Leer Parte 2
XVII
Pasó ya una semana desde aquella cena, desde aquel pacto concretado.
Nada cambió de golpe, pero todo se volvió más claro. Ahora nos escribimos por la mañana con emojis sin sentido.
Compartimos playlists.
Nos miramos como si ya no hiciera falta preguntarse si esto es real. Aunque se todavía no me la creo.
Nadie en la oficina lo nota, así lo quise… así me siento segura.
Esto es sólo de nosotras.
Un viernes, ella me dice:
—¿Quieres dormir conmigo esta noche?
Y yo… no lo pienso demasiado. Porque no se trata de “lo físico”.
Se trata de estar. De quedarme.
Habíamos acordado llevarlo con calma.
Camila nunca me pidió explicaciones.
Asumo que sabe que tengo dificultades, que tengo un pasado.
Y decidió acompañarme, no presionarme.
Pero esta vez, antes de ir a su casa, quiero estar preparada.
La primera noche me tomó desprevenida: ni cepillo de dientes, ni ropa cómoda, ni nada para el día siguiente.
Ahora no.
Empiezo a rondar en mi buró, eligiendo qué echar a la mochila.
Unos panties cómodos para el día siguiente, una pijama suave, una camisa grande para dormir, y un atuendo sencillo para la mañana.
Y el cepillo de dientes.
Todo práctico, todo pensado.
Miro por segunda vez los panties que escogí. Son los “de abuelita”, nada seductores, pero me abrazan bien. Pienso en los otros, aquellos con encaje… y en lo que sé que podría pasar esta noche.
Y me empiezo a poner nerviosa.
Pero lo quiero. Quiero estar con ella.
No solo por lo que pase en la cama, sino por lo que pasa alrededor: el silencio compartido, el café de la mañana, la sensación de pertenecer.
Cierro la mochila. Respiro hondo. Y sonrio bajito.
Porque esta vez no voy solo a tentar mares.
Voy a quedarme.
Su departamento tiene la misma luz suave de siempre. Las cortinas abiertas. El ambiente huele a lavanda.
Estamos en la sala. Episodio VI.
Llevo una camiseta larga, con brasier.
Ella, pants y una blusa fina que deja ver sus hombros.
Y entonces, entre risas y susurros, nuestras miradas cambian.
No hay urgencia. No hay “ya”.
Solo esa forma en que Camila me roza el brazo. Y yo no me aparto.
—¿Estás bien? —pregunta.
—Sí —respondo. Y lo estoy.
Ella se acerca despacio.
Me besa. Lento. Con más pausa que antes.
Como si midiera mi respiración.
Sus manos se posan sobre mi costado.
No aprietan. Solo descubren.
Tiemblo un poco. No de miedo. Sino porque, por primera vez… Quiero que alguien me vea por completo.
Mis senos, esa parte que siempre me pareció demasiado, ahora están ahí, bajo la tela, sin sostén, con su forma generosa, su peso inevitable, su historia.
Camila los mira. Puedo percibir una expresión ligera de asombro, y entiendo por qué.
Llevo años aprendiendo a esconderlos. Ropa que los aplana, posturas que los minimizan, telas que no los delatan. Una ciencia silenciosa que nadie ve porque funciona demasiado bien.
Camila los vio todos los días sin saber realmente lo que había debajo.
Ahora sí.
Lleva una mano, primero con cautela, luego con la certeza de quien sabe que fue invitada.
Me roza con la yema de los dedos, apenas un trazo lento sobre mi piel.
Yo cierro los ojos, y el temblor que siento no es de miedo, sino de alivio: por fin decidí que alguien los tocara con toda la intención.
El roce se vuelve más firme, sus manos llenándose de mi, y una ola de calor recorriéndome.
No hay prisa en sus manos. No hay posesión.
Hay una ternura que se convierte en calor, un gesto íntimo que me arranca un suspiro involuntario.
—Eres hermosa — dice. No susurra. Lo dice.
Y yo, en lugar de encogerme,
Me desnudo. Con lentitud. Con temblor.
Pero también con algo nuevo: Confianza.
Ella hace lo mismo.
Nuestros cuerpos se encuentran como quien vuelve a casa.
No hay acrobacias.
No hay ruido.
Solo manos. Suspiros.
Piel que por fin se siente segura de ser tocada.
Cuando ambas descansamos, envueltas en la misma sábana, con el pecho agitado y la respiración descompasada, Camila me acaricia el cabello y murmura:
—Gracias por quedarte. Gracias por no huir.
Y yo le respondo: —Gracias por verme… incluso cuando no puedo.
Ella sonríe contra mi cuello.
Y yo… Me quedo dormida sin pensar si fui suficiente.
Porque lo fui.
Porque lo soy.
Porque por fin, alguien lo dijo…
y le creí.
Memorias XVII.I
Tijuana. Tarde de octubre.
Cielo nublado. Olor a tierra mojada.
Tenías 22 años.
Una libreta llena de código a medio escribir.
Y un corazón lleno de palabras que no sabías cómo ordenar.
Carolina estaba sentada a tu lado en la cafetería.
Cabello chino, castaño claro. Ropa de mezclilla. Tenis blancos.
Una risa fácil.
Una forma de tocarte el brazo al hablar que hacía que te olvidaras todo lo que le daba miedo.
Habían compartido semanas de charlas, miradas cómplices, tareas y bromas tontas.
Había algo en la forma en que Carolina te escuchaba… que te hacía sentirte vista.
Y por primera vez, pensaste:
Tal vez esto sí es lo que estoy sintiendo. Tal vez no estoy sola.
Pero había una sombra constante: Daniel.
Hablaban más de lo que te gustaba.
Más de lo que necesitaba para sembrar la duda.
¿Y si Carolina le gustaba él? ¿Y si sólo estaba siendo amable?
Aun así, ¿por qué pasar tanto tiempo juntas? ¿Por qué mandarme comida desde su tierra?
¿Por qué hacerme sentir… especial?
No sabías si era paranoia o intuición.
Pero sí sabías que podía ser una posibilidad grande que no está a tu favor… que a ella simplemente no le gustan las chicas.
Pero en un momento de desesperación, tomaste una decisión precipitada.
Querías saber.
Lo necesitabas.
Ese día te animaste.
Después de clases, en las escaleras del edificio viejo, la tomaste por sorpresa.
El aire estaba fresco.
Tus manos sudaban.
—Carolina… ¿puedo decirte algo?
—Claro —dijo ella, sonriendo sin sospechar nada.
Tragaste saliva.
Miraste al suelo. Luego a sus ojos.
—Me gustas.
Carolina parpadeó.
—¿Cómo?
—Me gustas. No solo como amiga.
Silencio.
Carolina desvió la mirada.
Y esa fue la respuesta, incluso antes de hablar.
—Lily… yo…
—Solo te veo como amiga —dijo finalmente, con esa voz que intenta no herir.
Forzaste una sonrisa que dolía más que las palabras.
—Claro. Perdón. Me equivoqué.
Carolina quiso suavizarlo:
—Es que… además, me gusta alguien.
Pero ya no importaba.
Ya sabías quién era.
Ese momento se quedó pegado como una mancha en el pecho.
No por el rechazo en sí,
sino por la certeza que vino después:
para ti no sería tan sencillo como para las demás.
Las chicas “normales” podían equivocarse,
arriesgarse con un beso a un chico,
reírse del error y seguir adelante.
Era más fácil para ellas,
para ti no.
Tú tenías qué medir cada mirada,
cada palabra,
porque un paso en falso podía costarte una amiga,
un rumor,
o el poco espacio seguro que habías ganado.
Desde entonces aprendiste a guardarte.
A protegerte.
A convencerte de que tal vez lo tuyo no valía tanto como lo de las demás.
De que mejor no creer demasiado en ti.
Y durante años, cada vez que algo comenzaba a parecer más que amistad…
recordabas ese día.
Y retrocedías.
Hasta Camila.
Ahora, en el presente, acaricias el brazo dormido de Camila bajo las sábanas.
La ternura.
El silencio.
La diferencia.
Porque esta vez, no se equivocó.
Esta vez, dijiste “me gustas”,
alguien dijo “tú también me gustas”.
Y eso cambio todo.
Y entonces, como siempre, mi cabeza decide recordarme algo.
No sé por qué lo hace. Siempre en los momentos buenos.
Como si necesitara recordarme que ya estuve aquí antes.
Memorias XVII.II
La preparatoria olía a humedad y marcador.
A ventanas abiertas por costumbre.
A lonches escondidos en mochilas con el cierre roto.
Lily tenía 15 años.
Su falda del uniforme no era tan corta como la de otras chicas, porque le gustaba cómo se le veía.
La blusa blanca con botones siempre le quedaba un poco ajustada en el pecho, y a veces se encorvaba.
No porque quisiera.
Sino porque algo dentro de ella sentía que debía.
Pero había algo que le gustaba de esos días.
Verlas.
A las demás.
Cómo caminaban por los pasillos con el cabello suelto, riendo entre ellas.
Cómo cruzaban las piernas cuando se sentaban.
Cómo se acomodaban el suéter al levantarse.
Cómo algunas usaban labial y otras no… pero todas parecían brillar de alguna forma.
Ella no lo decía.
Ni a sus amigas.
Ni a sí misma.
Solo lo sentía.
Ese pequeño calor en el pecho.
Esa emoción leve pero insistente cuando una de ellas se le acercaba demasiado.
O cuando la abrazaban por detrás, con confianza, solo porque así eran las amigas.
Y luego se alejaban, sin darse cuenta de lo que dejaban en su piel.
Un temblor.
Un pensamiento.
Una sonrisa contenida.
A veces, mientras estaba sentada en el patio, fingía leer…
pero en realidad las miraba.
Con la excusa perfecta: “es mi compañera, la estoy buscando.”
Pero lo que buscaba era otra cosa.
Belleza.
Risa.
Movimiento.
Buscaba grabarse esa imagen lo más que podía.
Y se decía, bajito:
“Qué bonitas son.”
No sabía aún que lo que sentía era deseo.
Pero sabía que estaba mal.
Sabía que no sentía eso por los chicos.
Nunca lo había sentido.
Y eso la confundía.
La hacía callar.
Porque cuando escuchaba a sus amigas decir:
“Me gusta Oscar… me gusta Miguel”,
sabía, sin que nadie se lo explicara,
que ella no podía decir:
“A mí me gusta Susana”.
Ese camino no estaba abierto para ella.
Era como tener un idioma propio,
pero sin nadie con quien hablarlo.
Pero también…
la hacía sonreír bajito.
Porque, aunque no entendiera el nombre,
aunque no supiera si eso estaba permitido…
algo en su corazón ya lo sabía.
Ahora, años después, en la cama junto a Camila,
Lily recuerda a esa versión suya.
Esa niña sentada en el patio, con un libro abierto como escudo.
Y la abraza un poco más fuerte.
Porque ahora ya no necesita mirar a escondidas.
Ahora puede mirar…
y ser mirada.
Y sentirse bonita, también.
XVIII
La relación con Camila ha sido lenta.
No por falta de deseo.
Ni por desinterés.
Sino porque… esto es demasiado bueno para ser cierto.
Me lo digo.
Una y otra vez.
Mis experiencias me han hecho la mujer que soy ahora.
Experiencias que, aunque duras, me enseñaron a sobrevivir.
Me hicieron… precavida.
Este inicio fue distinto.
Camila me gustaba desde el principio.
Sus “buenos días”, sus silencios, sus gestos, su cabello.
Pero acercarme más que eso…
Ese era el reto imposible.
Pero empezó.
Eso ya es ganancia.
Y Camila, aun sabiendo que hay un pasado que arrastro,
quiso estar conmigo.
Sin presionar.
Sin preguntar demasiado.
Solo estar.
Estas semanas compartidas, a escondidas, como lo decidí,
fueron suavemente transformando la dinámica.
En mi día.
En la oficina.
En mi vida.
Y entonces, mientras Camila está sentada a mi lado, que convenientemente aun no arreglan su escritorio, me manda un mensaje:
Cami:
Este sábado mis amigos van a juntarse para comer. Quiero que vengas conmigo. Quiero presentarte. Como mi novia.
Leo y releo las palabras.
Siento calor en el pecho… pero no del bueno.
Es como si alguien hubiera tirado una piedra en el estanque donde vivía tranquila.
Mi primera reacción no es emoción.
Es miedo.
¿Su novia?
¿En público?
¿Con gente que se conoce?
¿Con gente de verdad?
Me lo había imaginado.
Pero no así.
No tan real.
No tan pronto.
La relación se había llevado en la seguridad y privacidad de las dos… esto ya abre el panorama, las variables, las hace visibles.
Y entonces recuerdo mi cuerpo.
Mis senos. Mis caderas. Mis experiencias.
Cómo siempre sentí que ocupaba demasiado espacio.
Que si me movía mal, me veían.
Y si no me movía, también.
Recuerdo cómo por años hice todo para no llamar la atención.
Para ser “neutral”.
Para no ser la mujer rara que no le gustan los hombres.
Porque toda mi adolescencia fue callar.
Guardarme.
Y ese era el peso que cargaba.
Y ahora… ahora Camila quiere que sea visible.
Pienso en mi, en lo que quiero, lo que deseo.
Sonrío… Sí, sí quiero esto.
Sábado.
El restaurante es abierto, lleno de luz y voces.
Me visto con un atuendo cómodo, pantalón de mezclilla obscuro, camisa blanca relajada pero que inevitablemente resalta mi figura.
Nada exagerado.
Pero en mi mente… todo se siente demasiado.
Llegamos juntas.
Camila me toma de la mano. No con fuerza. Con constancia.
—¿Segura? —pregunta antes de entrar.
Y yo respiro hondo.
—No. Pero quiero hacerlo igual.
Ella sonríe.
—Esa es mi Lily.
Sus amigos ya están ahí.
Dos hombres, uno con barba y lentes; el otro, alto y sonriente.
También hay una chica con cabello rosa y piercings.
Todos se levantan.
Todos saludan con una naturalidad que no esperaba.
—¿Ella es Liliana? —pregunta el de la barba—. Por fin. Ya era hora que nos la trajeras.
Me río. Baja. Tímida.
Pero Camila aprieta mi mano bajo la mesa.
Y eso basta.
La comida fluye.
Las bromas.
Las anécdotas de oficina que no conozco.
Me siento un poco fuera de lugar.
Pero Camila siempre vuelve a mi.
Con una mirada.
Una pregunta.
Una sonrisa que me recuerda: estás aquí porque lo mereces.
Hasta que llega el momento.
Una pausa.
El amigo alto pregunta:
—¿Y cómo se conocieron? ¿Quién dio el primer paso?
Siento que todos voltean a verme.
Camila me mira. Con esa mirada que derrite.
Pero me congelo.
Porque no sé si quiero que lo sepan.
Si pueden con esa parte mia.
Antes de que pueda inventar una salida, Camila responde:
—Fue ella. Con su mirada. Yo solo… la seguí.
Todos sonríen.
La chica del cabello rosa dice:
—¡Ay, qué bonito!.
Y ahí.
Justo ahí.
Algo se rompe.
En el buen sentido.
Porque no me están juzgando.
Me están viendo.
Y no pasa nada.
Más tarde, después de la reunión, le digo a Camila:
—Es la primera vez que alguien sabe que estoy con alguien.
Es la primera vez… que no me escondo yo.
—Gracias por invitarme.
Camila me mira con ternura.
—Y para mí es la primera vez que alguien vale tanto como para querer presentarla.
No respondo.
Solo sonrío.
Y al salir del restaurante, la brisa de la tarde no solo me toca la piel.
La atraviesa.
Como si al fin hubiera dejado espacio para respirar entera.
Por primera vez en mucho tiempo, camino derecha.
Sin taparme.
Sin encogerme.
Visible.
Y bien.
XIX
La noche cae sobre Tijuana con un aire tibio.
En el cuarto, solo hay una lámpara encendida.
La sábana cubre hasta las caderas.
Camila está a mi lado, leyendo en su celular.
Yo… simplemente estoy. Boca arriba. Mirando el techo.
Sintiendo.
Mis curvas descansan bajo una blusa suave.
Mi piel aún guarda el calor de la cena, las risas, el abrazo largo al final.
Pero por dentro… no estoy del todo en calma.
Camila lo nota.
Siempre lo nota.
—¿En qué piensas?
Mi voz tarda.
No sé por dónde empezar.
Pero lo hago.
—Que nunca pensé que alguien me vería así.
—¿Así cómo?
—Como soy. Toda. Con lo bueno… y lo que no me gusta de mí.
Ella deja el celular.
Se recuesta a mi lado.
Me mira.
—¿Y qué no te gusta de ti, Lily?
Mis ojos se humedecen.
No por tristeza.
Por memoria.
Por todas las veces que me callé esto.
—Mi cuerpo.
—¿Por qué?
Me trago el nudo.
No por vergüenza.
Sino por lo difícil que es hablar después de tanto silencio.
—Porque siempre sentí que ocupaba demasiado espacio.
Porque me miraban sin permiso.
Veían mi cuerpo antes de verme a mí.
Porque, cuando era chica, aprendí a encogerme para no ser vista.
Aprendí que muchas intenciones no eran buenas.
Y cuando crecí… descubrí que me gustaban las mujeres.
Y eso hizo que todo se sintiera aún más complicado.
No me escuchaban. No se interesaban en mí. Pero lo intenté, sabía que las tenía de perder pero quería pensar que a lo mejor tendría más suerte para la próxima.
—Pero no sé cuándo me rendí.
Camila escucha sin moverse.
Su mirada es firme. Presente.
—Durante mucho tiempo creí que si alguien se acercaba a mí, era por mi cuerpo. No por mí.
Así que lo tapé. Lo negué.
Me escondí detrás de ropa grande.
De respuestas cortas.
De sonrisas neutras.
Tomo aire.
Las lágrimas caen.
Pero no duelen.
—Y ahora… tú estás aquí. Me tocas. Me miras. Me deseas.
Y parte de mí lo quiere con todo el alma…
Pero otra parte aún cree que no lo merezco.
Que en cualquier momento vas a darte cuenta… y te vas a ir.
Silencio.
Camila me toma la mano.
—Yo también tuve miedo —dice—.
No por mi cuerpo.
Sino por lo que pasaría si quería a alguien que no me quisiera igual.
Y ahora estoy aquí.
Y no me voy a ir.
Se acerca.
Me besa la frente.
Luego los ojos.
Y luego… se acurruca a mi lado, abrazándome como si mi cuerpo fuera el mejor lugar para dormir.
—Te amo, Liliana.
No por cómo te ves.
—¿Entonces por qué?
Camila sonríe.
—Porque cuando te quedas callada… incluso tu silencio dice cosas hermosas.
Y esa noche…
Duermo sin sostenerme.
Porque alguien más lo hace por mi.
Y, por fin,
me lo permito.
XX
Me despierto antes que ella.
Es la segunda vez que duermo en su cama, con las cortinas mal cerradas y la brisa entrando por la rendija de la ventana.
Mi cabeza descansa en su almohada, mi cuerpo envuelto en una sábana que huele a ella.
Y a mi.
No sé si eso me incomoda.
O si, tal vez, Me gusta demasiado.
Camila duerme de lado.
El cabello revuelto.
Una ceja levantada, como si soñara con algo raro.
Respira lento, profundo.
Y hay algo en ese sonido que me calma más que el silencio.
Me levanto sin hacer ruido.
Me pongo su camiseta gris , esa que a ella le queda grande, pero a mi no tanto.
Me veo en el espejo.
Y hay algo simbólico en llevar la ropa de alguien más.
Me gustaba verlo cuando veía mis compañeras de escuela. Pensaba: “¿cuándo será mi turno?”
Ahora lo es.
Y me gusta cómo se me ve.
Voy a la cocina.
Abro los cajones, tratando de recordar dónde está todo.
Porque, sin darme cuenta, quiero saber cómo se organiza.
Quiero conocerla, también, desde ahí.
Preparo café.
Lo sirvo en su taza roja, la que tiene una grieta minúscula en la base.
Cuando vuelvo, ella está sentada en la cama.
Medio dormida. Medio sonriendo.
—¿Es café de paz o de charla de crisis existencial? —bromea, tomando la taza con ambas manos.
—De paz. Aunque podemos evolucionar. —Me siento a su lado.
Bebemos en silencio.
La ciudad empieza a sonar afuera.
Y por un momento, es como si todo lo demás no importara.
Después, en la cocina, preparamos desayuno juntas.
Ella parte el pan. Yo hago los huevos como tienden a salirme.
Se chocan nuestros hombros, sonreímos sin hablar.
Y en un momento, mientras me doy la vuelta para buscar algo, Camila me mira fijamente.
—¿Te das cuenta que es la segunda vez que estás aquí?
Me detengo.
La miro.
Sonrío, bajito.
—¿Y eso te asusta?
—No.
Me hace querer hacer desayuno contigo todos los domingos.
Esa tarde, sin planearlo, Camila me pregunta cosas que nadie más me había preguntado:
—¿Qué soñabas cuando eras niña?
—¿Qué te daba más miedo del amor?
—¿Qué piensas del episodio 7?
Y yo… le respondo.
Una por una.
Sin adornos.
Sin miedo.
En algún momento, estoy recostada sobre sus piernas en el sillón.
Ella me acaricia la cabeza.
Y yo… solo respiro.
Profundo.
Sin peso.
Eso es el amor ahora.
No los fuegos artificiales.
Sino este silencio lleno de significado.
Donde cada parte de mi…
Por fin,
se está sintiendo en casa.
Memorias XX.I
Estoy recostada sobre sus piernas.
Ella me acaricia la cabeza. Y mi cerebro, como siempre, decide recordarme algo justo cuando estoy bien.
Sé por qué lo hace. Aunque no sé porqué en los momentos buenos.
Como si necesitara asegurarse de que no olvido.
Liliana tenía 22 años.
Trabajaba como practicante en una pequeña oficina de desarrollo web.
Ambiente relajado. Gente joven.
Demasiadas bromas. Demasiadas miradas.
Ella no hablaba mucho. Era buena. Silenciosa.
Siempre llevaba blusas sueltas y pantalones rectos.
Pero su cuerpo igual se notaba.
Sus senos. Sus caderas pronunciadas.
La espalda recta… que poco a poco aprendió a encorvar, como un escudo torpe.
Un compañero, Alonso, era de los que todos describían como “el chistoso”.
El típico que se salía con comentarios porque “así es él”.
Encantador para algunos.
Un fastidio para ella.
Con Liliana siempre había algo de más:
—Con esas curvas cualquiera pierde el hilo de la junta.
—Ya ni necesito café cuando pasas frente a mí.
—¿No te da calor con tanta tela?.
La primera vez, Liliana rió incómoda.
La segunda, no dijo nada.
La tercera, se encogió.
Nunca fue una situación “grave”, pero sí constante.
Y lo constante desgasta más que un solo golpe.
Nadie dijo nada.
Porque “así es Alonso.”
Porque “no es para tanto.”
Porque “tómatelo como un cumplido.”
Hasta que un día, cansada, se atrevió a decirlo:
—No me gusta cuando haces esos comentarios.
Él ni siquiera parpadeó.
Sonrió de lado y soltó, con esa voz que fingía ser relajada:
—Ay, tranquila, es broma. ¿Tanto te afecta?
Si no puedes con eso, no aguantarías en un equipo real.
Y luego, como si le hiciera un favor, remató:
—Además… ni que fuera mentira. Otras hasta se sentirían halagadas.
Ella se quedó callada.
Sintiendo cómo la vergüenza no era por lo que él había dicho,
sino porque de alguna manera había logrado que pareciera que la exagerada era ella.
Desde ese día, Liliana entendió que su cuerpo era algo que otros se creían con derecho a comentar.
Y que, si no quería sentirse “vista” de esa manera…
tenía que esconderse.
Ahora, años después, mientras me acaricia la cabeza en silencio, recuerdo ese día.
Ese calor extraño en las mejillas.
No era deseo. Era incomodidad.
Y lo contrasto con esto. Con ella.
Camila nunca me ha dicho “te ves buena.”
Me ha dicho:
“Te ves tú., me gusta cómo existes.”
Y esa diferencia…
es todo.
Leer Parte 4.
