Leer Parte 10.
LXXXIII
La notificación llegó puntual,
como si el sistema hubiera estado esperando ese día con ansias.
[Asunto: Anuncio interno – Promoción de Liderazgo]
“Nos complace anunciar que a partir de hoy, Liliana será la nueva jefa del equipo de desarrollo…”
En la oficina, el murmullo fue inevitable.
—¿Lily?
—¿Y Camila como su coordinadora?
—¿En serio?
—Pero si no… no parece tener “perfil de liderazgo”.
Y sin embargo, ahí estaba.
Caminando con paso firme.
Con mi camisa justa.
Con mis curvas hablando por mi,
pero con mi historial de código cerrando cualquier boca abierta que no supiera quién era realmente.
—¿Lista para ser la malvada jefa que revisa cada línea de código como si fuera el alma de alguien? —me preguntó Camila en voz baja mientras pasaba a lado de mi en la sala de juntas.
Yo le sonreí sin mirarla.
—¿Lista para obedecer a cada comando mío sin protestar?
Camila se rió, disimulando su reacción como una tos.
Los demás ni lo notaron.
Ese día fue intenso.
Reuniones, correos, estructuras de equipo.
Mi nombre empezaba a aparecer en las copias importantes.
Mi palabra se tomaba como directriz.
Y sin embargo…
Cada vez que pasaba cerca de Camila,
me acomodaba la blusa con un ligero movimiento,
ese pequeño gesto donde dejaba ver el tirante del sostén.
A veces, incluso, con el cabello a un lado para no taparlo.
Camila lo notó.
Siempre lo notaba.
En un momento del día, en la consola del chat interno, apareció:
Camila – [Interno]
¿De qué colección es ese sostén?
Solo para saber cuántas veces más planeas torturarme con él esta semana.
Lily- [Interno]
Es de la colección “la jefa puede hacer lo que quiera”.
Edición limitada.
Camila – [Interno]
¿Incluye visita privada al archivo después de horas?
Lily- [Interno]
Solo si te portas bien.
Aunque… sería injusto decirte cuándo será.
Suspenso es parte del encanto.
Al final del día, yo salí con la carpeta del día bajo el brazo.
Camila, con su chaqueta en mano.
Ambas caminamos hasta el elevador como siempre:
profesionales, discretas,
sin un solo gesto que delatara lo que pasaba fuera de esas paredes.
Pero justo cuando las puertas se cerraban,
me acomodé de nuevo la blusa con ese gesto intencional.
Y Camila, con la voz más baja posible, murmuró:
—Voy a soñar con ese tirante.
Y tú lo sabes.
Yo sonreí.
Le apreté la mano.
Solo un segundo.
Solo para que supiera:
Aun siendo jefa…
sigo sabiendo exactamente cómo jugar.
LXXXIV
8:37 AM.
Entré a la oficina como todos los días:
con paso firme, mirada al frente, cabello suelto.
Mi ropa, sobria: pantalón oscuro, blusa beige.
Nada que llamara la atención.
Aún.
Pero desde el momento en que crucé la puerta, lo sentí.
Las miradas.
Los silencios.
Los murmullos bajos entre algunos compañeros, hombres, sobre todo,
que evitaban cruzar la vista con la mía,
como si no supieran cómo tratarme ahora.
Una semana atrás, yo sólo era una compañera.
Hoy… su jefa.
No todos lo aceptaban bien.
Algunos condescendientes, otros incómodos.
Pero también estaban ellas.
Las chicas nuevas.
Las practicantes.
Las asistentes.
Todas con una chispa distinta en la mirada cuando me veían pasar.
No era miedo.
Era admiración.
No lo dije en voz alta, pero lo sentí:
no iba a fallarles.
Horas más tarde, cuando el día se había asentado,
Mandé un mensaje a Camila:
Lily- [Interno]
“Sala de conferencias. 30 minutos antes de la junta. Tengo algo que mostrarte.”
Camila solo respondió con un emoji curioso.
Y una sospecha.
Cuando entró a la sala,
la encontró vacía.
En penumbra.
Solo la luz tenue del proyector encendido,
y una silueta femenina recargada contra la mesa larga.
Falda de lápiz.
Camisa blanca tan ajustada que parecía segunda piel.
Tirantes visibles.
Cabello peinado hacia un lado.
Tacones negros.
Postura de “sé exactamente lo que estoy haciendo”.
Camila tragó saliva.
—¿Este es el uniforme oficial de jefa ahora?
Yo no me moví.
—Este es mi atuendo de inspiración personalizada.
Camila cerró la puerta.
Se acercó.
—¿Esto es una provocación?
—Esto es mi agradecimiento por apoyarme.
Pero también una distracción estratégica.
—¿Por?
—Porque después de esto, te vas a tener que sentar a mi lado,
poner cara seria…
y fingir que no estás pensando en lo que acabas de ver.
Camila me miró.
Me deseó.
Pero también me respetó aún más.
—Eres cruel.
—Soy eficiente.
Y entonces, sin decir más,
desaparecí detrás del panel plegable,
y reaparecí un minuto después:
con mi traje sobrio, mi carpeta en mano,
y la misma seguridad que me había llevado hasta ahí.
La junta empezó puntual.
Me paré al frente.
Camila a mi lado.
Y mientras algunos aún esperaban titubeos o dudas,
yo desplegué un plan de reorganización técnica y metodológica
tan sólido, tan claro, tan inteligente…
que los comentarios se volvieron nulos.
Camila habló solo al final, reforzando los puntos clave.
Todo fluyó.
Incluso el jefe —el de más arriba—, sonrió al terminar.
—Buen trabajo, Liliana. Muy buen trabajo.
Cuando todos salieron, Camila se acercó
y en voz baja, apenas audible, dijo:
—Te odio un poco.
Y te amo un montón.
Sonreí con la mirada fija al frente.
—¿Lo del plan?
—No.
Lo de esa falda.
Eso fue trampa.
—No.
Eso fue estrategia previa a la ejecución.
Y sin decir más,
volví a mi escritorio.
La jefa.
La mujer.
La inspiración de unas,
y la pesadilla (delicadamente sensual) de otras.
LXXXV
Camila – [Interno]
¿Crees que puedes ponerte ese atuendo…
y dejarme así, sin nada?
Lily – [Interno]
Así, ¿cómo?
Camila – [Interno]
Con la mente vuelta un caos.
No pude pensar en nada más desde que entraste con esa falda.
Tú no juegas limpio.
Lily – [Interno]
Yo juego con ventaja.
Y tú me lo permites.
Camila – [Interno]
¿Puedo recuperar la ventaja en privado?
Lily – [Interno]
Tal vez.
Pero esta vez más… organizado.
Camila – [Interno]
¿Cita formal?
Lily – [Interno]
Sala de archivos. 6:45.
Solo tú, yo…
y la falda.
Camila – [Interno]
Confirmado.
Iré con mi corazón acelerado… y las manos quietas.
Al menos al principio.
Leí la última línea.
Sonreí.
Abrí la consola de administrador,
navegué a los logs del sistema,
borré todo el hilo completo.
Ni rastro.
Solo memoria compartida.
Y ganas en pausa.
Mientras tanto, al fondo de la oficina,
una joven ingeniera recién llegada, Mariana,
miraba su pantalla…
pero no estaba escribiendo.
Su mirada se desvió por un segundo:
primero a Camila, que sonreía sola,
luego a Liliana, que también tenía esa sonrisa apenas curvada,
y una mano sobre el teclado como quien acaba de esconder algo.
Mariana entrecerró los ojos.
Luego las vio cruzar miradas por un segundo.
Solo eso.
Pero bastó para hacerla pensar.
No dijo nada.
Solo volvió a su código.
Sonrió y se guardó la sospecha.
Tal vez ahí había algo.
Y si lo había…
no lo juzgaría.
Lo admiraría.
LXXXVI
El departamento estaba en silencio.
Camila llegó tarde, con los zapatos en la mano y el cansancio pegado al cuerpo.
Había sido un día largo… pero bueno.
Cuando abrió la puerta, escuché que me buscaba:
—¿Lily?
—Aquí… —le dije desde la cocina—.
Pero no entres todavía.
Dame dos minutos.
Escuché que dejó su bolso, colgar su saco, y esperar junto al comedor.
Dos minutos después,
Aparecí con un delantal, las mejillas un poco rojas por el vapor,
y una charola con dos platos.
Nada gourmet.
Solo una pasta cremosa, pan con ajo, y dos copas de vino.
—¿Qué es esto?
—Una cena.
Porque hoy… fuiste testigo de algo que ni yo creía posible:
que me hicieran jefa.
Y porque, si soy honesta,
nada de esto habría pasado si tú no hubieras estado.
Camila me miró, sorprendida.
Bajé la vista por un segundo, y luego le dije:
—No solo ayudaste a que me valoraran más…
me hiciste creer que valgo.
No sabes cuántas veces sentí que todo lo que soy, mi cuerpo, mi carácter, mi historia,
eran obstáculos.
Y llegaste tú,
con esa risa tuya,
esa maldita confianza,
y empezaste a desmontarme.
Camila no dijo nada.
Solo se me acercó,
tomó la copa de vino,
y alzó la suya.
—Brindemos —dijo—.
Por las jefas que sí merecen estar donde están.
Y por el día que te diste cuenta de que vales más de lo que pensabas.
Reí, con los ojos brillosos.
—Gracias… por llegar cuando no sabía que te necesitaba.
Comimos entre risas, bocados y silencios cómodos.
Y más tarde,
cuando los platos ya estaban vacíos,
y nuestros pies se buscaban bajo la mesa,
Camila dijo en voz baja:
—¿Sabes?
Tú también llegaste justo a tiempo.
Yo también necesitaba a alguien…
pero no sabía que era a ti.
Y ahí, en medio de la sala,
nos abrazamos como si todo lo que construimos hasta ese día
valiera más que cualquier otro ascenso o reconocimiento.
Porque lo que teníamos…
eso sí era el verdadero éxito.
LXXXVII
8:17 a.m.
Mariana llegó como siempre: temprano, con su termo de café en mano y la vista aún algo nublada por el sueño.
Pero entonces entró Liliana.
Pantalón negro, blusa entallada color vino,
cabello perfectamente peinado, postura de mujer que sabe quién es.
Mariana no pudo evitar sonreír un poco.
«Siempre se ve tan elegante.»
Y eso le gustaba.
No envidia.
Admiración, tal vez.
O algo que aún no tenía forma.
Minutos después, Camila cruzó la puerta.
Un aura completamente distinta.
Cálida, desenvuelta, directa.
Traía un peinado ligeramente suelto y una sonrisa que se encendía sin aviso.
Mariana la notó de inmediato:
la forma en que Camila miró a Liliana.
No fue descarada.
Pero sí… personal.
«Eso no fue casual.»
12:33 p.m.
Revisión rápida de pendientes.
Liliana se sienta a un costado, revisando unas notas con un bolígrafo en la mano,
anotando algo en su libreta de tapa dura.
Concentrada.
Ordenada.
Mariana, al otro extremo de la mesa, la observaba de reojo.
Le gustaba ver cómo Liliana trabajaba.
Con precisión.
Con ritmo.
Fue entonces cuando Camila pasó detrás de ella,
apoyó una hoja sobre la mesa,
y de forma casi imperceptible,
dejó caer un papelito doblada al lado de su libreta.
Nadie lo notó.
Excepto Mariana.
Liliana lo tomó sin hacer aspavientos.
Lo leyó.
Y bajó la vista.
Un segundo después,
una sonrisa le pintó las mejillas.
Y un leve sonrojo le subió al rostro.
Mariana sintió que algo en su pecho se apretaba de emoción.
«No… no puede ser.
¿Verdad?»
Volvió a mirar a Camila.
Estaba apoyada contra la pared, mirando al frente,
pero con esa sonrisa sutil que no le pertenecía a nadie más que a Liliana.
Mariana bajó la mirada.
Sonrió sola.
2:10 p.m.
Mariana sale de la cocina con un vaso de agua,
cuando ve a Liliana cruzar entre escritorios,
caminar justo al lado de Camila…
y, con un movimiento sutil,
tira ligeramente del borde de su blusa, dejando ver el tirante negro de su sostén.
No es accidental.
Camila, sentada, se queda congelada un segundo.
Levanta las cejas apenas.
Acomoda su cabello.
Y luego se muerde el labio… solo un segundo.
Se detiene tras una columna.
«Eso no fue normal.
Eso fue coqueteo.
Eso fue respuesta.
Eso fue TODO.»
Pero aún duda.
«No puede ser.
Son… ¿compañeras?
¿Primas?
¿Ex algo?
¿Cómplices de un crimen?
¿O…?»
No dice nada.
Solo anota mentalmente:
un día más de señales.
Un día menos de misterio.
LXXXVIII
Jueves. 10:22 a.m.
Mariana casi se cae de la silla cuando ve aparecer la notificación interna en su pantalla.
[Nueva tarea asignada: Reunión individual con Liliana – Sala 2 – 11:30 a.m.]
Sintió cómo le subía el color al rostro.
¿Liliana quería hablar con ella directamente?
¿Habría hecho algo mal?
¿Iba a revisar su código?
¿Le iba a decir que era lenta o que no encajaba?
O… ¿solo era una reunión?
Se puso nerviosa.
Se fue al baño a arreglarse el cabello.
Nada exagerado, pero algo le decía que debía presentarse… bien.
11:27 a.m.
Llegó tres minutos antes.
La sala 2 era una de las más tranquilas del piso.
Una mesita redonda, dos sillas, una pizarra.
Ya había dos botellas de agua.
Y Liliana estaba ahí.
Sentada con las piernas cruzadas, revisando una hoja con marcatextos.
La vio y le sonrió.
—Hola, Mariana. Qué bueno que llegaste.
—¡Sí! O sea, claro. Gracias por… la cita. Digo, por la reunión.
Liliana rio suave.
No con burla.
Con amabilidad.
—Tranquila. No es nada formal. Solo quería conocerte un poco más.
Ahora estás en mi equipo y me gustaría saber cómo trabajas, qué te interesa…
y cómo puedo ayudarte a crecer.
Mariana se sentó.
Sintió que el estómago se le aflojaba… pero de alivio.
Durante la charla, Liliana le preguntó por su carrera.
Por qué había elegido programación.
Qué quería aprender.
Si tenía alguna meta o interés específico.
Mariana habló más de lo que esperaba.
Le confesó que al principio solo quería un trabajo estable,
pero que cada vez le gustaba más resolver cosas,
crear, entender estructuras complejas.
—Y… bueno, tú eres como…
un ejemplo.
No solo porque sabes un montón,
sino porque te ves tan segura.
Liliana bajó la mirada por un segundo.
—No siempre lo fui.
Mariana la miró, sorprendida.
—¿No?
—No.
Antes dudaba mucho.
De mi lugar, de mis capacidades…
de mi cuerpo, incluso.
Pero hubo una persona que me ayudó a ver que no necesitaba encajar.
Solo necesitaba reconocer mi valor y… hacerlo valer.
No dijo nombres.
Pero Mariana ya tenía un rostro en mente.
Casi al final, Mariana no aguantó más.
—¿Y tú y Camila…?
Trabajan muy bien juntas.
¿Desde hace cuánto se conocen?
Liliana sonrió, sin sorpresa.
—Desde hace un rato.
Conectamos bien.
Eso ayuda mucho en proyectos complicados.
Mariana sintió que su corazón latía más rápido.
No por celos.
Por emoción.
Por la historia que parecía estarse tejiendo entrelíneas.
La reunión terminó.
Y al volver a su lugar,
Mariana vio algo que ya la había hecho sospechar antes.
Liliana se sentó, se acomodó el cabello detrás de la oreja.
Camila pasó a su lado…
y dejó caer un pequeño papel doblado sobre el escritorio.
Nadie más lo notó.
Liliana lo leyó.
Y sonrió.
Un rubor le subió a las mejillas.
Camila ni volteó.
Solo siguió caminando como si nada.
Mariana tragó saliva.
«No lo dijo.
Pero tampoco lo negó.»
Volvió a su lugar.
Abrió su libreta.
Y escribió:
“Si esto es lo que creo que es…
entonces también quiero encontrar algo así algún día.”
LXXXIX
Jueves, 3:00 p.m.
Mariana estaba terminando sus pendientes del día cuando vio un correo nuevo:
De: Liliana G.
Reunión externa: Reforzamiento de equipo
Lugar: Bar Las Tazas.
Hora: 8:00 p.m.
Asistencia no obligatoria, pero se recomienda para mejorar la integración del equipo.
Primera ronda va por la casa.
Mariana sonrió.
No por el bar.
Sino por quién lo organizaba.
“Primera ronda va por la casa”, pensó.
Tan jefa, pero tan humana.
Un poco antes de la hora, se puso un labial suave,
y se convenció de que solo iría a ver cómo se desenvolvían todos.
Pero lo que vio esa noche…
le cambió todo.
Esa noche. Bar Las Tazas.
Había música, sí.
Y risas.
Y gente del equipo bailando o tomando fotos.
Pero Mariana no miraba todo eso.
Miraba a Liliana y Camila.
Nunca se tocaron.
Nunca hicieron nada “prohibido”.
Pero la manera en que se hablaban,
cómo se reían de cosas que nadie más entendía,
cómo Camila le hacía gestos cuando creía que nadie las miraba…
Eso fue todo.
Fue suficiente.
«No puede ser que no estén juntas.
No puede ser que esto no sea amor.»
Lo sintió en el pecho.
Como algo que dolía bonito.
Y cuando Liliana le ofreció otro vaso de agua,
y Camila le sonrió con los ojos,
Mariana sintió que sí estaba incluida.
No en el secreto.
Pero en el respeto mutuo.
Viernes, 9:12 a.m.
Cocina de la oficina.
Mariana estaba sirviendo café.
Tenía ojeras suaves, pero sonrisa tonta de quien lo pasó bien.
Camila entró con su taza vacía.
Se quedaron solas.
Un silencio ligero, cómodo.
—Te vi bailando —dijo Camila, sirviendo su taza.
—No lo niego. Bailé más de lo que pensé.
Y observé más de lo que creí.
Camila la miró de reojo.
Mariana bajó la mirada, sin decir más.
Camila se quedó en silencio,
pero luego, como quien lanza una piedra al lago solo para ver las ondas, dijo:
—Gracias por no mirar con morbo.
Mariana se congeló un segundo.
—¿Eh?
Camila no la miró.
—Hay quienes, si sospechan algo,
usan eso para chismear.
O para hacer sentir incómodas a otras personas.
Se volvió hacia Mariana.
—Tú no.
Y eso… se nota.
Y se agradece.
Mariana la miró.
No respondió de inmediato.
Porque no tenía que hacerlo.
Camila sonrió, como si eso fuera suficiente.
Y salió de la cocina.
Mariana se quedó ahí.
Con la taza tibia entre las manos.
Y con una certeza nueva:
Ya no era solo parte del equipo.
Era parte de algo que se estaba cuidando.
Y sin saber cómo…
ya se sentía orgullosa de protegerlo.
XC
Viernes, 1:11 p.m.
El almuerzo fue espontáneo.
Tres chicas del equipo —Fernanda, Luz y Mariana—
decidieron salir a un restaurante pequeño cerca de la oficina.
Querían hablar de lo del bar,
de lo del equipo…
y de lo que todas notaron pero nadie decía abiertamente.
—Oye, ¿viste cómo Liliana y Camila se reían solas ayer? —dijo Fernanda.
—¡Y cómo se buscaban con la mirada! —agregó Luz—.
Mira que no soy de inventar, pero eso parecía más que colegas.
Mariana se encogió de hombros, sorbiendo su agua con hielo.
—No creo.
Estuve bastante cerca de ellas casi toda la noche y…
se portaron normal.
Risas, sí. Pero nada raro.
—Ay, no sé. Tienen esa vibra rara. ¿Primas, tal vez?
—¿O ex? —soltó Luz, riéndose.
Mariana sonrió.
—Lo único que sé es que se entienden muy bien.
Y ojalá más gente pudiera trabajar así.
La conversación siguió,
pero Mariana ya no necesitaba decir más.
Había protegido lo que aún era secreto.
Y lo había hecho sin mentir.
Viernes, 3:42 p.m.
De vuelta en la oficina,
Mariana se detuvo en la máquina de agua
cuando escuchó pasos suaves.
Miró hacia la zona de escritorios.
Liliana caminaba con una bolsita de pan dulce en la mano,
partiendo uno con elegancia.
Pero con intención.
Mariana lo notó.
Liliana estaba frente al escritorio de Camila.
Se inclinó un poco hacia adelante,
y una migaja de pan, de manera nada accidental,
cayó justo sobre el centro de su propia camisa.
Blanca.
Entallada.
Camila alzó la vista.
Liliana bajó la mirada con una ceja levantada,
como quien dice sin hablar:
«¿Vas a ayudarme o solo vas a mirar?»
Camila se incorporó apenas.
Liliana llevó los dedos con suavidad,
y retiró la migaja de la tela de su camisa
con una lentitud deliciosa.
Mariana contuvo la respiración.
Camila se mordió el labio.
Solo un segundo.
Liliana no dijo nada.
Solo sonrió y dio un pequeño paso hacia atrás,
como quien acaba de lanzar un hechizo.
Y siguió caminando, comiendo su pan como si nada.
Mariana no sabía si reír o aplaudir.
«Ese pan no se cayó solo.
Y esa mirada no fue por cortesía.
Qué peligroso…
y qué bonito.»
Fin
Si llegaste hasta aquí, gracias y lo siento por un final tan abrupto ya no supe cómo más desarrollar esta historia después de abrir ya muchas variables y meter más dinámicas de lo que inicialmente creí que haría.
Después de tener tanto tiempo sin publicar estos escritos que había perdido el interés de seguirle desarrollando la historia.
Como lo mencioné antes, me presionaba en tener que desarrollar material para la historia y sin un fin en el horizonte o una desarrollo de conflictos para desenvolverlo en un buen arco satisfactorio… dejé que pasara el tiempo.
¿Cuál es el trasfondo de esta historia?
Esta historia surgió de una fantasía que he tenido conforme han pasado mis días… ¿cómo sería mi vida actual si hubiera nacido mujer?. Los mismos hermanos, la misma casa, la misma historia familiar, traumas, inseguridades, amigos, escasez de inteligencia emocional y papás que intentaron, pero no vieron lo que necesitaba para crecer, para creer en mí.
¿Cómo sería mi vida si…? Si en lugar de haber nacido como hombre hubiera nacido mujer: mi mamá habría tenido tres hijas y un hijo y me hubieran educado de la misma manera en que fui educado en la vida real. Tener las mismas experiencias: bullying, inseguridades, un hermano cruel, hermanos que no supimos comunicarnos y todo eso… ser una niña miedosa.
Ahora, este escenario pero con un ‘twist‘, tener un cuerpo que yo desearía tener: caderas y senos grandes… tipo Venus. Entiendo las implicaciones de crecer así en el México actual, pero… es parte de la fantasía.
Entonces, este par de narración son un reflejo de mi persona que pudo ser… una mujer que nació en un entorno no favorecedor, que desarrolló un cuerpo envidiado pero también con conflictos, que tuvo una identidad sexual y atracción diferente y todo eso le trajo sus propios problemas.
Algunos de los recuerdos y experiencias que están en estos relatos son míos, los viví, y esos mismos me hicieron la persona que soy hoy… inseguro, callado, reservado. Me han marcado, algunos recuerdos me tomé libertades de alterarlos para que funcionen con la historia que quiero comunicar y contar.
Por ejemplo, el uso de pañales es algo muy íntimo mío, y lo quiero implementar de manera que funcione en la historia sin un contexto sexual. Yo no soy incontinente, pero sí ansioso; integrar los pañales a la vida de Liliana de la misma manera en que están en la mía.
