Leer Parte 9.
LXX.I
El auto avanzaba con suavidad por las calles en sombra.
La luz anaranjada del atardecer entraba por las ventanas,
y Camila manejaba con una mano en el volante,
la otra descansando sobre la pierna de Liliana.
La miró con una sonrisa cómplice.
—Hoy te toca dejar que yo te reciba.— Liliana le dijo.
Camila la miró de reojo, curiosa.
—¿Ah, sí?
—Sí.
Liliana tenía tiempo queriendo abrirle su mi casa para que pueda ver más de quién era, eso que a veces se le dificultaba decirle con palabras.
Camila bajó un poco la velocidad en una curva.
—¿Eso significa que voy a conocer más de ti?
—Sí. Y no lo digo como amenaza. Pero prepárate para una casa pequeña, sin muchas cosas, pero con café fuerte y toallas limpias.
Camila rió.
—Eso ya suena mejor que muchas relaciones que he tenido.
Mientras siguieron avanzando, Camila empezó a hablar de su día.
Lo hizo sin esfuerzo, como si necesitara compartirlo justo con ella.
—Cuando salí por el café después de esa junta, un señor me dijo que me parezco a su esposa de joven. Luego me preguntó si me podía llevar a bailar un danzón.
Lily soltó una carcajada, sí es algo que le pasaría. Camila tenía ese encanto en sus ojos que seguro más caerían a su encanto.
—¿Le dijiste que no?
—¡Claro!, pero también que si encontraba a su esposa, me encantaría conocerla.
—Eres una bruja encantadora.— Liliana murmuró.
Camila fingió indignación.
—¡Oye!
—Lo digo en el mejor sentido. Hechizas sin darte cuenta.
El auto se detuvo frente al edificio.
Camila apagó el motor.
—¿Vamos?
Prometo que no hay trampa.
Bueno… solo la camisa.
Camila se quitó el cinturón con una sonrisa lenta.
—Vamos. Muéstrame tu mundo.
Y ahí sabía que, esta vez,
no solo iba a quitarse la camisa.
Iba a abrirse por completo.
Y Camila, paso a paso, iba a verla toda.
LXX.II
Fuera del departamento de Liliana.
Subieron las escaleras una a una.
Liliana iba adelante, ligera, casi en automático.
Pero Camila…
no perdía detalle.
Sus ojos se centraron en el movimiento de las caderas,
la caída del pantalón beige,
el vaivén natural de las curvas que tanto había admirado en silencio.
No dijo nada.
Solo mordió ligeramente su labio inferior y subió.
—¿Muchas escaleras, eh? —dijo Camila, medio jadeando.
—Sirven de filtro —respondió Liliana con una sonrisa—.
Si llegas, entras.
Si no, no valías la pena.
Camila rió.
—Pasé la prueba.
Y valió cada escalón.
La puerta se abrió.
Y el mundo de Liliana se reveló.
Una sala de estar cómoda, de líneas limpias, minimalista pero cálida.
Colores suaves.
Un sofá de esos que no se ven bonitos y invitan a sentarse y no querer moverse más. Combinación extraña en estos días.
Camila se dejó caer con una exhalación.
—Este es el sofá más cómodo que he tocado en mi vida.
¿Dónde lo escondías?
Liliana sonrió.
—No lo escondía.
Nadie había subido hasta ahora.
Camila levantó la mirada.
En la pared, varias fotos de paisajes:
olas suaves, atardeceres, montañas.
—¿Estas las tomaste tú?
—Sí.
Playa.
Me gusta mirar el mar cuando no hay nadie.
Camila se levantó.
Observó una más de cerca.
—Son preciosas.
Como tú.
Liliana bajó la mirada, sonrojada.
Pero no respondió.
En el librero, Camila notó varios legos armados:
aviones, helicópteros, incluso una estación espacial.
—Ok, esto confirma todo.
Esta es oficialmente la sala de una nerd adorable.
Liliana rió.
—No lo niego.
Solo no te enamores de mis naves.
Camila dio una vuelta, tocando con los ojos cada rincón.
Luego se detuvo.
Y se quedó viéndola.
En silencio.
Con deseo suave y creciente.
Liliana lo notó.
Se apoyó contra la pared.
Un pie sobre el otro.
Una mano en la cadera.
La otra jugando con el último botón de su blusa.
Y con esa sonrisa que ya conocía Camila, le dijo:
—¿Ya quieres que me la quite?
Camila no respondió con palabras.
Solo se acercó.
Lenta.
Lista.
LXX.III
Liliana apoyó la espalda contra la pared, aún con esa media sonrisa en los labios.
Camila, a unos pasos de ella, la miraba con hambre suave…
como quien ve una obra que aún no se ha revelado del todo.
—¿Ya quieres que me la quite?
Camila se humedeció los labios apenas.
Y asintió.
—Sí.
Déjame admirarte.
Liliana bajó la mirada con una mezcla de nervios y juego.
Sus dedos fueron a los botones de la blusa.
Intentó desabrochar el primero…
se trabó.
—Uy.
Espérame… —dijo entre risas nerviosas—.
Estos botones tienen voluntad propia.
Camila se acercó, divertida.
—¿Te ayudo?
—No, no.
Déjame al menos intentarlo.
El segundo botón cedió.
Luego el tercero…
pero en el cuarto, la tela se torció.
—¡Esto sólo pasa cuando sí me la quiero quitar!
Camila sonrió.
Después de unos segundos, Liliana soltó un suspiro de victoria.
—¡Listo!
Abrió la blusa lentamente.
Dejó que se deslizara por sus hombros.
Y ahí estaba.
Su pecho, firme, redondo, contenido en un sostén negro que realzaba cada curva.
Las tiras gruesas.
El encaje discreto.
El contraste con su piel.
Camila se quedó sin palabras.
—Wow…
Liliana no se movió.
Solo respiró.
Se dejó mirar.
—¿Te gusta?
Camila se acercó.
No la tocó.
Solo la rodeó con los ojos.
—Mucho.
Eres…
exactamente lo que quiero mirar esta noche.
Liliana dio un paso.
Y otro.
Y quedaron frente a frente,
la blusa a medio caer,
el sostén marcando su feminidad como bandera.
Camila levantó la mano y le rozó el borde del sujetador.
Solo eso.
Pero suficiente para hacer que el aire cambiara.
La intimidad empezó ahí.
En la sala.
Con una blusa vencida.
Y dos mujeres que ya no tenían nada más que esconder.
LXXI
La tarde en el parque era tranquila.
La brisa fresca.
Los árboles en su esplendor de domingo.
Y nosotras dos, sentadas en la banca de siempre,
con una libreta, una pluma, y demasiadas risas acumuladas para que el momento fuera realmente productivo.
Camila había prometido portarse seria.
Había dicho: “Hoy decidimos lo básico, ¿ok?”
Pero desde que me vio con esa camisa blanca —ajustada, el sostén negro insinuándose debajo, las mangas dobladas hasta el antebrazo—
no podía escribir ni una sola palabra.
Yo hacía lo posible por fingir concentración.
—¿Entonces? ¿Queremos ceremonia pequeña o algo más grande?
Silencio.
La miré de reojo.
—Camila.
Nada.
—Camila, ¿me estás escuchando o me estás imaginando sin la camisa?
—¿Puedo decir ambas? —respondió, sin disimular la sonrisa.
Yo resoplé, fingiendo molestia.
—¿Quieres casarte conmigo o con mi sostén negro?
—Otra vez: ambas.
Nos echamos a reír.
Camila se acomodó en la banca, volvió a intentar escribir algo.
Yo tomé la libreta, con determinación.
—Ok. Primer tema real: los vestidos.
¿Nos casamos las dos con vestidos de novia?
Camila ladeó la cabeza.
—Sí.
Pero distintos.
Nada de “iguales pero en tallas diferentes”.
Quiero que uses uno que se te antoje.
Con curvas, con escote si quieres.
Con lo que se te vea bien.
Quiero que el vestido diga “soy Liliana y estoy aquí para que el mundo lo sepa.”
Me sonrojé un poco.
—¿Y tú?
—Algo sencillo, elegante…
pero que combine contigo.
Me tomó la mano, entrelazó los dedos.
—No quiero que nadie más elija cómo nos vemos.
Nosotras mandamos.
¿Sí?
Asentí.
—¿Y qué pasa si lloro ese día? —pregunté, medio en broma.
—Te seco las lágrimas…
y te vuelvo a besar hasta que se te olvide por qué llorabas.
Esa tarde solo avanzamos tres decisiones:
Tendríamos vestidos distintos.
Nada de copiar moldes tradicionales.
Camila no volvería a hablar de ese sostén sin consecuencias (aunque probablemente sí lo haría).
Y cuando nos fuimos del parque,
yo iba de la mano con ella…
con la libreta apenas llena,
pero el corazón rebosando.
Porque aunque no sabía cómo sería ese día,
ya había decidido lo más importante:
Sí.
Sí quiero.
Sí contigo.
LXXII
El día en la oficina empezó como todos.
Correo, café, pantallas encendidas.
Pero yo lo sabía:
ese día no sería como los demás.
Primero, por lo que llevaba puesto:
otra vez la camisa blanca ajustada,
pero esta vez con un tirante del sostén negro estratégicamente visible.
No todo el tiempo.
Me lo acomodaba solo cuando pasaba cerca de cierto escritorio.
El escritorio donde Camila fingía que no me veía.
Segundo, porque el nuevo dueño me llamó a su oficina.
—Queremos ofrecerte la jefatura del nuevo equipo de desarrollo, Lily.
Te la has ganado.
Tu código, tus resultados, tu dedicación…
Es claro que eres la persona indicada.
Asentí, todavía procesando.
Por fuera, me mostraba segura pero por dentro sentía cómo las dudas empezaban a nublar mi razonamiento, las veces que me tocó liderar terminó todo mal.
—Eso sí —agregó él—, necesitarás una coordinadora de equipo.
Alguien que te respalde.
¿Sabes a quién pensé?, Camila.
Tiene buen ojo.
Y tú pareces trabajar bien con ella.
Con eso se rompió la inseguridad de un golpe, casi se me escapa la risa.
No sabía cuánto.
—Tómate el día para pensarlo —me dijo—.
Queremos anunciarlo el viernes.
Salí del despacho con una mezcla rara:
orgullo, vértigo…
y unas ganas tremendas de contarle todo a Camila.
Pero no lo hice.
No todavía.
El día siguió.
Yo, jefa sin título aún,
trabajando como siempre…
con la diferencia de que cada vez que pasaba por su lugar,
me acomodaba la manga con suavidad.
O me agachaba un poco de más.
O rozaba mi cuello como quien necesita aire.
Camila fruncía el ceño.
No de molestia.
De autocontrol.
A mediodía me mandó un mensaje por el chat interno:
“¿Sabes que eso es crueldad laboral, verdad?”
Y yo respondí:
“Yo solo estoy mostrando mis credenciales visuales.”
Al final del día, ambas salimos separadas.
Como siempre.
Sin nada que delatara que pasábamos las noches juntas,
que compartíamos ropa, miedos y sueños.
Ya en casa, caminamos hacia el parque cercano.
Sentadas en la misma banca donde todo se había decidido la primera vez.
Camila fue quien lo dijo:
—Abril.
—¿Abril qué?
—Para casarnos.
La miré.
—¿Por qué ese mes?
Camila se encogió de hombros, jugando.
—Porque fue en abril que decidí que quería sentarme junto a ti.
Porque fue en abril que hice lo del escritorio para acercarme.
Y porque abril es cuando empieza a florecer todo…
—Como tú.
Me sonrojé.
—Entonces… abril.
—Abril.
Oficialmente el mes más bonito del año.
Nos quedamos un momento en silencio.
Y luego, con una sonrisa que solo Camila podía darme, dije:
—Tengo otra noticia.
—¿Sí?
—Mañana me nombran jefa de nuevos desarrollos.
Camila se emocionó.
—¡Liliana! ¡Eso es…!
—Y propusieron que tú seas mi coordinadora de equipo.
Silencio.
—O sea… ¿tu subordinada?
—Más bien como asesora en algunos aspectos… ¿Te molesta?.
Camila me miró de lado.
Sonrió.
Y susurró:
—Mientras sigas usando esa blusa, te obedezco lo que quieras.
Ambas reímos.
Abril iba a ser hermoso.
Pero el presente ya lo era.
LXXIII
Pasaban las once.
Ambas en nuestros escritorios.
Ambas con la misma excusa de estar trabajando…
Yo ya había notado que Camila no me había quitado los ojos de encima desde que llegué con la camisa blanca ajustada y ese infame tirante negro semi visible.
Entonces, como quien no quiere nada, me incliné frente a su escritorio.
Recogí un folder del suelo.
Sin prisa.
Sabía exactamente qué ángulo daba.
Unos segundos después,
apareció la notificación:
Camila – [Interno]
¿Sabes que eso es crueldad laboral, verdad?
Yo sonreí.
Me tomé mi tiempo para responder.
Lily- [Interno]
Yo solo estoy mostrando mis credenciales visuales.
Tres puntos.
Luego apareció la respuesta.
Camila – [Interno]
Solicito una auditoría completa.
Detallada.
En físico.
Ahora.
Lily- [Interno]
Denegado. Sin cita previa.
Camila – [Interno]
Tengo urgencia.
¿Puede revisar si hay alguna vulnerabilidad expuesta… en su blusa?
Yo solté una risa contenida.
Miré hacia los lados.
Todos seguían en lo suyo.
Lily- [Interno]
Mmm… parece haber una brecha de seguridad en el tirante izquierdo.
¿Sugiere que la exponga para análisis?
Camila – [Interno]
Confirmo.
Es necesario para la estabilidad del sistema.
Y entonces… lo hice.
Pasé lentamente la mano por mi cuello,
y con un movimiento suave,
bajé el tirante apenas lo suficiente para que se asomara la parte superior de mi pecho.
Solo unos segundos.
Pero suficientes.
Camila me miró desde su escritorio.
Sus ojos bien abiertos.
Boca entreabierta.
Sin poder creerlo.
Yo me encogí de hombros con esa sonrisa que solo uso cuando sé que tengo el control.
Y escribí:
Lily- [Interno]
Recuerda que yo tengo el control aquí.
Luego abrí la consola del sistema.
Accedí a la base de datos del chat interno.
Busqué el hilo completo de conversación.
Y con tres líneas de comandos,
borré todo.
No quedó copia.
No hubo backup.
No existió más.
Camila miró su pantalla.
En blanco.
Camila – [Interno]
… ¿lo borraste?
Lily- [Interno]
Nunca pasó.
A menos que quieras que vuelva a pasar… en otro lugar.
Camila no respondió.
Solo me miró.
Y esa mirada decía muchas cosas.
Deseo.
Respeto.
Rendición.
A las cinco, salimos de la oficina como cualquier otra tarde.
Serias.
Reservadas.
Pero antes de cruzar la puerta,
yo le susurré al oído:
—Abril.
Nos casamos en abril.
Y tú… te casas con una jefa con acceso root.
Camila sonrió, mordiéndose el labio.
—Malditos privilegios de administrador.
LXXIX
La puerta se cerró detrás de nosotras con un suave clic.
Camila no dijo nada al principio.
Solo dejó las llaves sobre la mesa,
me miró de reojo…
y caminó directo hacia mi.
No fue un abrazo.
No fue un beso.
Fue una orden sin palabras.
—Al cuarto.
Ahora.
Yo obedecí sin cuestionar.
Jugué todo el día.
Y sabía perfectamente que esto no quedaría impune.
Camila entró detrás, se cruzó de brazos frente a mi.
—¿Crees que puedes andar provocándome así frente a todo el equipo?
Yo me hice la inocente.
—¿Así cómo?
Ella se acercó.
Pasó un dedo por el borde visible del tirante negro.
Lento.
—Con esto.
Con esa camisa ridículamente ajustada.
Con tus suspiros fingidos.
Tus movimientos medidos…
Me tomó por la cintura y susurró:
—¿Te divertiste haciéndome sufrir?
—Un poquito —dije, mordiéndome el labio.
Camila sonrió con peligro.
—Entonces me toca divertirme a mí.
Me empujó suavemente hasta sentarme en la orilla de la cama.
Se puso de rodillas frente a mi.
Y desabrochó el primer botón de la camisa.
Luego el segundo.
Cada uno, con pausas entre medio,
como si fueran una provocación propia.
—¿Sabes cuántas veces quise arrancarte esta blusa hoy?
—¿Por qué no lo hiciste?
—Porque soy profesional —respondió, mientras bajaba otro botón—.
Pero ya no estoy en la oficina.
Cuando la camisa estuvo completamente abierta,
me la quitó con cuidado.
Me dejó solo en sostén.
Sus ojos recorrieron mi figura con devoción.
—Mírate…
esas curvas.
Tus pechos…
¿Sabes cuánto pensé en ellos hoy?
Me sonrojé.
Ella pasó sus dedos por la línea del sostén, apenas rozando.
—Te imaginé así.
Exactamente así.
Pero no pensé que se verían incluso mejor en persona.
Me eché hacia atrás, apoyada con los brazos.
Ella se inclinó.
Su cabello cayó sobre mi piel.
Roce tras roce.
Como fuego suave.
Y al final, cuando me quitó el sostén…
no fue con prisa.
Ni con lujuria vacía.
Fue con hambre.
Con admiración.
Con ese deseo genuino de quien no solo quiere tocarme…
quiere memorizarme.
Camila se recostó sobre mi,
sus labios recorriendo el camino de sus dedos,
su cabello enredándose en mi piel expuesta,
y yo, perdiéndome en ese “castigo” que —si era honesta—
había deseado provocar desde el momento en que me puse esa blusa.
LXXX
Camila me contempló por unos segundos.
Yo, desnuda de la cintura para arriba,
respirando más rápido de lo normal,
con el corazón latiéndome en la garganta
y esa expresión de mezcla entre vergüenza…
y deseo.
Camila pasó las yemas de los dedos por los costados de mi torso,
como si siguiera dudando de que esa piel fuera real.
—No sabía que te gustaban tanto… —susurré, bajando la mirada hacia su propio pecho—.
Camila me miró directo a los ojos.
—¿Tus pechos?
Asentí, sonrojada.
Camila se inclinó, sin dejar de sostener su mirada.
Apoyó la frente sobre mi clavícula
y dejó que su cabello cayera sobre mi piel.
—No me gustan.
Me fascinan.
Y no solo por cómo se ven.
Tragué saliva.
—¿Entonces?
—Es porque son tuyos —dijo Camila—.
Porque están aquí, respirando conmigo.
Porque cada vez que los veo, siento que todo lo que alguna vez quise tocar…
está exactamente frente a mí.
Ella dejó que sus labios se deslizaran lentamente por la curva de mi hombro,
bajando con cuidado,
rozando.
No reclamando.
Adorando.
Solté un suspiro suave, casi involuntario.
Camila no solo me deseaba.
Me veneraba.
No como algo frágil.
No como un premio.
Sino como una mujer que durante años escondió su cuerpo,
sus curvas,
su deseo,
y que por primera vez
se dejaba mirar con los ojos de alguien
que la amaba justo como es.
Camila me abrazó,
despacio,
como si me envolviera para protegerme del mundo entero.
Y se recostó a mi lado,
con una pierna entrelazada,
con su pecho rozando el mio al respirar.
Y así, entre piel y palabras,
no hicimos más que seguir redescubriéndonos…
una caricia a la vez.
LXXXI
Camila, aún recostada junto a mi,
pasó los dedos por mi cintura desnuda,
bordeando su cuerpo con una mezcla perfecta de paciencia y deseo.
Sus labios volvían una y otra vez a besarme con devoción:
la clavícula, el pecho, el vientre…
cada zona como si fuera única,
como si nunca hubiera tocado nada parecido.
Yo, que al principio intentaba no pensar en cómo me veía,
en cómo me notaba,
en cómo me exponía…
…terminé soltándome.
Literal y emocionalmente.
Cuando sus manos se deslizaron hasta la parte inferior de mi cuerpo,
Yo no la detuve.
Solo cerré los ojos,
y dejé escapar un suspiro largo,
lleno de temblor contenido.
Camila retiró la última prenda,
sin hacer ruido,
sin romper el momento.
Y sin decir palabra,
siguió explorándome con sus dedos, con su boca,
con su respiración cálida justo donde más me empezaba a arder.
Fue lento.
Fue profundo.
Fue nuevo.
Y cuando llegó…
no fue solo un orgasmo.
Fue algo que cruzó todo mi cuerpo como una ola inesperada,
como si por fin algo hubiera encajado.
Como si por fin me sintiera completa, dueña, viva.
No grité.
No dije nada.
Solo arquee la espalda,
y me dejé llevar.
Como si el mundo se hubiera disuelto en ese momento
y solo quedara Camila,
su piel,
y ese instante que ya no podía deshacerse.
Minutos después, aún sin hablar,
Camila me abrazó desde atrás,
pegando su cuerpo al mio,
como si fuera su refugio.
Yo solté una risa suave.
—Nunca me había sentido así…
—Lo sé —dijo Camila, con una sonrisa que no necesitaba verme para saber que estaba ahí—.
Yo tampoco.
LXXXII
La habitación estaba en penumbra,
iluminada apenas por la luz cálida que se colaba entre las cortinas.
Ambas seguíamos desnudas, entrelazadas bajo la sábana.
La respiración ya más tranquila,
aunque mi corazón aún daba saltos suaves, como si no quisiera bajar del todo de aquella cima.
Camila acariciaba mi espalda con un ritmo lento, casi distraído,
hasta que reí bajo, apenas un susurro.
—¿Eso fue tu castigo?
Camila apoyó la frente en mi hombro.
—No…
eso fue solo la advertencia.
—¿Entonces cuál es el castigo?
Camila me besó en el cuello.
—Sigue provocándome en la oficina y lo descubrirás.
Solté otra risa,
pero esta vez fue más suave, más baja…
como si el cuerpo se rindiera por completo al calor,
a la seguridad,
a la verdad.
Camila notó el silencio que se instaló después.
Se acomodó mejor detrás de mi.
—¿Estás bien?
Yo asentí, pero no dije nada de inmediato.
Y luego:
—¿Tú también… lo sentiste así?
—¿Así cómo?
—No sé.
Distinto.
No solo… físico.
Más que eso.
Camila tardó un segundo en responder.
Pero cuando lo hizo, no había duda en su voz.
—Sí.
Yo también.
No fue sexo.
Fue confianza.
Fue… verte.
Abrirte sin miedo.
Dejarme entrar.
Eso me hizo temblar más que cualquier otra cosa.
Cerré los ojos.
—Nunca pensé que pudiera sentirme así con alguien.
Tanto tiempo escondiéndome.
Pensando que tenía que protegerme incluso con quien amaba.
Y contigo…
no tuve que protegerme de nada.
Camila apretó mi mano.
—No tienes que hacerlo nunca más.
Y así nos quedamos.
Sin prisa.
Sin temor.
Solo dos mujeres que, por primera vez,
habían encontrado en la piel de la otra
un lugar donde descansar sin esconderse.
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