Siendo Liliana – VI

Leer Parte 5.

XXX

La noche ya había caído cuando me atreví a decirlo.

Estábamos acostadas.
La luz del cuarto era cálida, tenue.
Camila tenía la cabeza apoyada en mi brazo, y los dedos jugando suavemente con una de las puntas de mi cabello.

No hablábamos mucho.
Solo respirábamos juntas.
Ese tipo de silencio cómodo que tarda años en construirse… o llega como si siempre hubiera estado ahí.

Y fue entonces cuando le dije.

—Cuando tenía diecisiete… tuve que usar pañales. Por un tiempo.

Camila no se movió.
Solo bajó un poco la mano, la dejó descansar sobre su abdomen.
Esperó.

—No era por un problema médico grave. No exactamente. — tragué saliva—. Fue por estrés. Por todo lo que estaba cargando. Lo de… ya sabes. Lo que pasó con mi hermana. Con Thania. Con Mamá. Lo que no podía decirle a nadie.

Silencio.
Pero no uno incómodo.
Uno que escuchaba.

—Me pasó una mañana, me desperté y… bueno, hubo un accidente.
Me las arreglé sola. Fui a la farmacia antes de clases. Me los puse en el baño de un café. Nadie lo supo. Nadie nunca supo.

Camila acarició mi brazo con el pulgar, sin presionar.

—¿Y tú lo sabías? Que era por el estrés, digo.

—Sí. Lo supe en cuanto desperté. —suspiré—. Y aún así me odié.
Porque… ya era grande. Porque se supone que a esa edad ya no pasa.
Y porque… tenía miedo de que, si alguien lo descubría, nunca más me vieran igual o me fuera peor que con Thania.

—¿Y lo llevaste sola?

—Claro. Como todo.

Camila entonces se incorporó ligeramente, sin dejar de mirarme.

—¿Y ahora? ¿Todavía te da miedo que te vean diferente por eso?

La miré.
No con vergüenza.
Con algo más tranquilo. Más resignado.
Casi como si esperara que eso pasara en cualquier momento.

Pero Camila no se alejó.
No rió.
No dijo “qué fuerte” ni “pobrecita”.

Solo se acercó un poco más.
Y me besó la frente.

—Te veo.
Y todo lo que eres… solo te hace más Lily.

Y ahí, en ese cuarto silencioso,
con el ventilador girando despacio y el mundo apagado,
sentí que, por fin…
alguien me sostenía.

Memoria XXX.I

Fue un día normal en la oficina.

Antes de aquella primer mensaje de Camila.

Liliana estaba sentada frente a su computadora, los audífonos puestos, código abierto, taza de café frío a la derecha y mil pendientes pasando por su cabeza.
La sala estaba en silencio, solo el golpeteo de teclas, alguna que otra risa lejana.

Entonces, ocurrió.

No fue nada grave.
Solo una torpeza.
Un micro movimiento involuntario al levantarse rápido de la silla.
Una presión leve.
Una incomodidad que duró dos segundos.

Pero suficiente.
Suficiente para que su cuerpo se pusiera alerta.
Para que su mente recordara.
Para que el fantasma de los diecisiete años la rozara por detrás de la nuca.

Se quedó quieta un instante.
Fingió revisar algo en el monitor.
Y luego fue al baño.

Cerró la puerta. Se revisó.
No era grave. Pero era suficiente.
Respiró hondo. Se puso una toalla femenina, algo que absorbiera mientras buscaba algo más seguro. Salió como si nada.

Sabía que tenía que regresar a aquel método por el momento.

Al salir del baño, volvió a su escritorio, tomó su bolsa, y dijo que iría a comprar algo al café.

Pero no fue al café.

Fue dos calles más abajo.
Entró a una farmacia discreta, como otras tantas veces en su adolescencia.

Revisó el pasillo sin que nadie más estuviera.
Y ahí estaban.

Tomó un paquete.
Grande pero mejor prevenir que lamentar. Optó por el de alta capacidad. 24 horas.

Pagó sin palabras.

Al ya estar dentro de su carro, abrió el paquete, sacó uno y lo metió a su bolsa. El resto del paquete lo metió a la cajuela del carro.

Titubeó, consideró el bulto que generaría usarlo nuevamente y agarró una falda que tenía para ocasiones especiales… Esta vez fue una de esas ocasiones.

Al regresar al trabajo, fue al baño. Notó la toalla húmeda.

Sin titubear, se quitó su ropa interior y pantalón, se recargó en la pared para acomodarse y ajustar.

Nuevamente la falda ayudaría a ocultar el bulto.

Se ajustó su ropa, se miró en el espejo en diferentes ángulos, ver si el bulto era notorio con la falda y para despistar, se retocó su lápiz labial.

Entró a la oficina, sintiendo cómo el material se movía con sus pasos. Cómo el plástico sonaba ligeramente, evitó pasar por los pasillos calmados y mejor ir a su escritorio por el área de ventas.

Pudo ver de reojo algunos de sus compañeros volteando a verla, trató de quitar de su cabeza que era más por el rebote que por el bulto. Al menos eso le ayudaría a no ser descubierta.

Al menos así estará segura de no más problemas.

Sentada en la seguridad de sus códigos hizo una nota mental:

«Ajustar los niveles de estrés. Dormir más. Comer bien.»

Esa noche, al cambiar las sábanas por unas nuevas, color salmón, de algodón suave.

Se acostó temprano.
Con el ventilador encendido.
Y la luz apagada.

Y al cerrar los ojos, no sintió vergüenza.

Solo orgullo silencioso.
Por haber aprendido, desde hace mucho,
a cuidarse sola.

XXXI

Ya le había contado a Camila todo:
la mañana del accidente en la preparatoria,
la caminata a la farmacia,
el café,
la incomodidad,
el miedo.

Camila me había escuchado en silencio.
Con atención real, de esa que se siente en el cuerpo.
Me besó la frente.
Entonces, Camila se giró en la cama con una ceja levantada.

—Oye…
—¿Y todavía los tienes?

Asentí, giré hacia el clóset y señalé.

—Detrás de la caja blanca.

Camila se levantó, Buscó detrás.
Sacó uno.

—¿Esto es lo que usaste?

—Sí.

Camila lo sostuvo como si fuera un objeto sagrado.
Lo miró de frente.
Luego a mi.

—¿Cómo hacías para que nadie notara esto?

Me acomodé el cabello con calma.

—Las faldas hacen maravillas.

Camila se rió bajito.
Se sentó en la orilla de la cama con el pañal en las manos.

—Si algún día quieres… me lo pongo yo.
Nomás para modelártelo.

La miré, entre risa y asombro.

—¿Tú usarías uno?

—No por necesidad. Pero si te hace sentir menos rara, menos sola, claro que sí.
Y si quieres… le hacemos pasarela en la sala.

Me tapé la cara con la almohada, riendo bajito.

—Estás loca.

Camila se acostó de nuevo, apoyó la cabeza sobre mi abdomen, con sus brazos rodeando mi cintura.

—Estoy loca por ti.

Y en ese instante, Ya no pensé en lo que escondía.
Ni en lo que oculté por años.
Ni en lo que me daba vergüenza.

XXXII

—¿Lista? —me preguntó Camila, saliendo del baño con una sonrisa traviesa, una camiseta larga… y el pañal bien puesto.

La miré desde la cama con los ojos entrecerrados.
—No puede ser que lo hiciste…
—¡Tú misma lo dijiste, las faldas hacen maravillas! —dijo Camila, girando sobre sí misma con exageración.
Mi risa fue inmediata.
Seca, incrédula.
De esas que empiezan como defensa… y terminan como alivio.

—Te ves ridícula.
—Me veo solidaria —corrigió Camila, metiéndose a la cama con ese paso juguetón—. Además, mira —bajó un poco la camiseta—, ¡ni se nota!
—No estás bien.
—Nunca he estado. Pero tú me quieres igual.

Silencio.
Sonrisas.
Un momento cómodo.
Entonces Camila me miró de nuevo.
Con esa expresión que combinaba picardía con ternura honesta.

—¿Te animas tú?
La miré fijamente.
—¿Salir… así?
—Sí. Las dos. Solo por un rato.
Una escapada. Sin prisa. Sin peso.
—¿Y si alguien se da cuenta?
Camila se encogió de hombros.
—¿Y si nadie lo hace?
¿Y si solo caminamos y reímos y compramos un café como cualquier par de chicas… con un secreto cómodo debajo?
Dudé.
Luego me levanté.
Fui al clóset.
Saqué uno.
Y sin decir nada, entré al baño.

Salimos poco después.
Ambas con vestidos casuales, largos.
Camila con el cabello suelto.
Yo con una sonrisa tímida.
El sol bajaba.
La calle estaba tranquila.
Caminamos por la banqueta sin prisa.
Íbamos tomadas de la mano.
Cada tanto, nos mirábamos.
Y reíamos por nada.
El secreto era nuestro.
Y no pesaba.
Ya no.

Sentadas en una banca, con un café frío en la mano, giré lentamente mi rostro hacia ella.
No era una pregunta planeada.
Solo salió.
—¿Qué hice para merecerte?
Camila no respondió de inmediato.
Solo me miró.
Lenta. Suave.
Bajé la mirada.
—¿Por qué no llegaste antes?
¿Dónde estabas cuando más te necesitaba?

Camila dejó el vaso en el respaldo de la banca.
Me tomó la mano.
Me acarició los dedos con calma.
—Llegué cuando estabas lista para dejar de hacerlo todo sola.
Me quedé en silencio.
Mirando nuestras manos entrelazadas.
Sintiendo el calor bajo la falda.
El acolchonado.
La suavidad que, por primera vez, no era vergüenza…
era compañía.


Camila se acercó un poco más.
Me rozó la frente con los labios.
—Y si hace falta… me quedo para todo lo que venga.
Con o sin pañales.

XXXIII

La mañana empezó con dos risas apagadas entre sábanas.
—¿Tú también…?
—Sí… me lo dejé puesto. Por si acaso. Tú sabes, el vino, los nervios…
—Igual. Seguridad primero.
Y ahí estábamos.
La dos, enamoradas.

Despertando después de una noche de carcajadas, vino barato y una película que no terminaron de ver.
Ambas con camisetas sueltas, aliento a uvas fermentadas…
y pañales puestos.
No porque los necesitara.
Sino porque había algo hermoso en ese pacto silencioso de cuidarse.

Camila se giró de lado y apoyó la cabeza en mi pecho.
Sus piernas entrelazadas.
Un murmullo suave en el cuarto.
—No quiero pararme —dijo Camila con voz dormida.
—No tienes que.
—Pero hay cosas qué hacer.
—Sí. Pero después.
Y nos quedamos ahí.
Diez minutos.
Veinte.
Una hora.
Sin prisa.
Con todo el tiempo del mundo.

El día fue tranquilo.
Caminamos al súper.
Compramos pan, frutas, más café.
No hablamos de la noche anterior.
No lo necesitábamos.
Me sintí distinta.
Ligera.
No por lo que pasó…
sino por cómo se sintió todo.
Fácil.
Cálido.
Verdadero.

Durante la tarde, mientras trabajaba un poco desde mi laptop, vi a Camila dormida en el sillón.
Despeinada.
Con una mano colgando al borde.
Y pensé, sin palabras:
«Esto. Esto es lo que quiero.»

Esa noche, ya en la cama, Camila cayó rendida primero.
Respiración tranquila.
El ritmo parejo.
El cuerpo tibio al lado de mi.
Yo no pude dormir aún.
Estaba despierta, mirando el techo.
Y luego a ella.
A Camila.
A esa calma que irradiaba incluso dormida.
Y entonces lo supe.

Sin emoción exagerada.
Sin fuegos artificiales.
Solo una certeza silenciosa:

«Quiero esto.
Quiero a ella.
No por un rato.
No por una etapa.
Por el resto de mi vida.»


Giré lentamente.
Acerqué mi frente a la de Camila.
La toqué apenas con mis labios.
—Gracias por existir.
Y se quedó dormida así.
Con la certeza pegada al pecho.
Con pañal.
Con amor.
Con todo.

XXXIV

Estábamos en la sala, una tarde lenta de domingo.
El ventilador giraba perezoso, moviendo apenas las cortinas.
Yo tenía las piernas estiradas sobre el sillón.
Camila recostada sobre ellas, hojeando una revista cualquiera.
El café estaba frío en la mesa.
El ambiente, tibio.
Íntimo.
De esos que no necesitan nada más.

Camila pasó de página, bostezó, y dijo sin pensarlo mucho:
—¿Imaginas si nos casáramos?
Lo soltó con una risa chiquita.
Como quien lanza una piedra al agua solo para ver el círculo que hace.
Yo parpadeé.
No respondí de inmediato.
Solo me quedé ahí, mirándola desde arriba,
con el corazón acelerado por dentro,
pero la voz quieta.

Camila giró el rostro, notó el silencio,
y agregó con tono más ligero:
—Digo… no ahora. Solo es una tontería. Estaba leyendo una nota sobre bodas. Ya sabes, esos artículos absurdos tipo “qué vestido va con tu signo”.
Yo bajé la vista.
Sonreí.
Y luego dije:
—Sí lo imagino.
Camila levantó una ceja.
—¿Eh?
—Sí.
Sí me imagino casándome contigo.
De hecho… no puedo dejar de imaginarlo desde hace unos días.
Camila dejó la revista a un lado.
Se incorporó lentamente, mirándome con esa mezcla entre sorpresa y emoción contenida.
—¿Hablas en serio?
Asenti.
Y mis ojos se suavizaron.
—No tengo anillo. Ni palabras bonitas. Ni idea de cómo debería hacerlo.
Solo sé que te miro y… quiero esto.
Siempre.
Contigo.

Camila no dijo nada al principio.
Solo se me trepó encima.
Me abrazó.
Me besó el cuello.
Me tocó la cara con ambas manos.
Y en medio de la risa nerviosa, dijo:
—Esa fue la propuesta más tú del mundo.
—¿Y eso es bueno?
—Es perfecta.

No hubo fotos.
No hubo testigos.
Solo dos mujeres, descalzas, abrazadas en un sillón.
Y en algún punto, susurré:
—Entonces… ¿es un sí?
Camila me miró.
Y sin pensarlo, respondió:
—Claro que sí.

Reí y por dentro, pensé:
«Qué suerte tuve de llegar hasta aquí…
y encontrarme justo contigo.»

Memoria XXXV.I

En esa época, Liliana aún no hablaba mucho con Camila.
Sabía quién era, claro.
La nueva.
La que parecía caerle bien a todos.
La que sonreía fácil, pero miraba con más atención de la que dejaba ver.
Ese día había junta.
Sala de cristal.
Luz blanca.
Voz de jefe.
Liliana se había matado toda la semana ajustando una solución a un bug complejo del backend.
Lo documentó. Lo probó.
Y dejó que el jefe lo revisara como era costumbre.
Durante la presentación, el jefe mostró el flujo.
El arreglo.
La estabilidad.
Los aplausos.
Y luego dijo:
—Gracias al equipo por resolverlo rápido. Especialmente a Carlos, que ayudó con la implementación.
Carlos.
Que no había tocado una línea de código.
Liliana no dijo nada.
Solo asintió, como siempre.
Se cruzó de brazos.
Y tragó la incomodidad como un café mal hecho.

Camila no aplaudió.
No miró a Liliana.
Pero tomó nota mental de todo.
Esa misma tarde, desde su escritorio, le escribió al jefe un correo directo.
Corto. Profesional.
Adjuntó los commits, las fechas, los logs.
Y una frase final:
«Solo para confirmar de dónde vino realmente la solución, por si quieres corregir el agradecimiento públicamente.»
No hubo respuesta.
Pero al día siguiente, el jefe hizo una “aclaración” por correo.
—“Agradezco a Liliana por su trabajo técnico en la solución del problema reportado el martes. Error mío al mencionar otro nombre ayer.”
Sin más.

Semanas después, otra cosa pasó.
Un grupo de empleados —dos, para ser exactos— había hecho un sticker en el grupo de Teams del equipo.
Una caricatura que representaba a Liliana como una figura tensa, con una falda larga y una nube encima que decía:
“Ya revisaste que TODO esté perfecto, Lily la intensa?”
Camila lo vio.
Y algo en ella se encendió.
Respondió al grupo sin rodeos:
—“¿Esto les parece gracioso?”
—“Bórrenlo.”
—“Y si no lo hacen, lo haré yo… pero no sin reportarlo primero.”
El sticker desapareció segundos después.
Pero Camila no se detuvo ahí.
Fue directamente a recursos humanos.
Mostró capturas.
Contó lo que pasó en la junta.
Y dijo lo que nadie más se atrevía a decir:
—“Esto no es una broma. Es discriminación. Y no es la primera vez que pasa.”
Días después, ambos empleados fueron despedidos.
El mensaje fue claro.

A Liliana solo le dijeron que hubo “medidas internas” por un incidente menor en Teams.
Ella no preguntó más.
Ni imaginó.
Hasta que, meses después, ya en pareja, acostadas un sábado lento,
Camila se lo contó todo.
—¿Fuiste tú?
—Claro que fui yo.
—Pero… ¿por qué? Aún ni éramos amigas.
Camila se encogió de hombros.
—Porque lo que te hicieron estaba mal. Y porque no podía soportar verte pensar que nadie te veía.
Yo sí te veía, Liliana.
Desde el principio.

Liliana no supo qué decir.
Solo la miró.
Y por primera vez, entendió que el amor de Camila no había empezado con besos.
Había empezado con justicia.

XXXVI

Desperté sola.
Camila no estaba en la cama,
ni en la cocina,
ni en el baño.
Pero no hubo ansiedad.
Porque sobre la cama,
había una caja.
Y encima, una nota doblada con cuidado.
«Para mi prometida,
Si aceptas, ponte el vestido.
Sigue las instrucciones al pie de la letra.
P.D.: No uses ropa interior. Solo confianza.»

Sonrí, ya sintiendo cómo el corazón me vibraba en las costillas.
Abrí la caja.

Un vestido coqueto, suave, con un escote discreto pero favorecedor.
Rojo oscuro, con tirantes finos.
De esos que normalmente no me atrevería a comprar…
pero que al tocarlo, sintí que sí podía. Porque era para mi.
Abajo del vestido había un sobre.
Dentro, una tarjeta:
«Póntelo. Maquíllate si quieres. Regresa a las 8pm, toca la puerta del cuarto del fondo.
Camila.»


A las 7:55, estaba lista.
El vestido me abrazaba las curvas con respeto.
Mis piernas se veían largas.
Mi cabello, suelto.
Mis manos, temblaban un poco.
A las 8:00 en punto, toqué.
—Pasa —dijo Camila del otro lado.

La habitación había sido transformada.
Velas en vasos de vidrio.
Luces cálidas.
En la mesa: dos cafés humeantes.
Y un sobre.
Camila me esperaba de pie, también vestida para la ocasión.
Formal, pero sin exagerar.
Guapísima.
Con esa sonrisa suya que podía desarmarme en segundos.
—¿Qué es esto? —pregunté, entre sonrisa y vergüenza.
—Una reunión importante. Toma asiento.

Obedecí. Pero venía preparada, había escrito una lista:
«Razones por las que sí quiero casarme contigo.»
Y la leí en voz alta.
Una por una.
Porque me haces reír incluso cuando me quiero rendir.
Porque hiciste que un paseo en pañales se sintiera romántico.
Porque confiabas en mi antes de que yo confiara en mi misma.
Porque sí. Porque tú.

Cuando terminé de leer, ya tenía los ojos brillosos.
Camila me tomó de la mano.
Y me dijo:
—Ayer me pediste algo enorme.
Hoy solo quiero que sepas que… ya era un sí desde mucho antes.
Yo solo estaba esperando que tú también te sintieras lista.

No respondí.
Solo me incliné hacia adelante.
Y la besé.
No con nervios.
Sino con certeza.

Esa noche no hablamos más del futuro.
No hicimos promesas.
No elegimos fecha.
Solo nos acostamos juntas.
Con el vestido colgado de una silla,
la caja abierta,
y el corazón lleno.

Porque el compromiso…
ya estaba hecho.

XXXVII

—Vas a conocer a mis papás.
Yo parpadeé.
—¿Hoy?
—Sí. Cena en su casa. Ya saben que vamos. Ya prepararon pasta. No hay marcha atrás.
—¿Y qué me pongo?
Camila sonrió con malicia.
—Lo más varonil que tengas.
Esta noche… tú eres el hombre de la relación.
Me quedé callada tres segundos.
—¿Qué?
—Pues tú me propusiste matrimonio, ¿no?
—Camila…
—¡Vamos! ¡Va a ser divertido! Es una broma. Mis papás lo van a entender. Te prometo que nadie te va a juzgar.
—No tengo nada varonil.
—¿Y esa camisa blanca grandota que usas cuando tienes frío?
—Esa no es varonil. Es de cuando me da flojera vestirme.
—Perfecta.

Una hora después, frente al espejo, Yo tenía puesta la camisa blanca metida en un pantalón oscuro.
Cabello recogido en un moño bajo.
Cejas sin maquillar.
Y una expresión de derrota elegante.
Camila, mientras se rizaba el cabello, no paraba de reír.
—Pareces el bibliotecario de una novela lésbica de los 90s.
—Gracias.
—Pero… te ves linda.
Como siempre.
Yo giré.
—Si me amas, vas a decirle a tus papás que esto fue idea tuya.
—Ay, sí, mi amor. Pero espera que te vean.
Mi mamá se va a morir de ternura.

La cena comenzó normal.
Los papás de Camila eran una mezcla de alegría relajada, chistes sarcásticos y abrazos largos.
Ambos sabían del noviazgo.
Ambos sabían del compromiso.
Lo que no sabían era por qué parecía estar haciendo cosplay de “papá primerizo programador”.
—¿Y tú vienes de la oficina o de una boda lésbica con uniforme? —preguntó la mamá de Camila con una sonrisa.
Camila no aguantó y estalló de risa.
—Le dije que como fue ella quien me propuso matrimonio, esta noche tenía que ser “el hombre de la relación”.
El papá puso cara de confusión.
—¿Y eso qué significa?
—Nada. Es una broma.

Levanté las manos, resignada.
—Literalmente no sabíamos qué hacer, así que terminé así.
—Pues te ves guapísima, hija —dijo la mamá, sin pestañear—. Aunque para la próxima, ponte algo que no parezca prestado.
Todos reímos.
Y en ese momento, entendí algo:
No se estaban riendo de mi.
Se estaban riendo conmigo.
Estaban celebrándome.
Aceptándome.
Sin necesidad de explicaciones.


Al terminar la cena, mientras lavábamos los platos juntas, la mamá de Camila puso su mano en mi hombro.
—Gracias por amar a mi hija como lo haces.
Tragué saliva.
No supe qué decir.
Solo asentí.
Y pensé que, por primera vez…
tal vez el rol del “hombre de la relación”
era simplemente ser alguien que sostiene, propone…
y se queda.

XXXVIII

Después de la cena con los papás de Camila, llegamos a casa con las manos entrelazadas y los pies un poco cansados.
Nos habíamos reído mucho.
La mamá no paró de hacer chistes sobre mi camisa,
el papá pidió foto del compromiso,
y Camila se robó un pedazo de pastel para llevárselo “a la prometida”.
Fue una noche perfecta.
Pero traía algo más encima que ropa:
una pequeña incomodidad que solo se notaba cuando bajaban las luces.

Ya en el cuarto, empezamos a desvestirnos con calma.
Camila primero.
Lenta, acostumbrada a la libertad de su cuerpo.
Sin pena.
Yo, en cambio, me quedé en ropa interior un rato más.
Luego, mientras buscaba mi pijama, me quitó el sostén de lado.
Le doy la espalda a Camila.
Como si aún no pudiera del todo mostrar eso que siempre me pesaba.
Camila me miró desde la cama.
El cuarto estaba en penumbra, iluminado apenas por la lámpara de noche.
Y en ese momento, me vio.
Las curvas marcadas.
La silueta redonda.
Ese cuerpo de mujer que llevaba con más responsabilidad que orgullo.
Y que Camila encontraba…
bello.
—¿Te ayudo con los broches? —preguntó Camila desde la cama, sin moverse.
Negué con la cabeza.
—Ya casi.
Me lo acomodé.
Me giré despacio.
Aún en ropa interior.

Camila me miró, sincera.
—¿Qué se siente?
—¿Qué?
—Tenerlos así… grandes.
Tan presentes.
Tan tuyos.
Bajé la mirada.
Me senté al borde de la cama.
—No sé. Solo… son.
Están ahí.
A veces pesan.
A veces me incomodan.
A veces me gustan.
Depende del día.
Del espejo.

Camila asintió.
Se acercó.
Me tocó suavemente el brazo.
—A veces te los veo… y pienso que te envidio un poco.
Reí, bajito.
—¿Tú? ¿Con esa espalda recta y ese cuerpo que parece dibujado?
Camila se encogió de hombros.
—Yo a veces desearía tener los tuyos.
Pero luego te veo con ellos.
Y pienso…
“Qué suerte tengo de que los tengas tú.”
Tragué saliva.
No dijo nada.
Solo me abrazó.
Desnuda, sí.
Pero no vulnerable.

Visible.
Aceptada.
Amada.


Nos acostamos sin decir más.
No hubo urgencia.
No hubo juego.
Solo dos mujeres,
con cuerpos distintos,
con pasados distintos,
pero con el mismo deseo silencioso:
ser vistas.
Y quedarse.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *