Siendo Liliana – IX

Leer Parte 8.

LXV

El primer rayo de sol entró por la ventana,
rozando el borde de la sábana.
Abrí los ojos con lentitud,
aún envuelta en el calor del cuerpo de Camila a mi lado.
Tardé unos segundos en moverme.
No por cansancio,
sino por esa mezcla de pereza y paz que solo se siente cuando el cuerpo deja de estar en guardia.

Me incorporo con suavidad.
Paso una mano por mi vientre.
Por mis muslos.
Y entonces lo supe.

Todo seco.

Un suspiro escapó de mis labios,
casi como si no me perteneciera.
No era solo alivio físico.
Era algo más profundo.
Como si por fin,
mi cuerpo se hubiera dado cuenta de que no había que seguir alerta.

Camila seguía dormida,
el rostro tranquilo, la respiración pareja.
Me quedé ahí, sentada en el borde de la cama,
observándola.
No pensaba en el día anterior.
Ni en mi madre.
Ni en la conversación.
Ni en las palabras que aún dolían.
Solo pensaba en esto:

«Estoy bien.
Ahora sí, de verdad, estoy bien.»

Un poco después, en la cocina, el olor del café llenó el aire.
—¿Tú lo preparaste? —dijo Camila, entrando despeinada, con los ojos medio cerrados.
—Te debo miles —sonreí.
—¿Dormiste?
—Sí.
Y… nada pasó.
Camila se acercó y me abrazó sin decir nada.

Solo eso.

Como si entendiera que no decir “felicidades” también era una forma de respeto.
—¿Qué quieres hacer hoy? —preguntó Camila.
—Caminar.
Nada más.
Solo caminar.
—Perfecto.

Salimos con ropa cómoda,
lentes oscuros,
y vasos de café en mano.
Cruzamos calles sin destino.
Caminamos sin reloj.
Nos tomamos fotos tontas frente a vitrinas.
Reímos al ver una pareja mayor peleando porque él no quería entrar a una tienda de telas.

Camila me pasó un brazo por mis hombros.
—¿Sabes qué me gusta de hoy?
—¿Qué?
—Que ya no es ayer.
Sonreí.
—Y tampoco es mañana.
Caminamos un poco más.
Y por un momento…
sin pensar en nada,
sin querer llegar a ningún lado,
Sentí exactamente donde tenía que estar.

LXVI

Habíamos regresado a casa cuando Camila tuvo esa mirada que sabía que algo se le había ocurrido.
—Vístete cómodo. Tengo algo para ti.
—¿Otra sorpresa?
—Prometo que esta vez es fuera de la casa.
Me reí.

El camino fue tranquilo.
Música suave.
Una plática ligera sobre el código que dejamos pendiente,
sobre lo que cocinaríamos en la semana,
sobre lo que haríamos si algún día renunciáramos y nos fuéramos lejos.
—¿A dónde te irías tú? —pregunté.
—Ya lo hice —dijo ella, sin mirar—. Me fui de donde no era bien recibida.
Ahora solo estoy buscando dónde quedarme.

El auto se detuvo frente a una verja vieja,
entre árboles altos, como si el tiempo ahí pasara más lento.
—¿Dónde estamos?
—Ven.
Caminamos por un sendero de piedra.
El aire olía a tierra mojada y pasto recién cortado.
Y al fondo, un claro con un banco de madera frente a un pequeño estanque.

Camila se sentó.
Yo junto a ella.

—Mi mamá solía traerme aquí cuando era niña —dijo, mirando al agua—.
Cuando aún no sabía que su hija iba a romperle todos los planes.
Cuando yo aún pensaba que podía adaptarme… como si fuera ropa, ¿sabes?
No dije nada.
—Cuando salí del clóset, dejé de venir.
No porque me prohibieran…
sino porque me dolía saber que este lugar ya no significaba lo mismo para las dos.

Volteó hacia mi.
—Y por mucho tiempo, pensé que este lugar ya no era mío.
Como si hubiera quedado en su mundo.
Como si lo hubiera perdido con ella.
Camila tragó saliva.
—Hoy te traje aquí porque…
porque por primera vez, quiero que este lugar sea nuestro.
Que tú le des un nuevo significado.

Me tomó la mano.
—Nunca traje a nadie más.
Solo a ti.

Yo no dije mucho.
No era necesario.
Solo apreté su mano.
Me recargué en su hombro.
Y ahí, frente al estanque,
con los pies colgando del banco y los ojos cerrados,
pensé que a veces el amor no es una entrada ruidosa.

A veces es simplemente ser invitada a un sitio donde antes hubo dolor…
y ahora hay espacio para mi.

Memoria LXVI.I

A los 22, la vida no te pedía permiso.
Te levantabas apenas para alcanzar tus clases.
Universidad de 8 a 1.
Café de termo.
Cuadernos ya doblados de tanto uso.

Tu estómago aprendió a vivir con poco.
Tu cuerpo, a rendir aunque no durmiera.
Cuando salías de clases, comías algo rápido, torta, fruta, cualquier cosa que cupiera en unos minutos.
Y te ibas rumbo al supermercado.

No era cualquier turno.
No eras cajera.
No eras atención al cliente.
No estabas en caja ni en ropa.

Eras de descarga.

De mover cajas.
De empujar tarimas.
De recibir camiones a las 3 p.m. y vaciar los productos hasta que todo estuviera en su lugar.

Pagaba mejor y se acomodaba a tus horarios.
El uniforme era poco favorecedor,
y aún así tus curvas siempre llamaban la atención.

Miradas. Comentarios.
Hombres que pensaban que era chistoso decirte “¿segura que tú puedes con eso?”
Y tú, sin mirar, levantabas el costal de croquetas y lo subías con un solo movimiento.
Podías.
Claro que podías.
Lo habías hecho sola toda la vida.

Fue ahí donde conociste a ella.
Una cajera.
Turno vespertino.
Nombre sencillo.
Sonrisa amable.
La veías en los descansos.
A veces en la cafetería del personal.
Siempre leyendo algo —revistas, libros viejos, horóscopos.

Una vez te vio cargar una caja de bultos y dijo:
—Te deberían pagar el triple.
Tú solo sonreíste.
—Me deberían pagar, punto.
Rió.
Y tú también.
Y desde ese día, cada vez que te veía, decía algo más.
Nada especial.
Un comentario. Una pregunta.
Te hablaba como si fueras normal.
No como “la chica fuerte”.
No como “la que no se queja.”
Solo tú.

Te empezó a gustar.
Pensabas en ella en medio de pasillos fríos llenos de latas.
Te sorprendías buscándola cuando pasabas cerca de cajas.
Soñaste con sentarte juntas en una cafetería donde nadie llevara uniforme.
Y un día… casi lo hiciste.
Casi te acercaste a invitarle algo.
Casi le dijiste: “te ves bien con ese peinado”.

Casi…

Pero recordaste todas las veces que te miraron mal.
Todas las veces que el mundo te hizo sentir como si no fueras suficiente para ser vista.
Y no quisiste arriesgarte.
No ahí.
No mientras necesitabas ese trabajo para pagar la colegiatura.

Preferiste aguantar.
Como siempre.


Ella renunció unas semanas después.
Nunca supiste por qué.
Ni si acaso también te pensó como tú la pensaste a ella.
Pero cada vez que pasabas por su antigua caja,
mirabas el escáner apagado
y sentías algo como nostalgia…

pero más amarga.

Memoria LXVI.II

Pasaron algunas semanas desde que dejó el trabajo.
Te resignaste.
La guardaste como tantas otras cosas:
en ese cajón mental donde van las “casi”,
las “pudo ser”,
las “mejor no.”

Hasta que la volviste a ver.

No en un lugar esperado.
Ni en un momento especial.

Simplemente un sábado cualquiera,
ibas saliendo de la universidad,
mochila al hombro,
audífonos medio puestos.

Y ahí estaba ella.

En la fila del café,
camisa ligera, el cabello suelto,
riendo.

Y junto a ella…
otra chica.

De su edad.
De su estilo.
Agarradas de la mano como si el mundo no tuviera nada que reprocharles.

Te quedaste helada.
No por rabia.
Ni siquiera por tristeza.

Solo por ese pensamiento que te golpeó como un libro cayendo de un estante alto:

“Entonces sí.
Sí le gustaban las mujeres.
Sí pudo haber sido.”

Y no te dolió verla feliz.

Te dolió que esa historia pudo haberse escrito contigo…
pero nunca diste la primera línea.

Suspiraste.
Te diste media vuelta.
Y seguiste caminando.

El que no arriesga no gana, pensaste.

Y aunque tú siempre habías arriesgado…
la verdad es que después de tantas apuestas perdidas,
empezaste a pensar que quizás el amor no era una inversión rentable.

Hasta que llegó Camila.

Hasta que te miró como si no fueras una posibilidad…
sino la certeza que no pensaba dejar pasar.

Memoria LXVI.III

Era el último semestre.
ya estabas harta.
Del cansancio, del transporte, del mal café y del uniforme que nunca te quedaba bien.

Pero sobre todo…

De las miradas que nunca pedías.
Aquel profesor tenía fama de “duro pero justo”.
Decían que si te ganabas su respeto, podías pedirle cartas de recomendación,
acceso a conferencias,
conexiones.

Tu no buscabas favoritismos.
Solo querías aprender.
Hacer tu trabajo.
Y largarte.

Pero desde la segunda semana, empezaste a notar los comentarios.

Primero sutiles.
—Te ves más despierta hoy, Liliana. ¿Cambiaste algo?
Luego más marcados.
—Tienes buena lógica… y buena presencia.
Pocos programadores tienen ambas cosas.

Y luego vino la sugerencia:
—¿Sabes? Podríamos platicar mejor tu proyecto.
Hay un café cerca. Afuera del campus.
Sin distracciones.

Tu fingiste no escuchar.
Pero desde ese día…
empezaste a grabar cada conversación.
Cada comentario.
Cada “broma”.
Guardabas los audios con fecha, carpeta, respaldos.

No por paranoia.
Por instinto.

El día que entregó su último trabajo, aquel profesor te detuvo al final de clase.
—Tienes potencial.
Puedo ayudarte a conseguir algo.
Pero, necesito asegurarme de que haya una relación de confianza.

Tu lo miraste sin parpadear.
—¿Relación?
—Profesional.
Y bueno…
ya no eres mi alumna después de esta semana, ¿cierto?
Ahí fue cuando supiste que tenías suficiente.
Y también que tenías el momento.

Esperaste una semana.
Ya con tu constancia de egreso en mano,
mandaste el archivo completo a la jefatura.

Adjuntaste:
“Este es un patrón. No una ocurrencia.
Lo sé porque lo viví.
Y lo grabé.”

El profesor no regresó al siguiente ciclo.
Nadie dijo por qué.
Pero algunas miradas te siguieron por semanas.
No de juicio.
De respeto.
De sospecha.

Nunca hablaste del tema.
Ni lo usaste como bandera.
Pero desde entonces, cada vez que alguien intentaba hacerte sentir pequeña,
respondías con una mirada firme,
una espalda recta,
y esa frase que empezó a repetirse en tu cabeza como escudo:

“No soy tu alumna.
No soy tu objeto.
No soy tuya.”

LXVII

Es jueves.
Ya casi terminaba la semana,
y Camila propuso su ritual favorito:
—Pizza.
La buena.
La de siempre.
El restaurante no tenía nada lujoso.
Pero el queso sabía a abrazo.

Y la salsa picante me hacía llorar justo lo suficiente como para no culpar a los recuerdos.

Nos sentamos en la mesa habitual, al fondo, junto a la ventana.
Compartimos una cerveza.
Y reímos de lo pesado del trabajo, de un bug que nos hizo perder una hora,
y del chisme de oficina más reciente.

Camila, en un momento, me acarició la mano y me miró con cariño.
—Nunca te lo he dicho, pero a veces me sorprende cómo te mueves en todo.
Como si supieras por adelantado qué puede salir mal.
Siempre estás cuidando el detalle, midiendo a las personas.

Bajé la mirada.
No por pena.
Por recuerdos.
—No es estrategia.
Es memoria.

Camila esperó.
—¿Te puedo contar algo?—, le dije.
—Siempre.

Ahí, entre una rebanada y otra,
Le conté de aquel trabajo descargando camiones,
de la chica cajera que me gustaba,
y de cómo preferí quedarme callada antes que arriesgar.

Camila me escuchó sin interrumpir.
Reí un poco, con tristeza.

—Y luego la vi, ¿sabes?
Semanas después.
Agarrada de la mano con otra chica.
Feliz.
Segura.

Me encogí de hombros.
—Supongo que fue la primera vez que entendí que el miedo también te roba cosas.

Camila tomó mi mano.
—Pero te trajo hasta aquí.
—Sí — dije.

Y luego…
hubo otro miedo.
Le conté del profesor.
De los comentarios.
De los audios.
De la decisión de no quedarme callada…
pero tampoco permitir que nadie me usara como bandera.

—Por eso soy así.
Por eso mido todo.
Por eso me cuesta… entregarme.
Incluso contigo, a veces.

Camila no me dijo “lo entiendo”.
No me dijo “pobrecita”.
No me dijo “eso ya pasó”.
Solo apretó mi mano y se inclinó para besarme en la mejilla.

—A mí no me asusta lo que te hizo fuerte.
Me enamoré de ti, así, completa.
Con lo que cargas…
y con lo que te inventas para no dejar de avanzar.

La miré.

Por un momento, el restaurante desapareció.
La pizza.
Las luces.
Todo.

Solo esa frase:
“Me enamoré de ti, así.”
Y en ese segundo,
No me sentí una mujer hecha a golpes.
Me sentí amada.
Sin condiciones.
Sin deber ser algo más.

LXVIII

El camino de regreso a casa fue silencioso,
pero no incómodo.
Era ese tipo de silencio que se acomoda entre dos personas que ya no necesitan llenar los huecos.

Camila conducía con una mano, la otra descansando en mi muslo.

Yo iba viendo las luces pasar por la ventana,
con el estómago lleno y el pecho…
ligero.

Ya en casa,
ambas nos pusimos ropa cómoda.
Camila trajo dos vasos con agua.
Y nos sentamos en el sofá,
sin prender la tele,
ni música,
ni nada.

Solo nosotras.

—Gracias por contarme eso —dijo Camila después de un rato—.
Lo que viviste con ese profesor.
Y lo del trabajo.
Y… todo.

Yo asentí.
Ella jugaba con sus dedos, algo que no solía hacer.
—¿Puedo decirte algo yo?
—Claro —dije—.

Suspiró.
Cruzó las piernas.
Y habló.
—Yo no siempre fui tan segura como ahora parezco.
Ni tan… libre.

La miré.
No la interrumpí.

—Mi primer novia fue a los dieciocho.
Y la primera vez que me besó…
yo no sabía si estaba más emocionada o asustada.
Fue lindo.
Muy lindo.
Sonrió leve, nostálgica.
—Pero su familia se enteró.
Y la cambiaron de ciudad.
Así, de un día a otro.

Nunca me respondió los correos, mensajes.
Nunca supe si estaba bien.
O si me odiaba por haberla hecho visible.

Cerró los ojos por un segundo.
—A los veinte, salí del clóset con mi familia.
Mi papá se quedó callado una semana.
Mi mamá lloró tres días.
Mis hermanos… bueno, ya los conoces.
Me defendieron de todo y de todos.
—¿Y luego?
—Me fui a vivir sola.
No porque me corrieran.
Sino porque necesitaba aprender a ser yo sin permiso.
Te miró.
—Y en esa soledad,
fui muchas versiones de mí.
Unas cobardes.
Otras confundidas.
Y unas que creyeron que nunca encontrarían alguien con quien encajar sin fingir.
Te tomó la mano.
—Hasta que te vi.
Ahí, en la oficina.
Callada.
Metida en tu código.
Pero con esa mirada de quien ha construido murallas tan altas que hasta el viento pide permiso para entrar.
Se acercó.
—Quise ser ese viento.
Con calma.
Sin prisa.
Sin romper nada.
Tú no dijiste nada.
Solo apretaste su mano.
—Y si tú tuviste que aprender a defenderte…
yo tuve que aprender a no irme cuando alguien se asusta.
A quedarme.
A quedarme por completo.

Esa noche, no hubo sexo.
No hubo lágrimas.
Solo dos mujeres abrazadas en el sofá,
con el corazón abierto,
los miedos expuestos,
y la certeza silenciosa de que, esta vez,
ninguna va a soltar a la otra.

LXIX

Era sábado,
una de esas tardes largas donde la charla se arrastra entre sábanas arrugadas,
y el cuerpo aún guarda el calor del abrazo de la noche anterior.

Camila estaba recostada boca abajo, hojeando una vieja revista sin leerla.
Yo estaba sentada a su lado, con las piernas cruzadas, acariciando su espalda con las yemas de los dedos.

—¿Te puedo contar algo medio tonto? —dijo, sin mirarme.
—¿Desde cuándo necesitas permiso?
—Es una tontería estética, pero… cuando era más joven, como a los diecisiete,
me gustaba una chica que trabajaba en una cafetería de la colonia.
Nada serio.
Nada que pasara.
Pero tenía ese look que nunca olvidé.

La miré con curiosidad.
—¿Y cómo era?
—Usaba una blusa blanca.
Justa.
De esas tipo playera.
Y abajo, un sostén negro.
Se traslucía un poco con la luz del local,
pero no era vulgar.

Era…
No sé.
Como si no le importara que se notara.
Como si dijera: esto es lo que soy. Y se ve bien.

Rió un poco.

—Me obsesioné un verano entero.
Nunca le hablé.
Y luego se fue.
Un amor de cafetería.
De esos que duran lo que un americano cargado.

—¿Y nunca volviste a ver algo así?
—Solo en revistas.
O en mi cabeza.
Camila alzó la vista.
—¿Por qué? ¿Te vas a burlar?
Yo negué.
Y sonreí con algo más que ternura.

La mañana siguiente,
me levanté antes que ella.
Rebusqué entre mi ropa.
Y encontré esa camisa blanca que casi nunca usaba porque era muy ajustada.
Debajo, un sostén negro.
No provocador.
Solo… visible.

Me miré en el espejo.
Mis curvas estaban ahí.
Mis miedos, también.
Pero esa vez,
no eran enemigos.
Solo parte del conjunto.

Me peiné sencillo.
Sin maquillaje.

Camila salió de la habitación con la taza de café en la mano…
y se quedó en seco al verte.
No dijo nada por unos segundos.
Solo me miró.
Lento.
Honesto.
Como si no supiera si besarme o darte las gracias.

—¿Qué…?
—Tenías un amor de verano.
Hoy te toca tener un amor real con el mismo look —dije, algo nerviosa.
Camila dejó la taza en la mesa.
Se acercó.
—¿Sabes que esto me va a volver loca, verdad?
—Lo sé —dije, bajando un poco la mirada—.
Pero quiero que también sepas que…
lo hice porque te escuché.

Porque quiero que me veas como tú veías a esa chica.
Camila se acercó más.
Me pasó las manos por la cintura.
Besó tu cuello.

—Te veo más.
Mucho más.

LXX

Camila se acercó en silencio,
como si ese par de pasos entre la mesa y yo fueran sagrados.
Yo no me moví.
Solo bajé la mirada un segundo, como si me diera pena haberme atrevido tanto.

La camisa blanca era justa.
El sostén negro se adivinaba debajo,
no porque lo quisiera mostrar,
sino porque decidí dejarme ver.

Camila me tocó el cuello con la yema de los dedos.
Subió por mi mandíbula.
Me alzó la cara con delicadeza.
—No es la blusa —dijo, en voz baja—.
Es cómo te atreviste a ponértela.

Me besó.
Con lentitud.
Con hambre de ternura.
Sus manos buscaron mi cintura.
Me atrajo hacia ella con suavidad.
El roce de las telas,
el crujido leve del botón más tenso…
y mis manos que, por reflejo, buscaron su espalda,
como si necesitara un punto de apoyo en medio del vértigo de ese momento.

—¿Así te gusto? —susurré, con los labios apenas rozando los suyos.
Camila sonrió.
No con deseo.
Con devoción.
—Así te amo.

Me quitó la camisa sin prisa,
como si el movimiento miso debía respetarse.

No hubo urgencia.
No hubo impaciencia.
Solo miradas.
Y suspiros.
Y mi cuerpo, que esta vez no se encogió ni se escondió.
Se ofreció.
Porque sabía que estaba seguro.

Después, recostadas entre sábanas tibias,
con las piernas entrelazadas y el cabello desordenado,
Camila me acarició la espalda y dijo:
—¿Sabes que ahora sí tenemos que planear una boda?
—¿Aún quieres casarte conmigo después de verme tan provocadora?
—Quiero casarme contigo justo por eso.
Reímos.
Nos besamos una vez más.
Y nos levantamos.

Ese día, entre cafés, libretas, y revistas llenas de vestidos,
la palabra boda dejó de ser una fantasía.
Y empezó a convertirse en una promesa que ambas estábamos listas para cumplir.

Leer Parte 10.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *