dos mujeres solas pero distintas, compartiendo espacio sin realmente habitarlo juntas.

Su mamá se despertaba temprano —demasiado temprano— para ir a administrar una lavamática. Un trabajo rudo, lleno de polvo, voces, y billetes mojados. Para Liliana, su salida era una bendición silenciosa: quedaba sola en la casa. Por unas horas, todo el ruido se iba con ella.

Lo primero era limpiar. No por obligación, sino porque no podía vivir entre trastes sucios. Lavaba lo acumulado de la semana, barría el pasillo, ponía música suave mientras trapeaba. Acomodaba la ropa que su madre dejaba por todas partes y abría ventanas para que el aire hiciera lo suyo.

La casa seguía siendo un caos en general, pero al menos por unas horas, algo se ordenaba.

Y luego, lo más importante: el café.

Se lo preparaba con calma. Un poco de leche si había. Lo tomaba en su taza favorita, esa con una grieta fina que no dejaba de usar. Se sentaba en el comedor con los pies descalzos, en silencio, viendo cómo la luz entraba por la ventana de la cocina. A veces no hacía nada. Solo bebía.

Era su momento. El único del día en que sentía que el mundo no le pedía nada.

Su cuarto, al fondo de la casa, era su santuario. Tenía una cama sencilla, un escritorio, unas repisas limpias y un par de velas que encendía a veces. No era un cuarto lujoso, pero sí limpio, cuidado. Una extensión suya. Una isla de paz dentro del caos materno.

Ahí se sentía segura. Ahí podía quitarse el sostén, estirarse, poner música rara sin que nadie se quejara. A veces escribía. A veces no hacía nada.

Era un sábado más. Igual que muchos. Pero suyo.

Y eso, en su vida llena de medias pertenencias y espacios prestados, ya era un pequeño lujo.

XIV

Con el tiempo, Liliana ya no necesitaba pensar tanto para hacer su trabajo. Se había acostumbrado al ritmo del taller: las peticiones de su jefe, los diseños limitados, los presupuestos ajustados. Lo que al inicio le parecía frustrante, esas ideas que no podía explorar, esa creatividad cercenada por la necesidad de que todo fuera “fácil de armar y barato”, ahora simplemente era parte del juego.

No se quejaba tanto. Porque al menos tenía trabajo. Porque al menos diseñaba algo. Porque en el fondo, ella sabía que eso no era todo lo que podía hacer… pero por ahora, era suficiente.

Su rutina ya estaba definida: pedir material, preparar los planos, tramitar permisos. Ir al ayuntamiento se volvió una parte mecánica de la semana. Y, con el tiempo, aprendió a usar ciertas herramientas no escritas para agilizar el proceso.

Había un pobre alma en ventanilla que, con solo un escote discreto y una sonrisa suave, parecía tener prisa por atenderla. Liliana no lo usaba con frecuencia, ni se sentía orgullosa de ello… pero cuando la fila era larga, y el tiempo corto, una blusa ajustada hacía magia. Una mirada intencionada bastaba. Sabía que no debería ser así, pero también sabía sobrevivir. Era mujer. Sabía cuándo y cómo usar eso… y cuándo no.

Claro, quien realmente autorizaba los planos era otra historia. Ahí no había escote que valiera.

Lo que más le gustaba, sin embargo, era cuando le tocaba ir a instalar los viniles en los negocios. Casi siempre eran restaurantes: taquerías modernas, cafeterías nuevas, locales que buscaban destacar entre tanto ruido visual.

Llegaba con su mochila, su cutter, su regla y el rollo de vinil envuelto. Saludaba al dueño, pedía un trapeador, un trapo limpio, y empezaba. Primero limpiaba bien los cristales. Luego, con una botella de limpiaparabrisas, rociaba la superficie. Medía, calculaba, colocaba el vinil con cuidado antes de que se pegara.

Y luego venía su parte favorita: retirar el papel de soporte y ver cómo el diseño, su diseño, quedaba sobre la ventana, como si siempre hubiera estado ahí.

Se sentía como una excepción.

Una mujer sola, con camiseta ajustada y guantes, pegando anuncios en ventanas de metal y vidrio mientras hombres pasaban cargando cajas, hablando fuerte, sin prestarle atención… o prestándosela demasiado.

Pero a Liliana no le importaba. En esos momentos, el mundo se callaba. Era ella, su trapo, su vinil, y ese cristal que ahora hablaba con sus formas.

No era arte de museo.

Pero era suyo.

Y cuando se alejaba unos pasos para ver el vinil pegado, sin burbujas, perfectamente alineado, con el nombre del negocio brillando en el sol…

…se sonreía, sola.

Porque, en medio de todo, eso sí salía bien.

XV

Con el paso del tiempo, el ingreso de Liliana había mejorado. Ya no era mucho, pero sí lo suficiente. Lo justo para cubrir sus gastos, comer sin culpa… y por fin terminar de pagar la deuda universitaria que la había perseguido durante años.

El día que la liquidó, no hubo fiesta, ni brindis, ni felicitaciones. Pero para ella fue un momento monumental. Cerraba una etapa que había cargado en silencio, como muchas cosas en su vida. Y decidió celebrarlo a su manera.

Fue a una tienda, no muy cara, pero con gusto. Buscó con calma y, por primera vez en su vida, se permitió comprar un set de lencería solo porque sí. Panties de satín con encaje en los bordes, suaves, elegantes. Y un sostén a juego, que se adaptaba perfectamente a sus senos, ni apretado ni suelto, solo justo, del mismo color y textura. Algo bonito, para ella. Solo para ella.

El lunes siguiente, se lo puso.

Encima, sus jeans de trabajo de mezclilla resistente. Una camiseta azul marino sin estampados. Botas de trabajo algo gastadas. A simple vista, una mujer más en su rutina.

Pero Liliana caminaba diferente.

Sabía lo que llevaba debajo. Y eso la hacía sentir poderosa. Sensual. No para nadie más. Solo para ella.

Durante el día, siguió con lo de siempre: solicitudes de permisos, ajustes en los planos, propuestas de diseño para nuevos viniles. Pero al salir a caminar por unas cuadras rumbo a la tiendita de la esquina, se permitió otro pequeño lujo: una Dr Pepper fría y una bolsita de papitas. Nada saludable, pero bien merecido.

Se sentó en la banqueta frente al taller, tomando un trago, mirando el cielo despejado, sintiendo el aire suave colarse bajo su camiseta.

Sonrió.

No por la soda, ni por las papitas.

Sino por saberse libre. Y hermosa. Aunque nadie más lo notara.

Ese día, Liliana trabajó como siempre. Seria, eficiente, silenciosa.

Pero por dentro, caminaba sobre satín.

XVI

Era uno de esos días donde el cuerpo pedía algo grasoso, salado, casi culposo. Liliana decidió ir a comprar una hamburguesa. Había tenido una semana intensa, llena de pendientes, y pensó que una bien hecha le levantaría el ánimo.

No esperaba nada fuera de lo común… hasta que llegó a la caja.

La muchacha que la atendió era simplemente hermosa. Tenía una sonrisa tranquila, ojos grandes y claros, y una presencia que iluminaba el mostrador. Liliana pensó, por instinto, que era americana, pero cuando la chica le habló en español —un español suave, sin prisas— algo dentro de Lily se encendió.

Quiso decirle algo más allá del pedido. Un comentario, una pregunta, una excusa tonta para alargar la interacción. Pero no lo hizo.

Ya le había pasado antes. Lo intentaba, y la bateaban con educación… o con incomodidad. Y en ese momento, Liliana no quiso arriesgarse. Pensó: “Seguro muchos ya le tiran la onda. ¿Para qué ser una más?”

Tomó su comida y se fue. Pero al salir, mientras se subía al carro, sintió una punzada suave. Una mezcla de ganas y tristeza.

No era amor, ni siquiera una ilusión. Era solo ese deseo sencillo de hablarle a alguien que le pareció bonita… y no atreverse.

Días después volvió. Quería verla de nuevo. Esta vez sí pensaba decir algo, lo que fuera. Pero no estaba. No supo si era su día libre, si se había cambiado de turno… o si ya no trabajaba ahí. Y nunca lo sabría.

Camino al taller, con el estómago lleno pero el pecho un poco vacío, Lily pensó en lo difícil que era ser mujer y buscar a otras mujeres. No hay señales claras, no hay terreno seguro. Siempre hay dudas.

¿Y si no le gustan las mujeres? ¿Y si me mira raro? ¿Y si sólo soy otra más que incomoda?

No hizo drama.

Pero al llegar al taller, mientras abría su computadora y ajustaba un diseño, se prometió algo pequeño:

La próxima vez que alguien le guste, aunque sea poquito… no se va a quedar callada.

XVII

Liliana no tenía muchas amigas.

Había pasado los años de universidad entre clases, transporte y desvelos. No socializaba mucho, no salía de fiesta, no ligaba. No porque no quisiera… sino porque no sabía cómo. Y porque sentía que su mundo no encajaba con el de los demás.

Por eso, cuando Karina —una excompañera de la carrera— le escribió por Facebook para verse después de años sin hablar, Liliana sintió una mezcla de sorpresa y gusto. No era una cita, lo tenía claro. Karina siempre le pareció bonita, sí, pero también era evidente que sus intereses eran otros, que ella buscaba a los hombres. Aun así, la idea de reencontrarse, de salir simplemente a tomar un café, le pareció un regalo.

Se vieron en el centro. Una cafetería tranquila, música bajita, tazas grandes. Hablaron de lo que había pasado en sus vidas. Karina le contó que no terminó la carrera de arquitectura, que ahora trabajaba en atención al cliente y que, aunque no era lo suyo, al menos le daba para vivir. Liliana compartió un poco de su trabajo en el taller de anuncios, de cómo era diseñar cosas sencillas y moverse entre permisos y viniles.

Después caminaron en la playa. Karina había llevado su cámara, tomaron un par de fotos, se rieron. Fue un paseo ligero, sin pretensiones, sin silencios incómodos. Liliana no esperaba nada más… pero se sentía feliz de no estar sola.

La noche cambió cuando fueron a la fiesta de un amigo de Karina. Empezaron a tomar. Primero por cortesía, luego por gusto. El ambiente era distinto, más ruidoso, más suelto. Karina bailaba con libertad, se notaba con un dolor a medio procesar, hablaba de un ex, de una decepción reciente.

Liliana la escuchaba, pero también empezaba a sentir cómo el alcohol le soltaba el cuerpo y le nublaba los límites. Y en algún momento —no recuerda exactamente cuándo— se besaron.

No fueron besos bonitos. No hubo dulzura. Fue un instante cargado de emociones enredadas: soledad, deseo, confusión, y la falsa ilusión de que tal vez algo podía pasar.

Pero no debía haber pasado.

Después del beso, Liliana lo supo. Se apartó. Se disculpó. Sintió que había cruzado una línea sin pedir permiso. Aunque Karina no se mostró molesta, algo cambió. Esa noche terminó con un nudo en el pecho y la certeza de haber estropeado algo que, con paciencia, pudo haber sido una amistad real.

No volvió a saber mucho de Karina.

Y aunque los días siguieron, Liliana cargó con esa culpa silenciosa. No porque hubiera hecho algo terrible, sino porque no fue fiel a sí misma. Porque puso primero su hambre de afecto antes que el cuidado hacia la otra.

Esa fue una lección que no olvidó.

XVIII

Con el tiempo, cuando las finanzas de Liliana se estabilizaron y por fin empezó a tener fines de semana libres, quiso hacer algo bonito: llevar a su mamá a pasear.

No salían mucho. Entre los horarios de Liliana y el trabajo duro de su madre, pocas veces coincidían en tiempo y ánimo. Pero ahora que podía… quería intentarlo. Le pareció una buena manera de convivir, de reconectar. Quizás —soñaba un poco— tener esa charla de madre e hija que siempre había sentido que le faltaba.

Su mamá aceptó.

Pero no era para pasear como Liliana lo imaginaba. Su madre no disfrutaba salir en localmente. Decía que todo era chafa, de baja calidad, que no valía la pena. Así que las salidas terminaban siendo una lista de mandados: supermercado, banco, una tienda de telas, otro mandado más que había olvidado mencionar.

Lily, como siempre, manejaba. Conducía por la ciudad, por el tráfico, entre direcciones confusas y semáforos eternos, mientras su madre se quejaba de todo: de cómo manejaba la gente, de lo mal hechas que estaban las calles, de lo insoportable que era el ruido.

A veces, Lily intentaba contarle algo suyo. Un proyecto que había salido bien. Una pequeña victoria en el taller. Un pensamiento bonito que le había cruzado por la cabeza.

Pero su madre cambiaba de tema. O peor: decía algo como “Tu hermano también hacía eso, pero mejor.”

No lo decía con crueldad. Era simplemente su forma de hablar. Pero para Lily… dolía.

No había reproches. No había gritos. Pero tampoco había espacio para ella.

Al final del día, Lily regresaba a casa cansada, con las bolsas del mandado en la cajuela y el silencio lleno de cosas no dichas.

No era odio. No era abandono.

Era solo eso: la imposibilidad de coincidir.

Y aun así, lo seguía intentando. Porque era su madre. Porque aún guardaba la esperanza de que, algún día, pudieran tener esa charla.

Aunque fuera en medio del tráfico.

XIX

Liliana conoció a Marco en una fiesta organizada por una amiga —la misma que meses atrás la había conectado con el trabajo de los anuncios luminosos. Esa noche, entre copas, música tranquila y charlas cruzadas, Marco se acercó a ella con curiosidad genuina.

Comenzaron a platicar. Liliana, sin mucho filtro, le habló de su gusto por la astronomía, de cómo a veces se perdía leyendo sobre astrofísica y relatividad como si se tratara de poesía. No lo hacía para impresionar; lo hacía para probarse a sí misma que aún sabía articular ideas, que aún podía hablar de lo que le gustaba sin parecer extraña o intensa.

Marco se mostró interesado. Sonreía, asentía, hacía preguntas. Era atento. Y, sí, tenía una presencia agradable. Pero no era su tipo. Liliana lo supo desde el principio. No había esa chispa. No había deseo. Solo cortesía y compañía.

Como no conocía a muchas personas en esa fiesta y Marco no dejaba de conversar con ella, se quedó ahí, charlando, dejándose llevar por la comodidad momentánea de ser escuchada.

No recuerda si fue él quien pidió su contacto o si fue algo espontáneo, pero días después, mientras Liliana trabajaba en el taller, notó que tenía una solicitud de amistad en Facebook. Era Marco. Sin pensarlo demasiado, aceptó.

Y desde entonces empezaron a hablar más seguido. Primero mensajes casuales, luego conversaciones más largas. Él era amable, siempre preguntaba cómo estaba, le hacía cumplidos que ella respondía con un “gracias” que sonaba más educado que entusiasta.

Liliana no se sentía incómoda… pero tampoco emocionada.

Había una parte de ella que quería cortar esa dinámica, pero otra que le decía: “¿Y si esto es lo que toca? ¿Y si deberías darle una oportunidad?”

Después de todo, no tenía pareja, no tenía historias exitosas de amor. Y Marco, al menos, la trataba bien.

Así empezó un lazo que no debió comenzar.

Y aunque aún no se había formalizado nada, Liliana ya sentía el peso de no poder ser honesta consigo misma.

XX

Después de tantas semanas de planos, viniles y permisos municipales, las charlas con Marco eran, al menos, distintas. Refrescaban.

No hablaban de anuncios baratos ni de cómo mover una tarima en la tienda sin romperse la espalda. Marco, en cambio, hablaba de libros, de ciencia, hacía preguntas sobre astronomía con curiosidad sincera. Se notaba que no sabía tanto como ella, pero quería escucharla. Y eso… eso la desarmaba un poco.

Liliana sabía que no era solo amistad para él. Lo sentía en el tono, en los silencios entre una frase y otra, en cómo le respondía con halagos suaves. Pero no lo frenaba. No porque quisiera algo más, sino porque había una parte de ella que se sentía bien con solo sentirse escuchada. Que alguien preguntara por su día. Que alguien la viera.

Y por no romper esa pequeña burbuja, dejó que siguiera.

Un día, Marco le propuso verse. Un café por la tarde, sin presión. Ella dudó, pero aceptó. No porque quisiera avanzar hacia algo… sino porque aún no sabía cómo decir que no. Porque la idea de tener una conversación sin ruido, sin trapos de taller ni reclamos de su madre, le sonaba agradable.

Ese jueves, al salir del trabajo, el calor era sofocante. Tenía el cuerpo pegajoso y la ropa mal puesta. Llegó a casa, se quitó los jeans de trabajo, se metió a bañar. No por él, sino por ella. Porque necesitaba sentirse limpia, ligera, entera.

Eligió ropa sencilla: pantalón cargo, camiseta floja. Nada revelador, nada que sugiriera otra cosa. No había lencería especial debajo. No era ese tipo de salida.

Frente al espejo, se hizo un chongo alto, dejando unos mechones sueltos sin querer. Se miró con calma.

No se veía sexy. No se veía provocativa.
Pero se veía bonita.

Y, por un segundo, se sonrió.
Porque esa belleza no era para él.
Era para ella.

XXI

La noche del café terminó sin aspavientos. Marco fue cordial, incluso dulce, al despedirse. Para Liliana, fue una conversación larga, con algunos momentos cómodos, otros incómodos. No lo vio como una cita. Pero sabía que él sí.

Cada uno se fue a su casa. Liliana llegó a la suya, estacionó con cuidado. La calle estaba silenciosa y el aire tibio. Al entrar, notó que las luces del cuarto de su mamá seguían encendidas. La televisión murmuraba algo entre comerciales. Su madre estaba despierta, sentada en la cama como si no pudiera dormir del todo.

Liliana no tenía ganas de hablar. Solo quería quitarse el sostén y meterse a la cama.

Pero igual se asomó al cuarto. Por costumbre. Por cariño. Porque aún esperaba, en el fondo, tener algún día una charla distinta con ella.

—¿A dónde fuiste? —preguntó la mamá, sin quitar la vista de la pantalla.

—A tomar un café con un amigo —respondió Liliana, neutral.

La reacción fue inmediata. Una sonrisa, casi con alivio.

—¡Ay, qué bueno, hija! Ya era hora. Me da gusto que empieces a salir con hombres, que te distraigas. Mira, todo eso de Thania… fue una confusión, yo lo sé. Tú andabas revuelta. Pero eso no está bien, eso ya pasó. Qué bueno que te estás reformando.

Liliana no dijo nada.

No valía la pena. No quería discutir. No esa noche. No por eso.

Solo asintió, se acercó y le dio un beso de buenas noches.

Caminó a su cuarto. Cerró la puerta con cuidado. Se quitó el sostén con un suspiro largo, de esos que llevan más alma que aire. Se cambió la camiseta, se echó en la cama con el celular en la mano.

Un mensaje de Marco la esperaba:
“Me gustó mucho verte. Buenas noches :)”

Liliana dudó.

No quería sonar fría. No quería ilusionarlo. No quería mentirse.

Escribió:
“Estuvo agradable.”

Lo borró.
Reescribió:
“Estuvo buena la charla.”

Y lo dejó así.

Antes de dormir, por impulso, buscó a Thania en Facebook. Su perfil seguía igual, privado. Pero aún quedaban algunas imágenes viejas, de cuando compartían clase, risa, complicidad.

Liliana se quedó viendo una.
No lloró.
Solo la miró.

Y se quedó dormida con esa imagen abierta.

La verdad seguía ahí.
Solo que, por ahora, no tenía a quién contársela.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *