Siendo Liliana – Parte II

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VIII

No sé en qué momento dejó de importar la película.
Lo sé porque sientes su pierna rozando la mia.
Porque siento el calor de su costado.
Porque ya no estamos reaccionado a la película.

Esa parte donde Luke está viendo al atardecer es una de mis favoritas, porque sé que la vida va a cambiarle por completo desde ese momento sin que él lo sepa; pero prefiero voltear a verla.

Y entonces, sin pensarlo, ella habla:

—A veces me cuesta leer las señales de otras, ¿sabes?
Especialmente cuando no sé si están… disponibles.

Mi pecho se congela un instante.

No sé a dónde me puede llevar esto, he contemplado miles de escenarios que me planteé camino a su casa pero lo dejé de desarrollar porque se me hizo absurdo que pasará lo que más me gustaría.

—Sí. Me pasa igual, todo el tiempo.

Mi voz es bajita,
como si no quisiera romper el aire entre nosotras.

Camila me mira.
Y ahí está:

Esa intensidad sin urgencia.
Esa forma de verme como si fuera un libro que vale la pena leer página por página.

—¿Y tú, Liliana…? —su tono es más íntimo ahora—
¿Estás disponible?.

Mi corazón salta. No esperaba que dijera eso.
Y sin pensarlo, como quien se rinde al momento, digo:

—No lo sé.
Pero… me gustaría estarlo.
Contigo.

Aún no terminaba de decir esa última silaba cuando ya me estaba arrepintiendo.

Ya qué, pensé. Es mejor arriesgar… que vivir con el hubiera después.

Ella sonríe, como si acabara de resolver un acertijo.

Reaccionando de manera que no esperaba, nuevamente.

No se lanza.
No me besa.

Ella apoya su cabeza en mi hombro.
Y yo… yo dejo que lo haga.

Mi pecho sube y baja con más suavidad.
Me siento… bien.
No por cómo creo que me veo.
Sino porque ella está ahí,
Sin juicio.

Porque su calor reposa contra mi cuerpo…
y por primera vez en mucho tiempo,
no me incomoda ser tocada.

No me escondo.
No me encojo.
Solo estoy ahí.

Y eso…
Ya es mucho.

Nos quedamos así, en silencio.
La película sigue.
Pero ya no prestamos atención.

Ella no habla.
Yo tampoco.

Ambas respiramos lento,
como si esa calma fuera demasiado frágil como para romperla con palabras.

En algún momento, su mano encuentra la mia.
Y no es que la toma.
Solo la toca.
Como quien pide permiso sin decir nada.

La dejo estar ahí.

El sofá es incómodo para dormir, pero no lo parece.
La luz baja.
La vela aún arde.

Y el sueño llega así, sin anunciarse.
Como una tregua.

Me recuesto un poco más, con ella aún apoyada en mi hombro.
Ella se acomoda sin soltar mi mano.

Y ahí nos quedamos.
Dos cuerpos que no buscaban dormir…
pero que, por primera vez en mucho tiempo,
se sienten seguros para hacerlo.

Perspectiva – XVIII

La escucho tocar el timbre. Tardo un par de segundos antes de abrir. No porque esté ocupada… sino porque necesito un respiro.

Respira, Camila. No te emociones antes de tiempo.

Abro la puerta y ahí está, Liliana.

Y así como todas las veces entrar a la oficina... preciosa. No se arregló como quien quiere deslumbrar. Se arregló como quien quiere estar cómoda… y gustar. Y eso, esa combinación de intención y pudor, me derrite.

Pero calma, que no la quiero espantar.

—Qué bonita te ves —le digo. Y lo digo de verdad. No solo porque se ve bien. Sino porque la noto intentando. Para mí, espero.

Y eso ya me dice tanto.

La dejo pasar. Se le nota incómoda. Pero no con miedo. Solo reservada. Como quien no quiere arruinar algo que por fin empezó bien.

Y creo que la entiendo porqué.

Porque yo también he sido esa mujer que se repite mil veces “solo es una película” cuando por dentro está gritando “por favor, nota que estoy aquí por ti.”

Ella se sienta en el sofá. La noto tensa. Sujeta su taza como si fuera un escudo.

Y aun así, sonríe. Ese tipo de sonrisa torpe que a mí me derrite más que cualquier halago bien dicho.

Quiero lanzarme sobre ella. Quiero besarle esa boca que se le escapa palabras cuidadosas. Pero no. Porque lo que hay aquí no se trata de urgencia. Se trata de confianza.

Quiero hacerla sentir segura, antes de que sienta que tiene que correr, como sospecho que le ha pasado anteriormente muchas veces.

Así que me acerco sin acercarme. Me acomodo más cerca sin que se note. Dejo que mis piernas toquen las suyas, primero como accidente, como quien deja una pregunta en el aire sin decirla.

Y cuando siento que no se aleja… cuando noto que su piel no se tensa, que no recoge el cuerpo, que no se cierra… me permito pensar:

Tal vez… esta vez sí.

IX

Me despierto sola.

Camila me abrazó hasta que el sueño me venció.
Y en algún momento, quizá con cuidado, me soltó.

El sillón donde estoy todavía guarda la forma de ambas.
Hay una cobija a medio poner sobre mis piernas.

Esa no estaba anoche.

La vela ya se apagó.

La casa está en silencio.

La luz entra por la ventana con esa suavidad que tienen los domingos sin obligaciones.
No hay ruido, salvo el de mi respiración.

Debería sentirme bien.
Y sí… lo hago. Un poco.

Pero también me pesa algo.

Esa parte de mi que nunca ha sabido qué hacer con este tipo de momentos.
Donde nada pasó —al menos no oficialmente—
pero algo se movió tan fuerte que no puedo ignorarlo.

Me quedo acostada, mirando al techo.
Sintiendo el calor tibio donde ella estuvo.

Y entonces llega aquél recuerdo.

Memorias – IX.I

La secundaria

Cuando las otras niñas hablaban de chicos, tú asentías.
Jugabas a fingir que también esperabas que algún “chico” se fijara en ti.

O al menos provocar que pase.

Pero en silencio, era otra cosa.

Las mirabas a ellas.

Su cabello, cómo se acomodaban los mechones cuando les caían sobre el rostro.
Su forma de moverse.
Sus voces cuando reían.

Y te sentías mal.
No porque fuera feo…
sino porque era demasiado bonito.

No se esperaba de ti.

No sabías por qué.
Por qué no te pasaba lo mismo con los chicos.
Por qué te costaba tanto forzar la mirada, fingir el gusto, actuar como si también ellos te atrajeran.

Solo sabías que no era así.
Que no te nacía.
Que no querías.
Pero como a las niñas “les tienen que gustar los niños”, asumiste que algo estaba mal contigo.

Una prueba más que tenías que sobrepasar, pensabas.

Nunca lo hablaste.
Hablar es confirmar, pensabas.

Tratabas de ignorarlo.

Te esforzabas por sentir lo que ellas sentían.

Por repetir lo que ellas decían.

Pero no lo lograbas.
Y eso… dolía sin darte cuenta.

La universidad.

Ya habías dejado de mentirte.
Sabías que eras diferente…

Sabías que eras lesbiana.

No había drama, ni culpa. Casi no había llanto.

Sabías también había historias que salían bien.
Chicas que se conocían, se gustaban, se elegían.
Todo era cuestión de estar en el lugar correcto, en el momento correcto… con la chica correcta.

Incluso decir las palabras correctas esperando la reacción correcta para actuar y conectar.

Cuestión de estadística, pensabas.

Tu problema era que simplemente… no coincidías, los números no estaban a tu favor, quizás las órbitas de estrellas lejanas no hacían bien su trabajo para provocar la alteración gravitacional.

Aquella chica con la que hablaste durante meses.
Sus bromas.
Sus ojos.
Cómo te tocaba el brazo con confianza cuando reían.

Y tú… tú creíste.

Le escribiste.

Le dijiste que te gustaba.

Ella respondió con dulzura,
pero no con deseo.

“Yo solo te veo como amiga, Lily… además, estoy saliendo con alguien.”

Y esa frase fue un balde de agua congelada.
No por el rechazo,
sino porque te equivocaste otra vez.

Y eso… eso cansa.

X

Y cuando vi a Camila por primera vez —aquel primer día en la oficina, con ese vestido, con los muchos que la verías después… lo sentí otra vez:

El hormigueo.
El “no puede ser.”
El “no otra vez.”

Así que negué.
Guardé.
Olvidé.

O al menos, eso intenté.

Pero anoche…
Anoche fue ella quien se acercó.
Ella me dijo que le gustaba así.
Ella apoyó su cabeza en mi hombro.
Ella me preguntó si estaba disponible.
Y yo… dije que sí.

Con miedo.
Con ese miedo de siempre.
Pero le dije.

Y seguramente ella fue la que me colocó la cobija. ¿Quién más sería?

Ahora estoy aquí.
Entre cobijas, con la duda instalada en el pecho como huésped callado.

¿Y si solo fue ternura?
¿Y si solo está explorando?
¿Y si mañana todo vuelve a como era antes de que se sentara en mi escritorio?

O peor… ¿se aleja?

Me siento al borde del sofá.
Miro mis pies en el suelo.
Mi cuerpo.

Ese cuerpo que aprendí a ver con desconfianza.
Que a veces solo me gusta cuando nadie lo mira.
Ese que tantas veces oculto con ropa floja y posturas cerradas con la intención que si alguien muestra interés, sea por mi y no por cómo me veo.

Ese que anoche ella rozó con cuidado, aunque solo fuera con la frente.
Y que ahora… quiere creer.

Pero he aprendido a protegerme.


El celular vibra.

Es un mensaje de ella.

Camila: ¿Despertaste? Tengo café. Y pan dulce. ¿Te quedas?

Tu pecho se aprieta.
Porque sí… duele tener miedo.
Pero también duele no intentarlo.

XI

Estoy de pie frente al espejo del baño.
La blusa arrugada, ya con luz de día le da otra sensación, esa que olvidé que tiene cuando la noche la oculta pero está ahí.
Sobre el mueble hay un suéter amplio, largo, de tela suave.

Toco mi blusa.
Me miro.

Mis senos se notan más así.
La curva. La forma. El peso.
Y en mi cabeza, escucho esa voz que dice: “Esto es demasiado.”

Camila lo haría, pienso.
Ella usaría la blusa, dejaría ver lo justo, y caminaría como si no hubiera nada de qué disculparse.
Pero Camila no tiene senos grandes.
Ni carga con mi historia.

Me miro nuevamente en el espejo y veo el sueter que seguramente usa Camila cuando hace frío y lo tomo, mis inseguridades rondan mejor de día.

Me pongo el suéter.
Me lo ajusto bien.
Casi me ahoga, pero también me protege. Como una manta invisible.

Justo cuando salgo del baño, Camila ya me espera en la cocina.
Dos tazas de café, pan dulce, y una sonrisa que no se esfuerza.
Está descalza. Ligeramente despeinada. Su piel tiene ese color suave de las mañanas sin prisa.

—Te ves cómoda —dice, mirándome con ojos tranquilos.

No hace mención de que traigo su sueter.

Yo solo asiento. Me siento con ella.

El pan huele a canela.
El café, a promesa.

Camila toma un sorbo.
Me mira.
No con intensidad, sino con una curiosidad honesta, sin pretensión.

—¿Te estás cubriendo de mí…?

La pregunta cae suave. Sin reproche.
Pero se queda ahí.
Tibia y directa, como sus manos anoche.

Mi respuesta tarda. Porque la estoy pensando de verdad.

—De ambas, creo —respondo, con los dedos rodeando la taza.

Ella asiente. No sonríe. No se burla. Solo… entiende.

—¿Y si te dijera que no hay nada en ti que tenga que cubrirse?

Sus palabras no suenan a cumplido.
Suenan a espejo limpio.
Y por un instante, me veo como ella me ve. No como me he estado escondiendo por tantos años.

La taza en mis manos tiembla un poco.
No por miedo.
Por emoción contenida.
Por años de silencio. Por cada vez que me visto para desaparecer.

Me atrevo a mirarla.

—Camila… me sobran dedos para contar las veces que quise arriesgarme. Que creí que podía. Que casi lo intenté. Y me quedé. Siempre me quedé. Me cuesta creer que esta vez sea diferente. Me cuesta… sostenerlo.

Camila se acerca, con calma.
Toma mi mano. No la aprieta. Solo la sostiene.

—Entonces déjame ayudarte a sostenerlo. Hasta que puedas sola. ¿Te parece?

No hay respuesta correcta.
No hay escena perfecta.

Me suelto…

Solo estoy yo, con el suéter grande…
Y ella, viendo igual lo que hay debajo.

Y, por primera vez, no siento vergüenza.
Solo algo muy parecido a la paz.

Esa paz que sólo siento en casa… sola.

XII

Después del desayuno, Camila me pregunta si quiero quedarme.
No con palabras dulces ni indirectas.
Solo dice:

—¿Te quieres quedar?, tengo más café. Y nubes que ver desde la ventana.

Y yo pienso, nadie me está corriendo pero siento que tengo que salir, ya estuve mucho fuera de mi lugar seguro pero recapacito, quiero estar aquí… asiento.

Paso el día ahí.
Sin prisa.
Sin roles.
Sin preguntas sobre el futuro.

Reimos por tonterías.
Hablamos de libros que ninguna terminó.
Vemos episodio V, que solo escuchamos de fondo porque ambas terminamos hablando de otras cosas.

En una pausa, Camila me mira desde el suelo y me pregunta:

—¿Siempre fuiste así de callada?

Lo pienso un segundo o dos, analizando la pregunta y cómo responder.

—No lo digo como crítica. Me gusta. Pero… ¿siempre?

Ya había preparado una respuesta cuando me la cambia con otra pregunta, me toma por sorpresa. Pero no molesta.
Respondo, mirando hacia la ventana:

—No. De niña hablaba más. Pero aprendí que a veces, cuando hablas mucho, das oportunidades a qué te destruyan. Y yo… ya no quería dar esa oportunidad.

—También aprendí que cuando hablo es cuando más noto las intenciones de los demás… Entonces aprendí a callar, a observar. A hacerme invisible. A sólo hablar cuando es necesario y cuando sé que no pueden desarmarme.

Camila asiente despacio.

—¿Y ahora?

—Ahora estoy a ciegas, improvisando un poco, con un poco de cautela.

Trago un poco de saliva. —Sólo cuando siento que puedo. ahorita, por ejemplo.

Ella sonríe.
No dice nada, pero veo en sus ojos esa forma de “gracias” que no necesita palabras.

En algún momento, estoy recostada sobre el sillón, y ella está sentada en el suelo con la cabeza apoyada en mi pierna.

La tarde entra suave por la ventana.
El suéter ya no lo tengo puesto.
Estoy solo con esa blusa clara.
Y me doy cuenta: no me siento incómoda.

Camila levanta la mirada.
Sus ojos se detienen en mi.
Como si ya no hicieran falta palabras.
Solo ese leve movimiento en sus labios.
Esa tensión breve en el aire.

Me acerco un poco.
Solo un poco.
Ella también.

Y cuando sus labios tocan los mios, no hay fuegos artificiales.
Solo calma.
Silencio.
Verdad.

No dura mucho.
No necesita durar.

Cuando nos separamos, me doy cuenta de que estoy sonriendo.
Y ella también.
Como si ambas hubiéramos esperado mucho tiempo este momento.
Pero también como si no quisiéramos asustarlo nombrándolo.

Más tarde, cuando llego a casa…
Ya duchada, con el cabello mojado y una sonrisa que no termina de irse…

Perspectiva – XIII

Liliana trabajaba como programadora especializada en interfaces para un sistema de aprendizaje automatizado.

Pero ella sabía que su trabajo iba más allá de diseñar botones bonitos o distribuir el contenido de forma intuitiva.

Era una de esas personas que se ponen varias gorras sin darse cuenta.
Lo hacía todo: resolver bugs, UI/UX, gestionar accesos, apoyar en cuestiones de seguridad, incluso cubrir tareas administrativas cuando alguien faltaba.
No porque quisiera hacerlo todo, sino porque… simplemente ya no contemplaba pedir ayuda.

La autosuficiencia se había vuelto parte de su piel.
Años de experiencias la entrenaron para depender de sí misma, para solucionar sin esperar que alguien más lo hiciera.
A veces por orgullo, a veces por miedo a ser rechazada, otras veces porque pedir ayuda sólo daba falsas esperanzas.

Era buena. Muy buena.
Pero el problema es que casi nadie lo notaba.
No porque fuera invisible, ni porque en la empresa hubiera un sesgo contra mujeres.
Era más simple: todos estaban demasiado ocupados en lo suyo como para ver lo que ella sostenía desde las sombras.

Y ella… ya no lo mencionaba.
Había dejado de buscar reconocimiento hacía tiempo.
Trabajaba en silencio.
Y cuando algo salía bien, sonreía para sí. Como si con eso bastara.

XIII

La mañana siguiente, lunes, sigo estupefacta por lo ocurrido con Camila.

Lo primero que hago al despertar es revisar mi teléfono…
Y ahí estaba: un mensaje de Camila.
Una simple carita feliz.

Algo tan sencillo… y, sin embargo, tan potente.
Era como si un eje dentro de mi se hubiera desplazado.
Como si una enorme masa de materia oscura, invisible pero presente, hubiera empezado a alterar sutilmente la dinámica de mi vida.

Pero esta vez, para bien.

Me levanto, aún sintiendo en la piel ese beso que no dejaba de repetirse en mi memoria, forzando a mis neuronas a volver a repetir la sensación en mi piel.
Hago algo de yoga en la sala, más para calmar la mente que para activar el cuerpo.
Mientras el café se prepara, cocino un huevo y tosto una rebanada de pan.
Nunca fui buena para cocinar. Prefiero lo simple, con que no esté crudo.

Me siento con mi desayuno.
Y al tercer sorbo de café me doy cuenta de que no podía dejar de sonreír.
Recordaba sus labios. Su voz. Su mirada.

Ahora… incluso mi rutina se siente distinta.

Me preparo para el día: pantalón de mezclilla azul marino, camisa blanca y un suéter gris claro.
—Bonito contraste —pienso, peinándome una ligera trenza al costado.
Me miro al espejo… y ahí seguía esa sonrisa.
No forzada. No de compromiso.
Sincera.

Le respondo a Camila con otra carita feliz.
Esta vez, con intención.

Durante el trayecto en coche, no quiero poner música.
Me basta con mis pensamientos.
Con esa extraña calidez que me nace en el pecho.

Volteo a ver los aviones que pasan arriba de mi, sin dejar de maravillarme de cómo el humano hizo algo tan pesado poder volar.

—Magia mecánica —pienso.

Al llegar a la oficina, mando otro emoji: una carita con el dedo sobre los labios.
Un pacto silencioso.
Lo nuestro será un secreto.
Un secreto que por primera vez, no quería compartir con nadie. Solo con ella y conmigo.

Entro.

Y ahí estaba.
Camila.
En todo su resplandor cotidiano: postura confiada, mirada serena, sonrisa apenas dibujada.
Me devolvió una mirada que me aseguraba: “Lo nuestro será un secreto.”

Sentí un pequeño temblor en el estómago.
No de miedo.
De emoción.

Ambas nos sentamos.
Abrimos las laptops.
Como si fuera un ritual de bienvenida al mundo real…

…y a los cinco segundos comenzaron los problemas de oficina.

XIV

Los respaldos y el rendimiento del servidor habían fallado. Clientes enojados. Correos urgentes.
Camila se me acerca y me dice:

—¿Ya viste los correos…? Andrés otra vez, ¿no?

Claro que sí.
Claro que fue Andrés.
Siempre es Andrés.

Vaya ironía.

En su paranoia, seguramente borró los archivos que había dejado listos.
Y, como una línea de dominó mal colocada, todo colapsó.

No esperé instrucciones.
Sabía exactamente qué había pasado.
Cómo, cuándo, dónde y por qué.

Abrí VSS.
Reviso el código.
Volví a implementar mis cambios.
Moví mis archivos a producción, los que había probado hasta el cansancio.
No tenían bugs. Ni uno.
—Si tiene uno, me como ese calcetín sucio de mi casa— pienso segura de mi misma.

No había necesidad de que QA lo probara

Abro el administrador del servidor.
Forzo el vaciado del caché.
Entro a MySQL y reseteo todos los queries que llevaban más de 20 segundos vivos, sabía que uno de esos era el culpable de devorar el CPU como si fuera pastel.

Ajusto los scripts, limpio la cola, y optimizo los tiempos.
En minutos, el sistema estaba estable nuevamente.
No solo estable. Mejor que como lo había dejado Andrés.

Camila lo vio todo.
No dijo una palabra.
Solo observó, sabiendo —sin necesidad de explicaciones— que había hecho magia.
Magia silenciosa.
Como siempre.

La junta vino después.

El CTO estaba confundido.
¿Problemas de protocolos?
¿Scripts?
¿Error humano?
¿Hardware?

El administrador de sistemas, aún con el sudor del caos, trataba de explicar lo inexplicable para él, lanzando suposiciones frenéticas.
Nadie sabía realmente qué había pasado.
O al menos, nadie lo dijo.

Yo sabíá.

«Tal vez varios clientes pidieron reportes al mismo tiempo», propuso el técnico.
«Tal vez algo del firewall.»
«Tal vez una partícula astral chocó con el servidor.»

No hablé.
No porque no pudiera.
Sino porque ya no esperaba que me escucharan.

Ya me ha pasado antes.

Estaba ahí, físicamente.
Pero mentalmente, me había desconectado.
Como siempre, en esas juntas se hablaba de todo, menos de lo que yo hacía.

XV

La junta no solo fue una pérdida de tiempo.

Pero más que una pérdida de tiempo, que era lo que me la pasaba diciendo por cada minuto que estaba sentada ahí, sin darme cuenta que era más que eso.
Fue una pérdida de esa felicidad tenue que me había acompañado desde la mañana.
Como si el beso de Camila, el desayuno compartido, la rutina renovada… todo eso se hubiera diluido en un mar de indiferencia corporativa.

Y lo peor… es que lo permito.

Terminada la junta, salí sin decir palabra.
Fui al baño.
Me eché agua en la cara.
Me miro al espejo.
Sintiendo un vacío en mi pecho ya sin saber porqué.

Ya sin saber si reír o llorar.

Llorar por frustración, por impotencia, por la maldita rutina que siempre me hace invisible. Y lo peor es que ya no sé si yo me la impuse o los demás.

O reír, por haber creído —una vez más— que sería diferente.

En mi cubículo, siento como si esa chispa que llevaba brillando con tímido entusiasmo al entrar por la mañana… ya no estaba.
Se había apagado.

Y no quería que se apagara tan pronto.

Veo mi taza vacía, necesito café.

Al regresar, me acomodo» en mi espacio, noto algo fuera de lugar,
un papel.

“¿Comida después del trabajo?
Coloca tu taza de café cerca de tu pluma roja si sí.”

Y me empecé a sonrojar pero recupero mi compostura.
Y sin dudarlo… pongo mi taza media vacía en el lugar indicado.

Camila, desde su asiento, no volteó.
No hacía falta.
Solo sonrió, sabiendo que esa chispa aún estaba ahí.
Solo necesitaba un poco de oxígeno.

Perspectiva – XV

Camila la miró.
Quería decir algo.
Quería levantar la voz y decir: «Ella lo arregló. Ella hizo que todo esto no fuera peor.»
Pero no era su lugar.

Solo la miró.
Y se preguntó:
¿Por qué nadie nota su grandeza?

Para Camila, la junta también fue gran pérdida de tiempo, algo que se pudo haber resumido en un correo ya que el conflicto se había resuelto.

Pero lo que realmente le dolió fue ver cómo Liliana entró con una energía distinta, ligera, casi luminosa…
y salió con los hombros caídos, la mirada perdida, como si alguien hubiera apagado la luz que apenas comenzaba a encenderse en ella.

«No, no, no… no así. No tan pronto.»
Pensó.

No podía permitir que lo que habían empezado a construir se marchitara por culpa de la rutina gris.
Había costado tanto ganarse una sonrisa franca de Liliana, una mirada que no se escondiera.
No iba a dejar que esa chispa muriera en una sala de juntas.

Ella misma temblaba por dentro.
«¿Y si la asusto? ¿Y si todavía es demasiado pronto?
No quiero parecer necesitada. No quiero que piense que estoy forzando algo.»

Pero también sabía otra cosa:
«Si espero demasiado… si no hago nada… esto se enfría.»

Así que decidió moverse.
Algo simple.
Un gesto que solo ellas dos pudieran compartir.
Arrancó un pedacito de papel, lo sostuvo unos segundos entre los dedos, y escribió algo rápido.

Lo dejó bajo el teclado de Liliana, justo cuando ella se levantó.
Se sintió como una adolescente pasando una nota prohibida en plena clase.

Minutos después, la vio regresar.
Liliana se sentó, movió un par de cosas, encontró el papel.
Camila contuvo el aliento.

La vio leerlo.
El sonrojo apareció, tan evidente que a Camila casi se le escapa una sonrisa.
«Está nerviosa… pero no lo soltó.»

Liliana respiró hondo, enderezó un poco la espalda, y sin titubear puso la taza junto a la pluma roja.

El corazón de Camila dio un salto.
«Sí… dijo que sí.»

Trató de aparentar calma, de no voltear.
Pero por dentro gritaba.
Una sonrisa visible se le escapó de todos modos.

—Oxígeno —murmuró bajito, como si se lo dijera a sí misma.
«Esto todavía respira.»

Se levantó del escritorio rumbo al baño sin decir nada, Liliana la vio de reojo.
Entró, cerró la puerta, se miró al espejo y dejó salir la sonrisa que había contenido.
Se llevó las manos a la cara, nerviosa, incrédula, feliz.

—¡Aceptó! —susurró, sonriendo contra sus propias palmas—. ¡La chica que me gusta aceptó!.

Se quedó unos segundos así, en ese pequeño santuario de azulejos y espejos, celebrando en silencio lo que no podía gritar en voz alta.

Después, respiró hondo, se acomodó el cabello y salió como si nada.
Pero por dentro, el mundo entero era distinto.

XVI

Camila eligió un restaurante pequeño, escondido entre calles de árboles y faroles de luz cálida.
No es caro. No es pretencioso.
Pero hay velas en las mesas, y un pianista viejo tocando canciones que nadie reconoce, pero no necesitabas cuando quien las toca lo sabe hacer bien.

Cuando llego, ella ya está ahí.
Vestido azul medianoche, suelto, con un cinturón fino que apenas insinúa su cintura.
El cabello recogido a medias, con mechones cayendo libres a los lados del rostro.

Sonríe al verme.
No esa sonrisa casual del día a día.
Una que tiene intención.
Y cuidado.

—Te ves hermosa —me dice, sin reservas.

No sé cómo responder. Solo sonrio.
No había pensado en cambiarme. Ya me quedó claro que Camila había planeado esto con más detalle.

Nos sentamos.
Nos trae pan caliente. Agua con hielo. Dos copas de vino.

Parpadeo, sorprendida, aún no me habían preguntado por qué tomar.
Volteo a ver a Camila, arqueando una ceja, como diciendo: ¿Esto también lo planeaste?

Camila no dice nada; solo sonríe, y la sospecha se confirma.

Ella empieza con temas de chisme de la oficina, una compañera que se embarazó,
el módulo nuevo que nadie quiere tocar,
el clima que empieza a enfriar.

Pero ambas sabemos que ese no es el motivo por el que estamos aquí.

Hasta que Camila deja su copa sobre el mantel con ese sonido suave de vidrio contra tela.
Cruza las manos.
Y me mira.

—Lo que hiciste hoy fue magia, Lily—dice.

Me encojo.
—Alguien lo tenía que hacer en el momento… Andrés se hubiera esperado hasta después de la junta, y ya serían más enojos de los clientes.

Como si mi justificación quisiera minimizar lo que logré.

Camila le da peso a lo que dice.
—Eres más de lo que crees —responde, tomando mi mano.

Ese gesto me desarma.
No es solo ternura. Es cariño, comprensión, calidez y seguridad.
Algo nuevo.
Y me gusta.

Sonrío.

Pedimos de comer. Seguimos hablando del trabajo, de tonterías, de cosas sin importancia… hasta que, sin previo aviso:

—¿Tú qué crees que estamos haciendo, Lily?

No suena dura.
No suena confundida.
Solo honesta.

Mi primer impulso es encogerme, reír bajito, esquivar.
Pero no vine a esconderme.
No esta vez.

—Creo… que estamos conociéndonos.
Y que me estoy enamorando de ti.
Pero también creo que tengo miedo.
Porque no sé si tú estás en el mismo lugar que yo.—

Camila me escucha sin interrumpir.
Sus ojos apenas parpadean.

—¿Te estás enamorando de mí… en tan poco tiempo? —repite, como quien quiere saborearlo.

Asiento con pena.
Recuerdo todos aquellos momentos anteriores que hablaba y lo arruinaba.

Pero no hay vuelta atrás. Ya lo dije.

Mejor a que pase mucho después.

Ella sonríe. No de inmediato.
Lo hace como quien recibe un regalo inesperado.

—Yo también, Lily.

Silencio.

Y luego:

—¿Sabes por qué? — dice, apoyando el mentón sobre mi mano—. Porque siempre pareces a punto de irte, de rendirte… pero te quedas y prosperas.
Y eso me dice más que cualquier promesa.

Mis ojos se humedecen.
No lo pedí. Solo pasó.

—No quiero irme —respondo.

Camila alarga la mano sobre la mesa. Yo la tomo.

El silencio se vuelve cómplice. El ruido del restaurante desaparece, como si sólo quedáramos nosotras dos.

—Entonces… confía en mí esta vez — susurra, entrelazando sus dedos con los mios—. Yo me encargo de sostenernos.

Mi respiración se corta por un instante. Quisiera responder con palabras, pero lo único que logro es sonreír, pequeña, insegura todavía… aunque esa sonrisa lo dice todo.

Ella acaricia suavemente el dorso de mi mano con el pulgar, como quien promete sin juramentos. Yo no la retiro.

Y por un instante, ninguna dice nada más. Porque cuando dos personas quieren lo mismo… ya no hay que apresurar nada.

Leer Parte 3.

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