Y qué tal sí… hubiera nacido mujer, misma familia, mismo entorno en el que crecí… Decisiones de vida parecidas a las que tomé en mi vida actual. Pero, ¿Qué tan distante sería habiendo nacido con cromosomas diferentes?.
No tengo la respuesta pero sí puedo imaginarme e intentar narrarlo como si hubiera sido (y con un cuerpo de venus y senos grandes para amarrar).
Inicialmente empecé esta historia para dar un poco más de contexto a cómo es Liliana ya que conoce a Camila pero seguí imaginándome algunos momentos de mi vida y me empezó a gustar el ejercicio.
A continuación algunos extractos de este ejercicio.
Mientras pagaba la universidad
I
Entraba a trabajar a las 4 de la tarde. En cuanto checaba el reloj, caminaba directo a la bodega. El camión ya estaba ahí, esperando, con ese aire imponente que solo tienen los días pesados. Lo primero era preparar el área: colocaba las tarimas en el piso según el tipo de mercancía que venía. Aunque ya sabía más o menos qué esperar, cada descarga era una coreografía distinta.
Antes de comenzar, hacíamos un pequeño calentamiento. No era formal, pero sí necesario: estirar brazos, piernas, girar el cuello. Mi cuerpo lo agradecía. Tener senos grandes no era exactamente lo ideal para cargar cajas, pero con un buen sports bra y técnica, aprendí a usar mis piernas más que mi espalda. Me amarraba mi cabello en una coleta alta, ajustaba los guantes y me alistaba.
La serpentina se acomodaba como si fuera una lengua de plástico enorme, por donde empezábamos a deslizar las cajas. Dos personas las dirigían con cuidado, porque más de una vez se rompieron y aprendimos que la fuerza bruta no siempre era mejor. Yo, dependiendo del turno, a veces jalaba desde dentro, otras las recibía afuera, apilándolas en las tarimas de forma que no se vinieran abajo al primer movimiento.
Durábamos entre dos y tres horas dependiendo del camión. Era moverse sin parar: cargar, caminar, agacharse, empujar. Y aunque mi cuerpo se cansaba distinto al de los hombres, resistía. A mi modo, pero resistía. A veces los chicos se ofrecían a cargar lo más pesado, y aunque lo agradecía, también me ganaba el orgullo. Yo podía. Y lo demostraba.
Con el patín hidráulico movíamos las tarimas ya armadas al piso de venta. Si nos daba tiempo, ayudábamos a surtir los anaqueles; si no, se quedaba todo listo para el turno de la mañana.
Cada dos horas teníamos un pequeño descanso, 15 ó 20 minutos. Me sentaba, soltaba el cabello y tomaba agua como si fuera elixir. A media jornada teníamos una hora para comer. Yo llevaba mi lonche desde casa, casi siempre algo sencillo, pero hecho en casa. Me encantaba comer tranquila, con el cuerpo aún caliente del esfuerzo.
Salía casi siempre a la 1am. Me cambiaba los tenis por unos más cómodos para manejar, y con el cabello medio suelto, subía al carro. Cruzaba la frontera de regreso a con el cuerpo molido pero con la mente en paz. Sabía que era temporal. Pero también sabía que, como mujer, estaba enfrentando todo eso sin doblarme.
II
Durante los descansos, me sentaba aparte. No era que odiara a los demás, pero… simplemente no conectaba. Las pláticas eran ruidosas, llenas de albures, chismes sin sentido, reguetón tronando desde alguna bocina escondida. Reían fuerte, se empujaban, hablaban de mujeres como si fueran trofeos, o de hombres como si todos fueran iguales. No era mi mundo.
Yo comía en silencio lo que hubiera alcanzado a preparar. A veces solo café. Me sentaba en una esquina con mi termo y mi teléfono, viendo cualquier cosa con audífonos puestos, no tanto para oír, sino para poner un escudo.
Las otras mujeres del turno… tampoco eran mi tribu. Muy en su rollo, algunas con hijos, otras con novios que iban a recogerlas. Cuando intenté platicar con una, la charla duró 10 minutos. Después ya no hubo tema. Yo era rara, decían. Callada. Y quizás lo era.
Pero estaba bien. Me gustaba observar, ver cómo la bodega cambiaba con cada descarga. Cómo el cuerpo se acostumbraba al ritmo, cómo poco a poco una aprendía a medir la fuerza sin romperse. A veces pensaba que era como esas cajas que llegaban mal embaladas: no por estar dentro del camión se supone que encajas. Y aun así, ahí estaba. Cada día.
III
La conocí en el almacén, aunque no en mi área. Se llamaba Paulina, pero le decían “Pau”. Tenía ese tipo de belleza que no pide permiso: piel blanca como leche fresca, cabello rubio atado en una coleta suelta y una figura que era imposible no notar. Curvas generosas, senos grandes (esos siempre fueron mi perdición) mucho más que los míos, pero no era solo eso. Era su sonrisa. Cálida. Amable, casi como si no supiera lo guapa que era.
Al principio, solo nos cruzábamos. Ella no hablaba español, pero yo hablaba inglés perfecto, y eso nos abrió una puerta. Durante los descansos y especialmente en las horas de comida, a veces nos sentábamos cerca, con nuestros grupos. Un día alguien hizo un comentario tonto, y ella y yo nos miramos al mismo tiempo… y reímos. Fue la primera chispa.
Empezamos a hablarnos más. Primero con prudencia. Luego con intención. Ella era reservada, pero cada vez que me acercaba, su mirada se iluminaba. Me confesó que su familia era fría, que casi nunca le decían que la querían, que su hermana la tenía viviendo con ella solo por obligación. Yo, en cambio, le preguntaba si ya había comido, si necesitaba ayuda, si quería que le prestara una chamarra porque el aire acondicionado estaba helado y siempre la veía con frío. Cosas pequeñas… pero que ella nunca había sentido así.
Un día me dijo, con esa vocecita nerviosa suya, que nunca había conocido a alguien como yo. Que mi forma de hablarle, de poner atención, de escuchar sin apurar… la hacía sentirse vista. Yo no le dije que me estaba enamorando. No quise asustarla. Pero lo sabía. Ella también lo sabía.
No nos besamos nunca en el trabajo. Pero sí nos tomamos de la mano una vez. Fue accidental, al pasarle algo. Pero ninguna de las dos soltó de inmediato.
Y entonces… se fue. Paulina no aguantó más vivir con su hermana. Volvió a su ciudad natal, lejos. Me abrazó fuerte ese último día. No me dijo que me amaba, pero me dio las gracias. Me dijo que yo había sido lo más bonito que le pasó en ese tiempo. Y se fue.
No la he vuelto a ver.
A veces, cuando regreso a casa cansada, cuando me echo en la cama sola, me acuerdo de ella. Y sonrío. Porque aunque la perdí, me quiso. Y yo la quise. Y eso basta.
IV
(Cambio de perspectiva)
Era martes por la noche y Liliana tenía el departamento en silencio. Su día libre caía entre semana, como siempre, cuando nadie de sus amigos más estaba disponible para salir. No había amigas que invitaran a cenar, no había bares con ambiente. Solo el sonido del ventilador girando y el suave zumbido del refrigerador.
Se hizo una cena ligera —una quesadilla con lo que había—, y se sentó con el celular en las piernas. No tenía ganas de ver series, tampoco de leer. Así que abrió Facebook. Una cosa llevó a la otra y, como quien no quiere la cosa, terminó en su antiguo perfil, revisando amistades viejas… hasta que el nombre apareció en su mente como un susurro: Paulina.
No lo pensó. Solo lo hizo.
Tecleó despacio, como si fuera un conjuro peligroso: Paulina Jiménez.
Ahí estaba. Mismo cabello rubio, misma sonrisa de otro tiempo. Seguía viviendo en su ciudad natal, y parecía tener un trabajo nuevo en una librería independiente. En sus últimas fotos aparecía feliz, con un chico al lado. No muchas, pero las suficientes. Un picnic. Una caminata en el bosque. Risas.
Liliana se quedó mirando la pantalla más de lo que debía.
—¿Está con él? —se preguntó, con la voz apenas audible.
No sabía si él era su pareja. Tal vez sí. Tal vez no. Pero Paulina se veía bien. Tranquila. Como si su vida hubiera encontrado cierto equilibrio.
Liliana bajó el celular despacio. Sintió algo en el pecho, no era celos, pero sí una punzada confusa. ¿Y si no había sido nada? ¿Y si Pau solo estaba experimentando? ¿Y si fue una de esas conexiones fugaces que una recuerda con cariño, pero no como amor?
O tal vez sí había amor, pero simplemente era imposible.
Ella, Liliana, no se fue. No la siguió a su ciudad natal. No se arriesgó. Sabía que su vida estaba aquí. Sabía que no podía dejar todo por un “tal vez”.
Pero la duda quedó.
¿Y si sí? ¿Y si hubiera ido?
Esa noche se durmió tarde. Se abrazó a sí misma bajo las sábanas, mirando el techo sin verlo. Pensando en Paulina, en su risa, en sus manos tibias. En todo lo que no fue… y en todo lo que, por un instante, pareció que podía ser.
V
Pasaron los meses. La vida siguió con su ritmo: trabajo, calle, café frío a medio tomar, los mismos pasillos en el súper. Liliana no volvió a pensar mucho en Paulina… o al menos eso creía.
Hasta una noche de lluvia leve, cuando el viento empujaba las ventanas con pereza y el algoritmo de Facebook volvió a hacer lo suyo.
No fue una búsqueda intencional esta vez. Solo apareció. Una notificación, una foto compartida por alguien más. Paulina, ahora con el cabello más corto, sostenía en brazos a un bebé. Al fondo, el mismo hombre de antes. Nada de grandes textos, solo una frase: “Mi todo en un solo cuadro.”
Liliana se quedó quieta.
No lloró. Tampoco sintió celos. Lo que sintió fue… un nudo pequeño en el pecho. Uno que no aprieta, pero tampoco desaparece.
No había dolor, pero sí esa sensación amarga de algo que nunca terminó de crecer. Como una flor que jamás abrió del todo.
Y entendió algo: si hubiera seguido a Paulina, quizá las cosas no habrían durado. Ella quería raíces; Paulina quería volar, experimentar, probar cosas nuevas. Eran dos tiempos distintos en la misma página. Y aunque se gustaron (o al menos eso creyó), aunque hubo algo entre ellas, no era suficiente para sostener una vida juntas.
Liliana cerró la aplicación. Guardó el celular sin prisa.
Afuera, la lluvia seguía. Adentro, el silencio era suave. Y por primera vez en mucho tiempo, pensó que estaba bien así. Que su historia con Paulina no necesitaba un final feliz, ni uno triste. Solo necesitaba quedarse en el pasado, como lo que fue: una página doblada en el libro de su vida. Un recuerdo bonito que no necesita volverse a abrir.
Y con eso, se preparó un té, puso algo de música bajita, y volvió a su noche. Llena de paz… y sin necesidad de respuestas.
VII
Liliana seguía en la tienda. Cada semana pensaba que quizá sería la última… pero nunca lo era. Tenía deudas, la escuela no se pagaba sola, y aunque ya casi terminaba de cubrir el crédito, aún no podía soltar esa estabilidad financiera. Así que seguía marcando entrada, colocando cajas, surtiendo anaqueles y cruzando miradas con compañeros que la veían como una más, sin saber todo lo que había detrás de sus ojos cansados.
Lo que más le pesaba no era el esfuerzo físico. Era el estancamiento.
Empezó a pedir cambios de área, ofrecerse para entrenar a otros, aprender cosas nuevas. Cada vez que alguien mencionaba la palabra “liderazgo”, ella estaba ahí, con la mano levantada y la mejor disposición. Pero cuando le daban pequeñas oportunidades… no funcionaba.
—No es que no lo intente —se decía—. Es que no me hacen caso.
La gente no la seguía. Algunos le sonreían con condescendencia. Otros la ignoraban directamente. Y no era porque fuera mujer: había otras compañeras que sí estaban en puestos de supervisión. Tal vez era su forma de hablar, tal vez su voz no era lo suficientemente fuerte. O tal vez… simplemente no conectaba con la gente de ahí.
A veces pensaba que tal vez se notaba demasiado que no quería quedarse.
Porque en realidad no quería.
Ella quería programar. Diseñar cosas. Pensar. Crear. No sólo mover cajas de un lado a otro. Y aunque su cuerpo era fuerte, su mente necesitaba más. Más estímulo, más desafíos, más sentido.
Una vez un supervisor le dijo:
—Eres buena gente, Liliana. Pero a veces eso no basta pa’ liderar.
Ese día, se fue a casa con los ojos húmedos. Porque sí, era buena gente. Era paciente, era respetuosa, era constante. Pero ¿cuántas veces había que probarse para que eso contara?.
Sabía que tenía que seguir buscando. Que ese no era su destino final.
Pero cada día que pasaba ahí… sentía que algo dentro de ella se dormía un poco más.
VIII
Durante su tiempo en ahí, Liliana seguía cruzando la todos los días. Entre el tráfico, el cansancio y el reloj marcando siempre en su contra, había días en que ya no sabía si valía la pena todo eso.
Hasta que un día, su hermano —ese con quien nunca terminó de llevarse bien— le ofreció quedarse en su casa. Compartir renta, evitar la línea, dormir unas horas más. Parecía una buena oportunidad… práctica, al menos.
Aceptó.
Pero la convivencia fue difícil desde el principio. No era agresivo, pero sí pasivo, seco. Le molestaban cosas que Liliana ni siquiera notaba al principio: que a veces no usara sostén en casa, que dejara el perfume en el baño, o que sus toallas femeninas —guardadas discretamente en un cajón— a veces estuvieran a la vista si alguien abría por error.
Nunca le decía las cosas directamente. Pero lo hacía notar. Con gestos. Con silencios incómodos. Con portazos suaves que no se discutían pero se sentían.
Liliana empezó a preguntarse si valía la pena. Sabía que solo era una solución temporal, pero aun así, vivir ahí se sentía como caminar descalza sobre hielo: en cualquier momento, algo se quebraba.
Mientras todo eso pasaba, seguía trabajando sus turnos en la tienda, pero con la cabeza en otro lado. Cada noche, abría su laptop en la mesa del comedor (porque no tenía escritorio propio) y buscaba vacantes. Aplicaba en lo que podía: diseño, soporte, hasta puestos en UI/UX. Lo que fuera para salirse de ahí. Para salir de donde estaba. Para salir de esa casa.
Una noche, después de que su hermano hizo un comentario pasivo-agresivo sobre “ciertos olores femeninos que invadían el baño”, Liliana se encerró en su cuarto y se puso a llorar en silencio. No era solo eso. Era todo. Era sentirse extraña en su propia piel, incluso en su espacio compartido. Era estar entre dos mundos sin pertenecer del todo a ninguno. El esforzarse, cansarse y no lograr avanzar.
Pero no se rindió.
Sabía que no estaba hecha para estar ahí. Que había algo más esperando. No sabía dónde, no sabía cuándo… pero esa noche, con el cursor parpadeando sobre otra solicitud de empleo, Liliana volvió a intentarlo.
Una aplicación más.
Un paso más hacia adelante.
IX
La noticia llegó una noche cualquiera.
Su hermano entró al departamento, se quitó los zapatos con el mismo silencio de siempre y, sin siquiera mirarla de frente, le dijo:
—Ya tengo fecha. Se va a venir mi pareja. Vas a tener que buscar dónde vivir.
Así. Sin rodeos, sin suavizar.
Liliana asintió. No discutió. No suplicó. Sabía que era cuestión de tiempo. Que ese espacio nunca fue suyo de verdad.
Se lo contó a un compañero de trabajo con quien había estado hablando cada vez más. No era nada romántico, solo un amigo. De esos que van apareciendo cuando más se necesitan. Cuando le dijo que pronto estaría sin techo, él no dudó:
—Si no encuentras nada, puedes quedarte en mi sofá.
Y así fue. Empacó sus cosas en bolsas de la tienda, agradeció a su hermano sin mucho corazón y se fue.
El sofá era viejo, angosto, con una cobija delgada que olía a suavizante barato. En el departamento vivía también el hermano de su amigo y otro más, pero todos la respetaban. No tenía cuarto propio, pero le ofrecían privacidad: le dejaban el baño libre en las mañanas, le ofrecían té por las noches, no hacían preguntas.
Liliana estaba incómoda, pero segura. Y eso era más de lo que tenía días antes.
Durante ese tiempo, le llegó la oportunidad de una entrevista. Era para una pequeña mueblería que buscaba alguien para hacer diseños, anuncios impresos, catálogos. Sonaba perfecto… hasta que el miedo empezó a invadirla.
No sabía qué tan formal debía vestir, ni qué tipo de preguntas harían. Se fue a una tienda de ropa y eligió un vestido bonito, sin escote, de tela suave que cayera bien sobre su cuerpo. Quería verse profesional. Quería que la tomaran en serio.
Imprimió su currículum con cuidado. Lo revisó mil veces. Ensayó respuestas en voz baja, de noche, en el sofá, bajo la luz del celular.
El día de la entrevista llegó. Se presentó puntual, con el cabello recogido, labios apenas pintados, perfume discreto. Las preguntas empezaron… y fue ahí donde lo notó. No tenía las herramientas. No tenía la experiencia. No podía competir con quienes ya venían de agencias, de estudios de diseño. Le agradecieron su tiempo con una sonrisa amable… pero le dijeron que buscaban a alguien con más recorrido.
Salió del lugar con el corazón comprimido, pero los ojos secos. No era la primera vez que le cerraban una puerta. Ni sería la última.
Esa noche, volvió al sofá. Se quitó el vestido con cuidado y se echó en la cobija delgada. El mundo era pesado, pero su voluntad más. Cerró los ojos sabiendo que mañana, volvería a intentarlo.
Porque no era opción rendirse.
