Siendo Liliana – Parte IV

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XXI

Es de noche.
El cuarto está en silencio, apenas iluminado por una lámpara junto a la cama.
estoy sentada con las piernas cruzadas, con una de sus camisetas grandes puesta, el cabello suelto y desordenado de tanto pensar.

Camila está a mi lado, leyendo algo en su tablet.
Sus lentes bajos. El ceño relajado.

Y yo… yo no puede relajarme.

No por nervios.
Por un peso viejo.
Uno que ha vuelto desde hace días, desde aquella comida con sus amigos… desde que empecé a dejarme ver más.

Camila lo nota. Baja la pantalla. Me mira.

—¿Estás bien?

Mi voz no sale al principio.
Pero luego, sí.

—Quiero contarte algo. De antes. De por qué a veces… no confío en cómo me veo.

Ella se acomoda.
Me da espacio. No se acerca más de lo necesario.

—Te escucho —dice.

Tomo aire.
Lo suelto.
Y le cuento.

Lo de la escuela
Lo del bullying.
Lo de la oficina.
Lo de Alonso.
Lo de las miradas.
El suéter tras suéter tras suéter.

Le hablo del miedo a ser vista por las razones equivocadas.
De cómo aprendí a esconderme para evitar sentirme como un objeto.
De cómo, con cada palabra, se fue haciendo más difícil amar mi cuerpo.

No hay drama en mi voz.
Hay verdad.

Y cuando termino, no hay aplauso.
No hay “qué horror”.
Solo silencio.
Y Camila, se acerca y me toma la mano con cuidado.

—Gracias por decirlo —murmura.

Yo bajo la mirada.
Ella levanta mi barbilla con dos dedos.

—¿Sabes qué veo cuando te miro?

Niego con la cabeza, suave.

—Veo fuerza. No porque aguantaste eso… sino porque sigues aquí.
Con este cuerpo.
Con esta alma.
Con esta ternura que guardaste para alguien que sí la mereciera.

Ella se acerca más.
Me abraza desde atrás.
Apoya su mejilla en mi hombro.

—Si alguna vez te miro con deseo, Lily, no es por tus curvas.
Es por lo que guardas en ellas.
Es porque cuando te toco… tú no te vas.
Y yo no quiero que te vayas nunca.

Me quedo en silencio.
Pero esta vez… es un silencio distinto.
No por miedo.
Sino por alivio.

Porque lo dije.
Y ella… no se fue.

XXII

El lunes, elijo una blusa que antes habría evitado.
No porque muestre mucho… sino porque marca justo donde solía sentir que ocupaba “demasiado espacio”.
Antes me la habría quitado al mirarme al espejo, buscando otra cosa más suelta.
Pero este día, me la pongo.

Y aunque me sienta expuesta, Camila me ve, me da una ligera sonrisa… y no dice nada exagerado.
Solo:
—Te ves cómoda.

Y yo… me siento así.
Un poco, pero lo siento.

El miércoles, estamos en casa.
Ella me abraza por detrás en la cocina, y yo no me encojo.
No siento que necesito justificar mis curvas, ni esconderlas bajo excusas.
Simplemente… estoy.
Y su abrazo me cubre como si mi cuerpo fuera el mapa exacto que quería que recorriera.

—Eres hermosa —dice, sin teatralidad.
Y no lo rechazo.
Solo asiento, con los ojos entrecerrados, como si esa frase por fin pudiera quedarse sin romperte nada.

El viernes, estamos caminando por el parque.
Una pareja de mujeres pasa tomada de la mano.
Camila, sin decir nada, entrelaza sus dedos con los mios.

Mi instinto de antes habría sido soltarla rápido, como si me hubieras quemado.
Con nervios y miedo… esta vez no lo hago.
No las suelto.

Antes me habría paralizado la idea de quién mira, qué piensa la gente.
Pero ahora, solo camino y pienso poquito en qué dirán… sólo poquito.

Sonrío sin darme cuenta.

Esa noche, ya en casa, después de habernos reído por una receta mal hecha y entrar en debate sobre por qué los episodios 7, 8 y 9 deberían rehacerse, me siento en el borde de su cama.

Miro a Camila, que está desmaquillándose en el baño, y dices, en voz bajita pero firme:
—Creo que estoy empezando a relajarme con cómo me veo. Un poco. Aunque suene medio ñoño.

Camila asoma la cabeza desde la puerta.
—¿Sabes por qué?
—¿Por qué?
—Porque por fin te estás viendo como yo te veo.

Y yo…
yo sonrío.
Sin vergüenza.
Sin excusas.
Yo. Completa.

Esa noche, al apagar la luz, no pienso en cómo se ve mi cuerpo.
Solo en cómo se siente estar ahí, con ella.
Y eso basta.

XXIII

En la oficina, al estar sentada trabajando en cómo incorporar una animación al interfase, al estar buscando la respuesta de cómo hacer la transición más sutil, agarro mi pluma como si le estuviera pidiendo la respuesta a mi problema. Cuando era chica, solía jugar con la pluma preguntándole cómo resolver la tarea, era cuando mi hermana llegaba y me ayudaba, sobre todo con matemáticas. Ella y yo habíamos sido inseparables de niñas, pero los años, los ritmos de vida y el cansancio de crecer hicieron lo suyo.

Supongo que ella también tiene su pasado que la mantiene ocupada, al menos eso me digo para explicar la distancia.

Cuando era chica, cuando llovía corría a su cama para dormir con ella.
Hubo esa vez con ese juego del Super Nintendo que me dio pesadillas, veía ese agujero del juego en el patio de mi casa por la noche y corría a su cama por temor a que me succionara.

No sé con precisión cuándo empezó la distancia, cuando menos me di cuenta, ya estábamos distantes. A lo mejor era su novio, a lo mejor fue aquel divorcio, a lo mejor ella también tuvo sus problemas.

Pasa Camila por el pasillo y me saca del espiral antes de que me pierda en él. Con ella, las cosas han ido de maravilla, ella me ha dado a conocer de poco a poco su lado íntimo, sus amistades. Quiero ser recíproca, yo también quiero presentarle ese lado.

Y vuelvo a recordar a mi hermana, ¿cuándo fue la última vez que nos hablamos?.

Hoy decidí hablarle.

Agarro mi teléfono y queriendo aprovechar el momento le mando un mensaje —Hola, ¿Podemos vernos? Hay algo que me gustaría contarte.

Ella no preguntó, solo dijo: Claro. Ven a la casa. Aquí estaré.

Camila sabía que la historia de mi familia era complicada, no tenía qué decírselo, lo intuía.
Al llegar a las afureas de la casa de mi hermana, ella no hizo movimiento para salir del carro.

—Ve, aquí te espero.

Ella sabía que esto será de camino largo.

Un paso a la vez.

Mi hermana vive en una casa cerca de la montaña, me gusta andar esta zona, hay algo en la altura que las noches se sienten más serenas, no sé porqué pero la humedad de la noche aquí se siente distinto que cuando estoy en casa.

Cuando me ve llegar, sonríe.

Con ese gesto que aún guarda de cuando me abrazaba por las noches cuando tenía miedo.
—¡Lily! —me dice con fuerza, rodeándome en un abrazo que huele a jabón y nostalgia.
El mismo abrazo que de pequeña me hacía creer que todo estaba bien.

Me quedo ahí un momento más de lo necesario.
Y luego… nos sentamos.
Silencio al principio.

—Estoy saliendo con alguien.
—¿Sí? —sonríe—. ¿Quién es?
—Se llama… Camila.

Mi hermana parpadea. Se toma un par de segundos para procesar lo que implica el nombre.
No se ríe. No se escandaliza.
Solo me mira.
Y luego:
—¿Por qué hasta ahora?

No hay juicio en la pregunta. Solo tristeza.

—Porque me dio miedo. Porque no sabía si tú… si todos…
—¿Lily?

Levanto la mirada.
—Yo te vi esconderte desde hace años —dice— Me lo pregunté muchas veces. Pero pensé que, si no me lo decías, era porque no querías que supiera.

—No era eso.
—Ya lo sé.

Se acerca. Me toma la mano.
Como lo hacía cuando era niña.
—Me dolió no haberte apoyado cuando lo necesitabas, lo reconocí cuando ya era muy tarde. Me duele pensar que creíste que no podías confiar aunque ya entiendo porqué.

Las lágrimas se asoman.
No de dolor.
De alivio.

La expresión de confusión que tenía mi hermana la quitó preguntando,
—¿Y… ella vive en la ciudad?
—Sí, de hecho está afuera—digo, entre nerviosa y esperanzada.
—¿Cómo, está afuera en el carro?, Quiero conocerla.

Sonrío. Me levanto.
Antes de salir, ella me limpia una lágrima con el pulgar y me dice:
—Tarde o no… estoy feliz de verte. De verdad. Por fin te veo.

Y mientras me abraza otra vez, entiendo que ese “por fin” no es reproche. Es un inicio.

XXIV

Salí hacia ella.
Camila está sentada, jugando en su celular, seguramente alcanzando un nuevo record.
Me ve, deja el teléfono, baja la ventana y sonríe.

—¿Todo bien?
Asiento. Con una sonrisa que lleva humedad en los ojos.
—¿Quieres pasar?
—¿Segura?
—Ella quiere conocerte.

Camila sale del coche con esa calma suya que no es pretensión.
Solo seguridad suave.
Camina a mi lado, sin tomarme de la mano, pero con ese gesto sutil en el brazo, como diciendo: “Estoy contigo.”

Mi hermana está en la puerta.
Con los brazos cruzados y una sonrisa que no es falsa, pero sí cauta.
No porque desconfíe.
Sino porque quiere entender.

—Hola —dice Camila, con voz clara—. Soy Camila. Gracias por recibirme.
Mi hermana la observa.
Le extiende la mano.
—Soy la hermana mayor. Así que… me tocó cuidarla, aunque ya no lo haga tan seguido.
—Lo estás haciendo ahora —responde Camila, y hay algo en esa frase que rompe la tensión.

Mi hermana sonríe.
Pasamos las dos.
Nos sirve café y pastel.
No hay charla profunda.
Solo observaciones, risas suaves, un comentario sobre cómo yo de niña era la más callada pero más intensa y me la pasaba dibujando mapas en mi libreta.

Y Camila… la escucha con ojos brillosos, como quien se está enamorando más solo por ver de dónde vengo.

Antes de irnos, mi hermana se despide de Camila con un abrazo breve.
—Cuídala bien —le dice.

Camila la mira a los ojos.
—Como si fuera mi lugar favorito del mundo —responde, sin dudar.

Silencio.

Un instante donde hasta el café humeante parece quedarse quieto.
Mi hermana la observa, midiendo si esas palabras son un adorno o una verdad.
Y luego asiente, con una sonrisa suave, que ya no es cauta.

La mira. Me mira.
Y en ese gesto, lo entiendo:
Me ha aceptado.
Y también la ha aceptado a ella.
No hacen falta más palabras.

Salgo con una sonrisa.
Sé que no será igual con mis otros hermanos ni con mi mamá.
Será más difícil.
Pero hoy, con ella, bastó.

XXV

Ya estamos en el coche de nuevo.
La puerta se cierra con ese sonido hueco que marca el fin de una visita importante.
Camila arranca, pero no pone música.
No pregunta nada aún.
Solo conduce con calma, como quien sabe que el silencio también es una forma de acompañar.

Yo voy con la mirada perdida por la ventana.
No triste.
Pero movida.

Después de unas cuadras, Camila pregunta:

—¿Estás bien?

Asiento. Pero luego me detengo.
Y digo lo real:

—No sé.

Ella baja la velocidad un poco.
No quiere que esto pase a prisa.

—Fue raro —confieso. —Inesperado, bonito. Pero raro.

—¿Por qué raro?

—Porque… no pensé que me recibiría así, me estaba preparando para algo diferente. Y ahora que salió bien, no sé cómo manejarlo.
Me asusta sentir que esta vez… no hubo tormenta.

—Me asusta la calma. Siempre siento que algo más puede pasar.

—Y eso me hizo sentir muchas cosas más.
Darme cuenta que lo pude haber hecho esto antes,
Y todo este tiempo, haberme acercado a ella.
Como si… yo misma me hubiera negado algo que sí podía tener.
Negado por el temor.

Camila no dice nada enseguida. Solo me mira de reojo.

—Y también me dio miedo. Porque ahora ya lo sabe.
Ya no soy la hermana que nadie entendía.
Ahora soy… yo. Toda. Visible para ella.

Camila pone una mano en mi muslo, sin apartar la vista del camino.

—¿Y qué se siente?

—Ligero. Pero da vértigo.
Como si hubiera soltado un costal enorme… y ahora no supiera qué hacer con los brazos libres… No sé.

Ella sonríe.
Me aprieta un poquito.

—Puedes usarlos para abrazarme más —dice con una voz bajita, entre broma y ternura.

Y yo río. Pero de esa risa que raspa un poco.
Porque duele soltar, incluso cuando lo que sueltas era peso.

—Gracias por no soltarme tú —le digo, bajito.

—Nunca ha sido una opción —responde.

El resto del camino no se necesita hablar más.

Siento una sensación de tranquilidad pero sé que hay tres cabezas más que podrían cambiar eso.
Tres puertas que tal vez no se abran con la misma facilidad.
Y sé que es muy probable que pase.

El miedo está ahí, como una sombra detrás de la nuca.
Pero elijo no darle la palabra todavía.

Aún no.

Aprieto un poco la mano de Camila, como si con eso pudiera anclarme a lo único seguro en este instante: ella.
Su piel cálida.
Ese modo de no soltar.

Regreso a verla.
Camila, concentrada en el volante, los labios relajados, la mirada serena sobre el camino.
Y me impresiona la belleza de esa mujer, por dentro y por fuera.
La calma que transmite incluso en medio de mis tormentas.

Una risa pequeña se me escapa sin querer.
Porque por primera vez en mucho tiempo, me siento suertuda.
Porque por fin puedo hacer esto:
Mirarla, tomar su mano, y permitirme la felicidad aunque dure un segundo.

Memorias XXVI.I

Otro día de escuela.
Preparatoria.

Despertaba antes de que sonara la alarma. Se movía en automático.
Extrañaba los días en que podía bajar solo con una camisa grande y desayunar tranquila.
Pero ya se había cansado de escucharla.

“¡Ponte sostén! ¡Tápate! ¡Así no provocas!”
Otra frase más que aprendió a tragar con el cereal.

Así que mejor lo evitaba.
Se ponía el brasier antes de bajar.
—Joder… ya me queda chico —murmuró.

Pensó en comentarlo.
Pero ya sabía lo que seguiría: una queja, un reclamo, una mirada de desagrado.
“¿Otra vez?”, seguro es lo que diría su mamá.
Entonces, para evitar conflictos, pasaría a comprarse uno después en la tienda.

Brasier, camisa, panties, piyama… check.
Todos siguen dormidos.
Aprovechaba el silencio, hay algo que disfrutaba al saber que no había nadie más despierto. Se servía cereal y respiraba.
Este es el único momento del día que era suyo.

Después, el baño.
Tenía una relación extraña con el baño.

Hay algo bonito en el ritual de cuidarse el cuerpo.
El agua cayendo, la piel limpia, el olor de su jabón de avena.
Pero cuando llega el momento de lavar sus senos…

Ahí cambia todo.

No por ella.
Por lo que significan para los demás.

Las miradas de los compañeros.
La envidia de algunas compañeras.
Los comentarios, las risas, el silencio incómodo.

Le gusta cómo se ven.
No le gusta lo que proyectan sobre ella.

A veces le gustaría poder salir sin ese cuerpo.
O al menos… sin que se sienta como un campo de juicio constante.

Memorias XXVI.II

Seguías en la preparatoria, aún entendiéndote.

Cuando no estabas tratando de adivinar qué se espera de ti —entre el nuevo mundo de hormonas, salidas y roles sociales—, estabas desconectándote de todo. Tratando de pasártela bien, aunque fuera por unas horas. De fingir que todo aún era simple.

Un día, después de clases, te quedaste jugando vóley. Sergio, un buen amigo, te pidió que lo acompañaras a una secundaria cercana para “hacerle el paro”.

Te contó de una chica que le gustaba. Carmen.
Te necesitaba como apoyo emocional, romper el hielo, meterle valor.

Ninguno tenía carro, pero caminaron como si nada.
Riendo de tonterías.
Platicando como dos personas sin la presión de saber quiénes son, ni qué se supone que deben ser.

—¿Y si no está? —preguntaste.
—Entonces te invito un frapé. Pero sí va a estar — dijo con una sonrisa nervioso.

Y sí estaba.
Carmen: güera, simpática, sonrisa fácil.
Junto a ella, su hermana: Thania.
Alta, delgada, con el cabello largo cayéndole a media espalda. Tenía pecas y un aire distinto.
No sabías que Carmen tenía una hermana.

La reconociste. Ya la habías visto antes en la prepa. Un año mayor.
Mucho más bonita que la hermana.

Llegaron al portón viejo de la secundaria. El mismo de siempre.
Fue raro pisar otra vez ese lugar. Le dieron unas ganas conflictivas o de reírse o de correr.

Bajó la chica que Sergio quería ver. Era bonita, sí. Y también bajó con su hermana.
Y fue ella quien la miró primero.
Alta, flaquita, con cara de que sabía cosas que nadie más entendía.

Al acercarse, Ella le preguntó:
—¿Tú eres la novia de él?

Y Lily, con esa cara de “no, gracias” que le salió sin querer, le dijo:
—No. Soy como su guardaespaldas.

Se rió.

Y ese sonido, su risa, le dejó algo flotando en el pecho.

Sergio se puso nervioso.
Liliana intentó suavizar las cosas.

—¿Jugamos algo? ¿Vóley? Para que se les baje el aburrimiento —propuso.
—¿Aquí? ¿Vóley? —dijo Thania, divertida.
—Hay una cancha libre. ¿O qué? ¿Tienen miedo de perder? —sonrió.

Ella miró a Liliana directo.
Y esa mirada la atravesó.

—Va. ¿Cómo serán los equipos? —preguntó.

—Sergio y Carmen… tú y yo —dijo.
Sergio pensó que era para ayudarlo.
Ella solo quería estar cerca de Thania.

Jugaron. Más risas que puntos.
Thania hacía bromas cuando fallaba. Tú le respondías con sarcasmo ligero.
Se entendían. Sin decirlo.

—Bien jugado, Lily —te dijo, luego de una caída tuya.

—Eso fue un resbalón con gracia —respondiste, sacudiéndote la tierra de las palmas.

Después de un rato, se sentaron a descansar.
Sergio seguía sin animarse a hablar con Carmen.
Tú intentaste motivarlo mientras ellas se alejaban al baño.

—Anda, ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que se ría? ¿Que tenga novio? Al menos lo sabrás.

Carmen se rió bajito a la distancia.
Quizá ya sabía que hablaban de ella.

Tú te alejaste. Tomaste agua.
Te sentaste en una banquita.

Thania volvió.
Se sentó a tu lado. Muy cerca.
Más cerca de lo que hacía falta.

—No eres como las demás —dijo de pronto.

Te tomó por sorpresa.
¿Te había estado observando todo este rato?

—¿Cómo son las demás? —preguntaste, sin saber si sonreír o ponerte alerta.

—No sé. Como si los demás estuvieran ausentes.
Tú no.
Tú estás aquí. Y eso se siente… raro. Pero bien.

No supiste qué decir.
Pero sonreíste.
No por cortesía, sino porque algo se encendió.
Un foco suave.
Una puerta que no sabías que estaba ahí.

No sabías qué iba a pasar.
Solo que querías quedarte ahí un rato más.

Memoria XXVI.III

Mañanas después
Ya había regresado una especie de normalidad asentada en sus mañanas.

Se cambia.
Panties agradables, ese sostén cada vez más apretado, camisa polo, suéter gris claro, suelto, falda, medias,
tenis blancos.
Se amarró el cabello en una cola blanca.
Se miró en el espejo.
Ve una muchacha bonita.
Pero solo ella sabe que dentro hay algo turbio.
Algo que no puedo arreglar.

Suspiro.
A la escuela.

Todavía está fresca la memoria de aquel momento en que su hermana la vio con esa chica.
Desde entonces, ella ha mantenido un perfil bajo.
Ella la ignoró. No supo cómo le fue a ella, le prohibieron acercarse.

Su primer amor… y terminó en ruinas.

Estaba triste pero no lo quería reconocer

Las clases empezaron normales.
Hasta que…

Diana.
Una de las chicas populares, para Lily la consideraba una bully.
Siempre he tenido cuidado con ella.
Nunca le agradó, y ella sabía que a Lily tampoco.

Todo iba normal hasta que empezó a gritar:
—¿Dónde está mi suéter?

Lily seguía con mis apuntes.

—¿Quién ha visto mi suéter?

Su voz subía.
Entonces se puso detrás de ella.

—¿Por qué tienes mi suéter? —dijo.
Lily no entendía.
Volteó, y ahí estaba el suéter, debajo de su escritorio.
—¿Por qué lo agarraste?
Y entonces, su golpe final:
—Así yo no te voy a besar como te besaste con Thania.

Y ahí… todo se detuvo.

Su cara se tornó blanca.
Ella sabía, no sabía cómo, no había alguien más que las vio
Y lo acababa de decir.
En voz alta.
Frente a todos.

Ella no había dicho nada.
Y ahora, todos lo sabían.
Lo que pasó con Thania. Lo que sentía. Lo que quiso.

Corrío al baño.
Se vio en el espejo.
No dejó que salieran lágrimas.
Estaba enojada.
Estaba frustrada.
Estaba herida.

Era algo suyo.
Algo que no era malo.
Algo que apenas entendía.
Y se lo arrebataron.

Después de unos minutos, se recompuse.
Acomodé su ropa.
Se miró.
Y regresó.

Todos la vieron entrar.
Diana sonreía.
Idiota.
Vio cómo una que otra murmuraba, se reían por debajo.

Ella sólo quería que se acabara ese día.

Su mamá pasó por ella.
No le preguntó cómo le fue.
Solo habló de sus hermanos, del tráfico, de la línea para recoger.

Ninguna mención de lo sucedido
Ella solo asentía.
Miraba por la ventana.
Haciéndose las preguntas que le gustaría que le hicieran

Ya en casa, revisó si tenía algún mensaje de texto, una llamada perdida en el teléfono de casa, seguramente si Diana sabía, alguien más sabría que Thania lo supera y con eso a lo mejor la buscaría.
Nada.

Ni siquiera un “lo siento”.
Ni un “¿estás bien?”

Nada.
Como si nunca hubiera pasado.
Como si la culpa fuera solo de ella.

Memorias XXVI.III

Sábado, 13 de mayo de 2000

Vengo regresando del cumpleaños de Carmelita.

No sé por qué escribo esto tan tarde, pero necesito guardarlo en algún lado.

No somos tan cercanas, pero desde que platicamos en la secundaria me cayó bien. Tiene esa forma de hablar rápido, de reírse sin pena. Me dijo que le caigo bien y me invitó a su fiesta. Yo fui… por cortesía, pero también porque no tenía ganas de estar en casa.

No esperaba nada. Ni diversión, ni drama.
Y ahí estaba ella.

Thania.

Pensé que estaría fuera de casa.

La había visto una vez. Cruzamos dos o tres frases. Nada más.
Pero hoy… hoy me gustó.


No sé cómo explicarlo.

No fue que dijera algo impactante.
No fue su ropa (aunque se le veía hermosa con esa blusa cruzada rosa y esa falda como de zigzags).
Fue su forma de estar.


Me reí con ella.
Platicamos de los Simpson. Me dijo que también ama el episodio del Monorail.
Hice una pequeña impresión del baile de la canción. Se rió.

Y ahí sentí algo.
No mariposas.
Fue como si una parte mía que estaba dormida… abriera los ojos.


No sé si a ella también le pasó.
Pero me habló diferente.
Como si me hablara solo a mí, aunque había más gente.
No sé si lo soñé.

Pero si alguien me preguntara mañana qué fue lo más bonito del día…
diría: su voz diciéndome “me caes muy bien, Liliana”.

No sé qué va a pasar.
No sé si la volveré a ver así de cerca.
Pero hoy… me dieron ganas de abrazarla sin tener que inventar un pretexto.

Y eso, creo, no me había pasado nunca.

Memoria XXVI.IV

Diario de Liliana

Sábado, 8 de julio del 2000

Hoy no es un día cualquiera.
Hoy la besé.
A Thania.

No fue el beso más cinematográfico del mundo.
No hubo música ni cámara lenta.
Pero fue nuestro. Y fue real.


Desde hace días no podía dejar de pensar en que me iba de vacaciones con mi familia. Iban a ser como dos semanas lejos. Y aunque me emociona el viaje, me daba miedo que algo se enfriara entre nosotras. Que ese hilo invisible que siento entre las dos… se aflojara.

Así que esta mañana me levanté decidida. Me puse mi blusa favorita, la que me da seguridad sin tener que mostrar nada.
Agarré una hoja de papel y escribí una carta. No muy larga, no muy poética.
Solo le dije lo que sentía:
Que me gustaba.
Que me hacía sentir como cuando una canción te entiende.


Caminé desde mi casa a la suya. Veinte minutos que parecieron veinte horas. Iba repasando la carta mentalmente, cambiando frases, queriendo regresar pero sin detenerme.

Cuando abrió la puerta, supe que valía la pena.
Tenía una sonrisa chiquita y el cabello suelto.
Le di la carta sin decir nada.

La leyó ahí mismo, parada frente a mí.

Y cuando alzó la vista, ya no necesitaba palabras.


Fue un beso corto. De esos que apenas rozan.
Un «pajarito», como dicen.
Pero fue el primer beso de mi vida.
El primero con intención. Con miedo. Con temblor.
Y Thania me lo devolvió con una suavidad que casi me deshace.

Estuvimos juntas un rato más.
Hablamos.
Nos tomamos de la mano.
Y luego me fui. Tenía que irme.


Ahora estoy en casa. En momentos nos vamos.
Pero no me importa a dónde vayamos.
Porque mi corazón se va a quedar un poco más cerca de la suya.

Y si alguien me pregunta si hoy pasó algo importante…
Voy a decir que sí.
Hoy aprendí que un beso puede durar mucho más que un momento.

Continuará

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