Leer Parte 1
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XI
Liliana empezó el nuevo trabajo sin saber exactamente en qué se estaba metiendo. No había contrato, no había entrevista… solo confianza. Se presentó todos los días a tiempo, con el cabello recogido y las ideas listas. Ya no se queríá sentir fuera de lugar vistiendo de manera formal, ahora con pantalón de mezclilla y una camisa de manga larga.
Ese segundo día, y los que le siguieron, no llevaba lonche. No por descuido, sino porque su dinero apenas alcanzaba. Había recortado su comida para aguantar la semana. Un yogur en la mañana, un pan por la tarde… suficiente para no desmayarse, pero no para llenarse.
Y entonces ocurrió algo que no esperaba.
Sin pedirlo, sin insinuarlo siquiera, su nuevo jefe empezó a llevarle comida. Un sándwich, un burrito envuelto en papel aluminio, a veces una botella de jugo. Nada caro. Nada rebuscado. Pero para Liliana, eran gestos que dolían bonito.
No quería parecer hambrienta, ni débil. Así que solo sonreía, lo aceptaba con un “gracias” bajito, y comía en silencio, con el corazón un poco menos duro.
Al mismo tiempo, seguía en la tienda. No quería dejarlo de golpe; era su red de seguridad. Así que pidió formalmente su renuncia con dos semanas de anticipación, como debía hacerse. Su plan era claro: trabajar en el taller por la mañana, y seguir en la tienda por las tardes, al menos por una semana más. Así, le daría un último empujón a su deuda.
Esa semana fue un infierno físico: despertarse temprano, cargar, diseñar, correr, cruzar la ciudad, estar de pie horas… y repetir. Sus piernas dolían. Su espalda ardía. Su cuerpo pedía descanso.
Pero su alma… se sentía viva.
El viernes por la noche, al final de esa semana intensa, Liliana se sentó sola en el sofá que ya casi no usaba. Miró al techo, respiró profundo… y decidió que no iba a esperarse más.
—Hasta aquí —dijo en voz baja.
Al día siguiente, fue a la tienda, entregó su carta de renuncia efectiva de inmediato y, por primera vez en mucho tiempo, salió sin sentir que dejaba algo a medias.
Ese lunes, despertó con solo un trabajo. Uno que no era perfecto, pero era suyo.
Y por primera vez en semanas… se sintió cómoda.
XII
El programa de cruce rápido fue el cambio que Liliana necesitaba. Tras semanas de papeleo, entrevistas y esperas, por fin le aprobaron el permiso. Eso significaba cruzar la frontera en minutos lo que antes le tomaba horas. Significaba recuperar tiempo, energía… y posibilidades.
Con esa noticia en mano, tomó la decisión que llevaba tiempo deseando: regresarse a vivir a su ciudad natal.
No fue con drama. Solo habló con su amigo, le agradeció con palabras simples pero sinceras. Le dijo que su sofá había sido más que un espacio; fue un refugio. Empacó sus bolsas de ropa —las mismas que la acompañaron desde casa de su hermano— y volvió a cruzar, esta vez hacia su verdadero hogar.
Su cuarto la esperaba tal como lo había dejado. Polvo en los rincones, pero también un silencio conocido. Ahí sí podía andar en calzones, sin sostén, con su perfume flotando en el aire sin que a nadie le molestara.
En el taller, las cosas también empezaban a estabilizarse. Ya no se presentaba con vestidos formales. Ahora usaba mezclilla, camisetas oscuras, el cabello amarrado con ligas baratas. No era exactamente su estilo, pero era lo que se esperaba en ese entorno.
Era la única mujer.
Y aunque la trataban con respeto, a veces se sentía como una mancha de color en una fotografía sepia. No era por cómo la miraban, sino por lo que no decían. Sabía que su presencia rompía algo: la costumbre, el ritmo, el tono. Pero nunca se lo hicieron sentir mal. Solo distinta.
Al menos, ahora tenía estabilidad.
No era un gran sueldo, no era el trabajo soñado… pero era suyo. Pagaba su comida, sus cosas, sus pequeños gustos. Y, lo más importante, su tiempo.
Por primera vez en mucho tiempo, Liliana sentía que respiraba sin pedir permiso.
No estaba donde quería. Pero tampoco estaba donde no quería.
Estaba saliendo adelante, paso a paso.
XIII
Día con día, Liliana se fue adaptando al ritmo del taller. Ya no sentía la ansiedad de cruzar la frontera, ni el cansancio eterno de antes. Se levantaba temprano, pero tranquila. Cruzaba con su permiso, llegaba a tiempo, desayunada, con café en la mano y el cuerpo descansado. Empezaba la jornada frente al monitor, entre ruidos de herramientas, polvo de metal, olor a pintura, y bocinas viejas con música norteña de fondo.
Diseñar ya era automático. Entendía el flujo de trabajo, los formatos, los colores que gustaban a los clientes. Pero a pesar de eso, seguía sintiéndose… fuera de lugar.
No sabía si era por ser mujer, o por ser como era. No elitista, no. Pero sí distinta.
Había crecido en espacios más cuidados, más silenciosos, con otros códigos. Y ese taller, con su desorden perpetuo, con herramientas regadas por todas partes y grasa en las esquinas del suelo, no parecía su lugar. No porque se creyera más que nadie, sino porque a veces sentía que estaba para trabajar en un espacio distinto.
No lo decía. No lo mostraba. Pero lo sentía.
Su jefe era extraño. No grosero, no agresivo… solo raro. A veces soltaba comentarios que sonaban ambiguos, que bordeaban lo sexista, pero después decía cosas igual de raras a los hombres. Liliana terminó por pensar que simplemente era así. Que su forma de hablar era la de alguien que no tenía filtro, pero tampoco mala intención.
Sus compañeros la respetaban, pero era claro que no era «de los suyos». Ellos se reían fuerte, hablaban de fútbol, cerveza, mujeres. Ponían corridos a todo volumen mientras armaban los anuncios. Liliana, en cambio, se mantenía al margen. Escuchaba música con audífonos, tomaba su café o su agua con limón, y hablaba solo lo necesario.
Sabía que la veían diferente.
Mujer. Blanca. Con licenciatura. Voz pausada. Sin adornos. Sin gritos.
Y, a pesar de que nadie lo decía, eso bastaba para ponerla en otra categoría. No superior. Solo aparte. Curiosamente, era lo más cerca que había estado de una posición de liderazgo… aunque ella no lo sintiera así. Estaban en el mismo nivel, en teoría. Pero algo en su presencia, en su forma de estar, de hablar, de no ser como ellos, ya generaba cierta distancia.
Liliana no buscaba liderar. Solo buscaba pertenecer.
Pero hasta eso… parecía costar.
Aun así, iba todos los días. Cumplía. Diseñaba. Aprendía. Y, poco a poco, se hacía su propio espacio dentro de ese entorno ajeno. No era el lugar de sus sueños. Pero era el lugar que la sostenía… y con eso, por ahora, bastaba.
IX
Con el tiempo, Liliana empezó a moverse cada vez con más soltura en el trabajo. Ya no solo diseñaba anuncios en su escritorio polvoriento: ahora también era la encargada de ir al ayuntamiento a sacar permisos para las instalaciones. A veces, su jefe le daba un papel arrugado con medidas escritas a mano; otras, apenas unas indicaciones vagas mientras terminaba una llamada o se servía su café y ya sabía qué se tenía que hacer.
Se sentaba, preparaba el diseñó, armaba las medidas, imprimía el plano.
Y Liliana iba al ayuntamiento. Con la carpeta bajo el brazo, con su voz firme pero amable, explicaba lo necesario y evitaba detalles que ni ella entendía del todo. Aprendió a moverse en ventanillas, a llenar formatos, a presentar planos. Aprendió a improvisar cuando algo no cuadraba.
Pero con ese aprendizaje también vino la incomodidad.
Poco a poco, fue notando cosas que no se veían al principio. Cotizaciones con precios de equipo nuevo… cuando lo que se instalaba era material reciclado o viejo. Permisos tramitados con medidas específicas, y anuncios que se instalaban más grandes o en otra ubicación. Notas que no coincidían. Instalaciones que no seguían lo autorizado.
No era que su jefe fuera groseramente corrupto. Era más bien un tipo que jugaba con los márgenes, que asumía que “así se hacen las cosas” porque así las había hecho siempre.
Liliana no participaba directamente en esas trampas. Pero las veía. Las olía. Y no le gustaban.
No lo enfrentó. No lo denunció. Pero tampoco lo validó.
Se limitó a hacer su parte con pulcritud. Si el permiso decía una medida, lo entregaba tal cual. Si el cliente pedía algo específico, lo diseñaba como se le pedía. No tocaba la parte de los cobros ni las instalaciones finales. Pero sabía lo que pasaba. Y eso la mantenía alerta.
No cambió el trato hacia ella. Su jefe seguía siendo raro, sus compañeros seguían tratándola con respeto… pero cada día, Liliana acumulaba una sensación de incomodidad silenciosa. Como si estuviera sentada en una silla que, por fuera, parecía firme… pero ya empezaba a crujir.
No era suficiente para salir corriendo.
Pero sí para empezar a preguntarse, con más seriedad, cuánto tiempo más quería estar ahí.
X
Ya con un trabajo que se alineaba —más o menos— a su carrera y habiendo regresado a vivir a su ciudad natal, Liliana empezó a respirar distinto. No era que todo fuera perfecto, pero al menos ya no estaba atrapada. Ya no dormía en un sofá prestado ni cargaba con la incomodidad de los espacios ajenos. Ahora tenía su cuarto, su silencio, su rutina.
Eso le abrió espacio a otras cosas, socializar.
Viridiana, la amiga que meses atrás le había hecho el favor de conectarla con su jefe actual, le seguía escribiendo de vez en cuando. Charlaban por internet, compartían memes, hablaban de diseño y de lo mal que pagan los clientes pequeños. Un día, sin mucho preámbulo, Viri la invitó a una fiesta.
—Es algo sencillo, aquí en la oficina. Vienen mis socias y algunas amigas. ¿Te animas?
Liliana dudó. Sabía en el círculo social en el que se movía Viridiana.
No tenía mucha ropa elegante. No conocía a nadie más. No sabía si habría alguien como ella: alguien que aún no estaba completamente segura de qué buscaba, pero sí segura de que no quería fingir.
Aun así, aceptó.
El despacho de diseño estaba en la zona elegante de la ciudad. Cuando llegó, pensó que se había equivocado de dirección. El lugar parecía una casa de lujo, con ventanales enormes, acabados en mármol y una terraza amplia decorada con plantas y luces cálidas. Todo se veía impecable, pero sin pretensión. Y la gente… la gente también. Vestían ropa claramente cara, sí, pero se movían con soltura, como si no necesitaran demostrar nada.
Liliana se sintió fuera de lugar al instante. Su vestido era sencillo, limpio, bonito… pero no de marca. Su maquillaje era tenue. Y, sobre todo, solo conocía a Viri.
Se quedó unos segundos parada junto a la entrada, sonriendo nerviosa, buscando a su amiga entre la multitud de risas suaves y copas de vino.
¿Qué hago aquí?, pensó.
Y entonces Viri apareció, cálida como siempre, tomándola del brazo.
—¡Ya llegaste! Mira, ven, quiero que conozcas a las chicas del despacho.
Y así, sin planearlo, Liliana entró a otro mundo. Uno donde todas las mujeres parecían seguras, interesantes, hermosas a su manera. Uno donde, por un segundo, sintió que quizás, solo quizás… algo podía pasar.
No sabía si entre esas miradas encontraría a alguien que también buscara a una como ella. No sabía si su lugar estaba ahí. Pero esa noche, al menos, se permitió imaginarlo.
Y eso… ya era un avance.
XI
Liliana nunca se sintió completamente libre de ser ella.
Creció entre uniformes grises, pupitres duros y maestras de sotana que hablaban del pecado con la misma naturalidad con la que hablaban de los dictados de ortografía. Fue a escuelas de monjas, donde las niñas que eran “raritas” desaparecían de un semestre a otro. Donde hablar de a quién te gustaba era terreno minado. Donde confesar que preferías ver a una compañera bailar que a un niño jugar fútbol podía volverse un secreto eterno.
Así se formó: midiendo cada palabra, cuidando cada gesto. Aprendiendo que el silencio era más seguro que la verdad.
Con el tiempo, conoció la palabra “gaydar”, pero nunca se sintió buena para usarlo. No entendía las señales. Se ilusionaba cuando no debía. Se cerraba cuando debía abrirse. Las veces que sí coincidió con alguien, fueron breves. Intensos incendios de pocas llamas. Como Thania, que le partió el alma cuando apenas aprendía a confiar. O Paulina, que se le escapó como si el destino le hubiera puesto horario.
Por eso, en esa fiesta en el despacho bonito cerca del estadio, Liliana no esperaba nada. No llevaba esperanzas románticas. Ni siquiera se arregló pensando en seducir. Se vistió para estar presente, para decirse a sí misma que podía estar ahí sin miedo, sin temblar.
Sabía que ese tipo de ambientes no eran los suyos. Ella venía de la tienda, de talleres con grasa, de departamentos compartidos y lonches con pan frío. Pero también sabía que, si no empezaba a abrirse a otras realidades, iba a quedarse siempre en las orillas.
Así que caminó entre copas de vino y risas discretas. Escuchó hablar de diseño, de clientes difíciles, de arte, de política. Se sintió fuera de ritmo, pero no rechazada.
Ese era el punto: no buscaba encajar. Solo buscaba ver qué se sentía al estar.
Y aunque no encontró a nadie con quien cruzar una mirada cómplice esa noche, sí encontró algo más valioso: la prueba de que podía estar ahí. Que su lugar también podía construirse. Que ser mujer no era solo llevar cuerpo o falda o maquillaje, sino también decidir cuándo y cómo ocupar los espacios.
Esa noche, Liliana no se enamoró.
Pero se acercó un poco más a ella misma.
XII
La fiesta terminó sin sobresaltos.
Liliana habló con varias personas, se sirvió una copa de vino blanco, escuchó risas que no eran suyas y se permitió estar. No encajó del todo, pero tampoco desentonó. Y eso ya era raro para ella.
Pasó un buen rato hablando con una chica de lentes grandes y voz suave sobre astronomía. La conversación se desvió a biología marina, luego a la mecánica de los aviones. Nadie se burló de sus intereses. Nadie la miró raro. Fue… agradable.
Pero al final, como siempre, se sintió fuera de foco.
No porque la rechazaran, sino porque algo dentro de ella no terminaba de aflojar. Como si aún llevara el uniforme invisible de la niña que aprendió a hablar poco, a gustar en secreto, a pensar demasiado antes de mostrarse.
Mientras manejaba de regreso a casa, con la música bajita en el carro y el rostro ligeramente cansado, pensó en lo difícil que le resultaba pertenecer. No a una fiesta, ni a un trabajo, sino a un grupo. A algo que se sintiera estable, constante. “Siempre estoy a la mitad de todo,” pensó.
Pero no se reprochó. Solo lo aceptó.
Al llegar a casa, se quitó los zapatos sin prender la luz. Se sirvió un tazón generoso de Golden Grahams con leche fría, y se fue a su cuarto.
Se desvistió con movimientos tranquilos, como si se quitara también el peso social de la noche. Se puso su camisa favorita —una amplia, suave, sin botones— y se quedó en calzones, sin sostén. Sentía el cuerpo más libre así, más suyo. En su cuarto, con la puerta cerrada, no tenía que cuidar cómo se veía.
Prendió la tele. Puso un capítulo de Dexter, uno que ya había visto. Le gustaba ver cosas conocidas cuando el alma andaba en pausa.
Mientras comía su cereal sentada en la cama, con las piernas cruzadas y el cabello algo desordenado, pensó que quizás no estaba tan sola. Que tal vez, aunque no tuviera aún un grupo, ni una novia, ni una certeza clara, estaba más cerca de sí misma que nunca.
Y esa noche, eso fue suficiente.
