Siendo Liliana – Parte I

Imagina que lo único distinto en tu nacimiento hubiera sido haber recibido el otro cromosoma en tu concepción. ¿Cómo habría sido tu vida?. Con esta historia, quiero explorar esa pregunta que, de vez en cuando, me gusta hacerme. Es mi ejercicio de imaginación y, en el fondo, una forma muy personal de mirar el reflejo que no tuve pero que siempre me ha acompañado.1

Prólogo

—¿Y si un día te vieras así como yo te veo?
—No sé si podría…
—Entonces cierra los ojos… y sólo confía en lo que yo veo.

Liliana nunca olvidó esas palabras.
Sabía por qué le había resonado tanto.
Sabía por qué, aunque sonaran hermosas, no podía hacerlo.

Sabía qué la hacía desconfiar.

I

Despierto antes de que suene la alarma.
Me quedo acostada unos segundos más, con las sábanas aún tibias contra mis piernas y el aire fresco de la mañana rozándome el rostro.

Balazos y explosiones rondaron mis sueños, creo que ya no me tengo que desvelar jugando ese juego.

Me doy la vuelta lentamente, sabiendo que en cuanto me levante, el mundo volverá a pesar.
Por unos segundos, soy solo yo.
Ni programadora, ni hija, ni mujer.
Solo yo, acostada en silencio, con el pie dibujando un vaivén contra la sábana, como si sólo buscara reconocer mi existencia con esa textura.

Respiro. Inhalo. Exhalo.

No es suficiente.

Ese pensamiento aparece sin permiso, como una notificación interna que ya no necesita activarse: vive ahí.

Lo dejo pasar.

No lo niego, no lo discuto. Solo… respiro.

Me levanto.
El suelo está frío bajo mis pies, pero el aroma del café que estoy por preparar ya flota en mi mente.
Voy hacia la cocina pequeña, con el cabello suelto, recogido a medias de haber dormido menos de lo que debí.
Acomodo la blusa en los hombros, esa blusa de algodón que, sin buscarlo, se adapta a mi figura al caer.
Me miro de reojo en el microondas apagado.
No me gusta esa curva.
Esa otra tampoco.

Pero trato de no ponerle tanta atención.

El ritual del café es silencioso.
Filtro. Agua caliente. La taza negra de siempre.
Aquella que me regalaron en mi cumple.

La libreta a un lado, abierta en la última página donde escribí media idea de código mezclada con una queja personal.
Hoy no la leo.
Hoy solo miro el vapor.

Desayuno algo sencillo: dos huevos con tortilla.
Me obligo a hacerlo con calma, aunque parte de mí quiera apurarme aunque sé que hay tiempo.

Primero… primero el café.

Aún sentada, doy el primer sorbo.
Siento el líquido recorrerme y una paz sutil me invade.
Veo por la ventana cómo la ciudad empieza a moverse, despertando…
Y yo… sentada en mi sofá, con una camiseta amplia y panties cómodos, sin necesidad de ajustarme o esconderme.
Aquí, en mi santuario, mi cuerpo es solo mío.
No tengo que preocuparme por la forma de mis caderas, por el peso de mi pecho bajo la tela, por las miradas que podrían inventarse historias sobre mí.

Aquí, aquí soy libre.

Sé que cuando salga de casa me espera revisar un módulo que otro compañero dejó incompleto.

Podría decir algo…

Pero ya aprendí que a veces es más sencillo dejarlo ir y arreglarlo.
Lo que no sé es cuánto de eso me está costando por dentro.
Pero decido ignorarlo.

Como siempre lo hago.

Me levanto, dejando la taza sobre la mesa.
Camino por el pequeño pasillo hacia el baño, dejando que la camiseta se deslice por mis hombros, tirándola al sesto de la ropa sucia.

Algún día le atinaré.

No suelo mirarme… pero hoy mis ojos se atreven a buscar el reflejo.

Ahí está.

Las caderas primero. Siempre las caderas.
Luego el pecho, que nunca pasa desapercibido, ni aquí, ni afuera. Una cintura que une todo eso como si tuviera sentido.

No lo tiene. No para mí.

Es un cuerpo que existe para los demás antes de existir para mí. Y eso, todavía, me cuesta.

Pero aquí, son motivo para juicios, miradas, comentarios que nunca pedí.

Quizás hubiera sido más fácil nacer plana.
O, incluso, haber nacido hombre.
A veces me descubro deseando lo que nunca fui… de la misma forma en que otros desean lo que soy.

Salgo de la regadera y empiezo a alistarme para el exterior:
Jeans cómodos, blusa oscura.
Ropa que me cubra lo suficiente, para no tener que pelearme conmigo misma cada vez que noto una mirada que no pedí.

Me miro de paso en el espejo.
Finjo una sonrisa, tanteando el reflejo para ver si hoy… me aceptaré.
La blusa se ajusta sin querer en mi busto y me recuerda, como un susurro insistente, que allá afuera no es tan sencillo.
Aquí, puedo soportarlo.
Afuera… ya veremos.

Recojo mi cabello en una trenza rápida, sintiendo el leve cosquilleo de mi cabello deslizándose por mi espalda.
Es una sensación simple, casi bonita.

Y salgo de casa de todas formas.

Las calles suenan a ciudad: motores, cláxones lejanos, alguna voz dispersa.
Y mientras abro el coche, pienso en ella.
Esa mujer del trabajo.
La que me hace sonreír con solo pasar junto a mí.

No sé si se fije en mí.
Ni siquiera sé si ha notado cómo la miro a veces.
Quizás solo estoy proyectando.
Quizás me estoy metiendo en un pozo que ya conozco.

Pero el corazón no pregunta.
Ya me ha pasado.
Cuando menos pienso, ya estoy perdida pensando en alguien más… otra vez.

Saco mi teléfono para ver mis redes.

En esta estoy totalmente tapada y aún dan likes personas que ni conozco.

Seguro es por mi físico… Adiós.

Y entonces: una actualización de ella.
Contemplo su mirada un momento.

Me siento frente al volante.
Pongo las manos sobre él.
Cierro los ojos por un instante.
Afuera, un perro ladra.
En el retrovisor, mi rostro parece más sereno de lo que me siento.

Giro la llave.
El motor tarda un par de segundos en arrancar.
Así como yo.

II

El coche se detiene en el estacionamiento de siempre.
Lejos de la entrada, como siempre elijo, para darme unos minutos extra de calma antes de entrar al mundo.

Me bajo ajustando mis tenis.
No son deportivos. Son de esos «de oficina», discretos, lisos, casi elegantes…
Pero sobre todo: suaves.
Suaves para poder caminar sin que el movimiento me delate, sin que la gravedad marque cada paso más de lo que deseo.

Así controlo mejor el paso. Así controlo mejor mi cuerpo.

Camino hacia la oficina con la cabeza medio en las nubes.
Cruzo el umbral con el gafete colgando, el cabello recogido en una trenza firme y los audífonos puestos, aunque casi no suene nada.
Un escudo más.

El lugar huele a café viejo y aire reciclado.
Teclados suenan a lo lejos.
Voces bajas.
Luz blanca tenue, de esa que a media jornada empieza a pesar en los párpados.

No he cruzado aún medio pasillo cuando escucho su voz.

—Buenos días, Liliana.

Me giro, intentando mantener mi rostro neutral, aunque sé que no me sale bien.
Ahí está.

Camila.

Ella con su sonrisa siempre relajada, su voz que parece haber dormido bien y desayunado mejor.
No lleva maquillaje, o si lo lleva, es invisible.
Pero hay algo en sus ojos… esa forma lenta de mirar.

—Hola —digo, bajando un poco la mirada, porque sí, me pone nerviosa.
Pero lo hago sonar de manera seca, profesional.
Es lo único que me sale.

Así evito tragedias.

Sigue caminando conmigo, como si fuera lo más normal del mundo.
Aunque rara vez hablamos más que lo necesario.

Charlamos un poco del código que tiene que integrarse, de las nuevas fallas que aparecieron anoche en QA.

—¿Puedo sentarme contigo hoy? —pregunta, con esa naturalidad suya que siempre parece imposible de fingir—. Mi lugar está en mantenimiento… otra vez dejaron la ventana abierta y se mojó todo.

Mi cuerpo entero se tensa.
Por dentro, una parte de mí grita que sí, que por favor.
La otra se pregunta si es buena idea.

—Claro —respondo con calma, ya acostumbrada a esconder, a no mostrar demasiado.

Se sienta a mi lado.
Deja su termo en la mesa.
Huele a té de canela.
Y todo en mí quiere voltear, mirarla más tiempo, memorizarla.
Pero no lo hago.
Me acomodo frente a la pantalla.
Mis dedos flotan sobre el teclado, sin tocarlo.

Debo abrir Visual Studio.
Debo buscar ese maldito error.
Pero mi cerebro se rehúsa a funcionar.

—¿Qué estás revisando? —pregunta ella, inclinándose un poco para mirar mi pantalla.

Su cabello roza el aire cerca de mí.
Su voz me sacude más que la luz blanca.

—Un módulo que dejaron incompleto. Estoy limpiando funciones.

—¿Otra vez? —dice, y su tono tiene ese tinte cómplice, esa sonrisa no dicha.
Como si ya supiera que siempre me toca a mí.
Como si estuviera de mi lado.

Una risa suave me escapa.
Casi involuntaria.

—Sí, ya sabes… esa que arregla lo que todos usan, pero nadie ve.

Ella me mira.
Y por un instante, juro que algo en su expresión cambia.

—No sé… yo diría que eres justo lo contrario, Liliana.

Esas palabras me agarran desprevenida, nunca antes ella había dicho algo tan… diferente.

No sé cómo reaccionar, quedándome viendo a la pantalla un par de segundos.

Pero, su voz no fue fuerte.
No necesitaba serlo.
Cada palabra cayó como piedra suave en un estanque silencioso.
Y yo… me hundí en ese eco.

Ella se aleja un poco, vuelve a enfocarse en su pantalla.
El momento se disuelve en el ruido de fondo.
Pero algo queda flotando.
Esas palabras y con ellas, una posibilidad.

III


La jornada termina sin grandes incidentes.
El código que corregí quedó limpio.
Aunque, como siempre, nadie lo notó.

Camila trabajó callada la mayor parte del tiempo.
Solo cruzamos un par de frases más.
Ella dijo algo sobre su gato.
Respondí con una sonrisa algo torpe.

Pero no dejé de notarla.
A reojo, atrapabas fragmentos suyos:
Cómo veía la computadora con esa concentración que parecía absorberlo todo.
Cómo se acomodaba el fleco de su cabello, con ese gesto distraído que se sentía demasiado íntimo.
Cómo su mirada bajaba lenta al escribir en su libreta.
Incluso movimientos tan simples como abrir el cajón del escritorio me parecían una coreografía perfectamente ensayada, como si cada gesto encendiera mil estrellas fugaces… y ella, ajena por completo, sin saber que su manera de moverse me estaba dejando sin aire.

Belleza.

Silenciosa, inadvertida, y para mi… inevitable.

Inalcanzable.

La jornada siguió su curso.
El clic de teclas, el murmullo de la oficina, el aire frío del clima central… todo en apariencia normal.
Pero su frase seguía ahí, fija, como un ancla invisible que me jalaba de vez en cuando.
No entendía por qué la había dicho así, tan tranquila, tan segura, como si no buscara nada más que soltarla y dejarla caer.
No parecía importarle si yo respondía.
Solo… la dejó ahí.

Cuando menos lo pensé, ya estaba guardando mis cosas y caminando hacia el coche.
El tráfico, los semáforos, la ciudad entera seguía con su rutina.
Y yo… todavía escuchaba su voz.
La misma calma.
La misma certeza.
Ese eco que me acompañó todo el camino de regreso a casa.

Al llegar al estacionamiento, me quedé pensando en esa frase como si la quería escuchar siempre, subí a mi apartamento, me quito los zapatos.
Suelto el cabello.

Y ahora, finalmente: tranquilidad.

Seguridad.

Me quito la blusa y la dejo caer al suelo, casi sin pensarlo.
Después el sostén.
Creo que ya es hora de lavarlo.
Cruzo el pasillo hasta mi recámara, buscando esa camisa de algodón.
La de siempre.
La que me abraza.
La que me da la bienvenida a mi guarida.

Sentada en mi silla, frente a la mesita de siempre, con la taza medio llena y la libreta abierta sin leer.
La televisión está encendida, ese canal de astronomía.

Ahora sí, termino de verlo…

Me dispongo a prender la computadora.
A perderme un rato.

Me coloco los audífonos, planeando arruinarle la noche a alguien en alguna partida rápida.
Entonces, el celular vibra.

Miro.

Veo su nombre en la pantalla: Camila – Trabajo.
Me congelo.
Esto no es común.

No hablamos fuera del trabajo.
Tengo que leer dos veces para asegurarme de que lo leí bien.

Mi corazón se acelera.
Mi primera reacción no es alegría.
Es desconcierto.
«¿Qué chingados es eso?»
Primero la cripticidad de esa frase en la mañana… y ahora esto.

Quizás fue para otra persona.
Quizás está citando algo.
Pero no.
Dice mi nombre.
Lleva mi nombre al final.
Y esa frase—esa frase se parece demasiado a lo que me dijo hoy.
Me quedo mirando la pantalla.
No respondo, no aún.

¿Debería?

Me muerdo el labio.
Levanto las piernas sobre la silla.
Abrazo mis rodillas.
Pienso en ella.
Pienso en mi.
Pienso en si eso fue real o lo estoy imaginando.

¿Y si sí?
¿Y si no?
¿Y si hay otra ‘Liliana‘?

Mi pecho está lleno de preguntas.
Pero también de algo que no sentía hace mucho:
Posibilidad.

Me dejo llevar por ese destello… pero no por completo.
Porque hay otra voz en mi mente.
Una que me recuerda lo que ya sé:

Detente, Liliana.
Ya me ha pasado antes.
Ya me he herido antes así.

La noche cae.
La ciudad suena como de costumbre.
Pero yo…
Yo ya estoy distinta.

IV


Me quedo mirando el mensaje por varios minutos.
No hay música, ni ruido, ni luz que distraiga. Solo yo, la habitación en penumbra, y esa frase que se quedó vibrando adentro. El celular tiembla en mi mano, aunque ya no esté vibrando.
Podría ignorarlo. Fingir que lo vi hasta el día siguiente.
Pero no quier0.

Respiro hondo. Escribo lento.

Y pienso que ahí quedará.
Pero no.
A los pocos segundos, aparece el “escribiendo…”

Mi estómago se hunde. Pero en el buen sentido. Como cuando vas bajando una colina en bicicleta sin frenar.

Me detengo.
La habitación parece más grande de pronto. Como si el silencio se hubiera expandido.
Miro mis piernas cruzadas. El café ya frío en el mueble de la televisión. Mis dedos sobre el teclado del celular.

No sé qué responder por un rato.

Me doy cuenta de que estoy sonriendo. Una sonrisa tímida, como si temiera que la habitación se burlara de mi.
Y luego…

Mi corazón da un pequeño brinco.

Primero la frase en la oficina, luego ese mensaje y ahora una invitación en sábado… esa noche, no sueñas con nada concreto.

V

Me despierto con algo nuevo en el pecho.
No es ansiedad.
No es tristeza.
Es otra cosa.
Una mezcla de nervios y anticipación…
como si algo bonito pudiera pasar
y no supiera si estoy lista para recibirlo.

Me preparo sin prisa.
Con cautela.
Cuido más mi ropa, pero no tanto como para que se note.
Jeans oscuros, blusa ajustada esta vez, pero cómoda.
Suéter por si acaso.
Cuando me veo en el espejo, mis ojos se quedan fijos en mi reflejo.
En mis senos.
No son pequeños.
Nunca lo fueron.

Y aunque a veces los odio, otras veces… me gustan.
Me gusta cómo se sienten bajo la tela, cómo se mueven cuando respiro hondo.
Me recuerdan que estoy aquí.
Que soy yo.
Pero también me han traído incomodidad.
Miradas.
Ropa que no cae bien.
Posturas forzadas.
Momentos que no pedí.
Hoy… simplemente están.
Y por alguna razón, no quiero esconderlos tanto.

El café donde quedé con Camila es tranquilo, medio escondido.
Sillas metálicas.
Luces amarillas colgando.
Un lugar que no grita.

Ella ya está ahí cuando llegué.
Sonríe al verme.
Y por un segundo, juro que le brillan los ojos.
Lleva un vestido suelto, informal.
El cabello amarrado.
Sin esfuerzo, hermosa.
—Hola — dice como si fuera la cosa más natural del mundo.
Nos sentamos ambas.
Pedimos algo.
Ella, un americano.
Yo, un latte con leche natural.

La conversación empieza simple.
Trabajo, su anécdota de que se equivocó al comprar asientos de un concierto, un comentario sobre el clima.
—¿Siempre has sido tan callada? —pregunta.

Me encojo de hombros. — Es más seguro. —

Lo digo sin pensar. Y en cuanto sale, quisiera retirarlo. Pero Camila solo asiente, sin presionar. Sin convertirlo en algo más grande de lo que fue. Y eso… eso es raro.

Respiro hondo.

Me permito seguir:
—A veces me reservo para no incomodar. Para no molestar.
Para no tener que explicar por qué soy como soy, o por qué algo me duele más de lo que parece.
Y también porque… no todos saben escuchar sin querer juzgarte.

Me exasperé un poco.

Ella asiente.
Hay algo en su expresión.
Algo que escucha sin querer corregir.
Sin querer reducirme.
—A mí me pasa lo contrario —dice—. Hablo para que no noten lo que en verdad pienso.
Ambas reímos, bajito.
Y por un instante, la distancia que siempre mantengo… se acorta.

Entonces, sin aviso, sin cálculo, dice:
—Hoy te ves… no sé. Como tú.

Me río con nervios, tratando de cubrirme con humor.
—Es que no estamos bajo esa luz tenue de oficina… nos pone veinte años más.
Ella ríe conmigo, pero no suelta el hilo.
—No es solo eso —agrega, mirándome de una manera distinta—.
Te ves más cómoda.
Y… me gusta cómo te ves ahorita.

Mi sonrisa se congela un segundo.
No por miedo.
Por sorpresa.
Porque entendí —en su tono, en su pausa breve—

Que vio más.
Que notó mi cuerpo.
Que notó mis senos bajo la blusa ajustada en aquellos reojos que la caché.
Y que lo notó… y me gustó.

Y por primera vez en mucho tiempo, esa conciencia no se siente como una amenaza.

No se siente como un juicio.
Se siente… bonito.
Mis mejillas se calientan.
Mi primer impulso es ajustar el suéter.

En cubrirme.
Pero algo en mi se resiste.
Hoy no quiero esconderme.

—Gracias —murmuro.
Hace una pausa más.
Me sostiene la mirada.
—Perdón si suena raro, pero… tu forma de estar es muy bonita.
Hay algo fuerte ahí.
Y suave también.
Me gusta.
Así como eres.

La frase entra directo en esa parte de mi que siempre ha sido conflicto.
Mis pecho.
Mis curvas.
Lo que siempre sentí como exceso…

No sé qué responder.
Pero lo que hago es quedarme.
Camila sonríe.
No dice más.
Y yo…
Yo respiro más libre.

No pasó nada más.
No todavía.
Pero el simple hecho de haber sido vista,
de verdad,
Me acompaña todo el camino de regreso a casa.
Cuando llego, Me miro una vez más en el espejo antes de quitarme la ropa.
Mis manos rozan mi cintura, el contorno de mis senos, el peso natural de mi cuerpo.
Y esta vez…
Esta vez, no me incomoda.
No del todo.
Porque recuerdo sus palabras.
Recuerdo su mirada.
Y me doy permiso —solo un poco— de creer que, tal vez,
hay belleza en ser como soy.

VI

Me relajé un poco.
Hago algo de jardinería en mi pequeño balcón.
Acomodo un poco mi cuarto.
Pongo orden sin pensarlo demasiado.

Pero no dejo de sonreír.

Pensando en ella.
En cómo es que las galaxias se alinearon para que ocasionara un desastre natural fuera de la ventana de su escritorio para que se sentara a mi lado en la semana.
Para que me hablara.
Para que me invitara a salir fuera de la oficina.

Me gustó pensar en tantas variables para finalmente este resultado, pienso.
Y más: Me gustó sentirme… entera. Sin tener que estar pendiente de las manos o las miradas.

Todo con calma.
No lo arruines, Liliana.
No lo apresures.—, pienso.

Lo bonito también puede ir despacio.

Y entonces, llega el mensaje.

Cita.
¿Ella ya lo llamó cita?

Pensé que era algo previo a algo… un teaser. Una probadita.
Mi corazón empieza a latir.

¿Me está invitando a vernos otra vez… EN SU CASA?
Mi corazón empieza a latir violentamente. Han pasado tantas cosas en tan poco tiempo.
Si no fuera por mis estudios de sangre recientes, juraría que esto es un infarto.

Calma, Liliana.

Escribo. Con dedos torpes.
Midiendo cada palabra como si se tratara de una cirugía.

Si tan solo supiera la cantidad de versiones que tuve que borrar para escribir esto.

Y yo que creí que iba a pasar mi noche en panties rompiéndole el orgullo a un par de incels en línea.

VII

Calma… Liliana…
Es solo una película y palomitas.
O eso me repito todo el camino.

Es una película.
En su casa.
Porque te tiene confianza.
Porque fuimos sinceras.
Porque, quizás… es sólo eso.

Pero entonces, ¿por qué me puse esa blusa que sé que me queda bien?
¿Por qué me puse perfume detrás de las orejas?
¿Por qué estoy revisando el retrovisor del coche por tercera vez antes de salir del carro?

La puerta se abre y ahí está: Camila.
Descalza.
Con una sudadera relajada, suelta
y un peinado que grita “me arreglé sin parecerlo.”

—Pasa —me dice, y su voz suena más suave de lo usual.

Su apartamento es pequeño, cálido, lleno de libros.
Huele a algo horneado.
Una vela está encendida.

—Qué bonita te ves —dice.

Lo bueno es que se dio cuenta.
Que notó lo que intentaba disimular.
Que sí… que sí me vestí para ella.
Por primera vez, usé mis curvas con un motivo.
O no lo sé.
Quizás fue subconsciente.
Quizás quise pensar que no era para tanto.
Pero lo fue.

Antes, mostrarme así no me llamaba la atención.
De hecho, muchas veces lo evitaba.
Pero ahora… esta vez…

Me gusta mucho esta chica.

Y estoy en su casa.

Me llama la atención cómo la tiene arreglada.
Es justo como imaginaba que sería.
Rústica, con atrapasueños y adornos medio gitanos.
Esotérica.
Cálida.

Huele a té de manzanilla.
De esos que lleva a la oficina.
De esos que me encanta oler cuando pasa junto a mí.

Esos que cuando percibo en otro lugar me recuerda a ella.

Conforme pasan los minutos en su casa, me empiezo a poner nerviosa.
Muy nerviosa.
Observo detalles que, si fuera una noche casual, no notaría.

Pero esta… no parece casual.

¿Por qué habría velas?
¿Por qué todo está tan impecablemente limpio?

¿Es que siempre es así?
¿O… preparó el escenario?

No lo sé.
Y no me atrevo a preguntar.

—No pensé que te fueras a cambiar —dice ella, con media sonrisa.

—Y yo… pensé que tú te ibas…. a ir al concierto—respondo sin tener ni idea de qué quise decir, torpe.

Ella ríe.

—Así estás bonita. — Me dice.

Y entonces, aparece su gato.
Pimienta.
Claro que tiene un gato y claro que se llama Pimienta.

La verdad, nunca me imaginé a Camila como «mujer de gatos».
Pero… en realidad sí.
Tiene todo el sentido.

La tensión sube.
Mi corazón ya no late: repiquetea.

Empiezo a fijarme más en todo.
En su cabello, en su fleco ligeramente desordenado.
En cómo sonríe al hablar.
En cómo mueve las manos cuando se expresa.
Dios… qué hermosa es esta mujer.

Y entonces, lo dice:

—¿Vemos la película?

—Claro.

Me siento en el sofá.
Pero mi corazón va a mil por hora.
Quiero lanzarme hacia ella.
Tocarla.
Besarla.

Pero me repito:
Es solo una película.

Y ella no merece que yo llegue con todo ese peso encima.

Al menos… es una película que me gusta.

Star Wars. Episodio IV.
Ya tenía tiempo queriendo volver a verla por milésima vez.
Así que, si no pasa nada… al menos veremos una buena película.

Nos sentamos en el sofá, cada quien en su extremo.
La distancia pactada.
El espacio seguro.

Pero conforme avanza la historia,
conforme pasan las escenas…

Sin que sepamos cómo ni cuándo…
Nos vamos acercando.

Hasta que finalmente,
su pierna roza la mía.

Leer Parte 2.


  1. Me gustaría explicar un poco más de dónde vie1ne esta inspiración, si te interesa… puedes leerlo más aquí. ↩︎

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